Jonatan Gómez está sentado frente a mí, llora y pide perdón por la escena. Sus hijos le preguntan por qué se va de casa y no intenta esconderse detrás de una explicación cómoda. “Sí, soy ludópata. Es lo primero que quiero aceptar”, dice. Después cuenta que empezó en 2020, con poca plata, desde un teléfono. Primero ganar tres, después cinco, después diez. Y cuando diez ya no alcanzaba para sentir lo mismo, había que apostar más. Hasta que un día dejó de jugar para ganar y empezó a jugar para recuperar. “Es una mentira. La verdad que yo nunca le gané”.

Jonny ganó copas internacionales en clubes del exterior. Aplausos rabiosos de tribunas que coreaban su nombre, niños que llevaban su apellido en las réplicas de las casacas compradas fuera del estadio. Sin embargo, me mira desmoronado. Midiendo palabras para no ofender ni siquiera a los nombres de las personas que sienten que también lo han acorralado

Hay una frase suya que explica mejor que cualquier tratado la brutalidad contemporánea de la ludopatía: “Yo hoy puedo estar hablando con vos y puedo tener el teléfono en la mano y vos no te vas a dar cuenta que yo estoy jugando”, cuenta. 

No hace falta escaparse a un casino. No hay que cruzar una puerta, cambiar fichas ni sentarse frente a una ruleta. Se puede apostar en el baño de la casa mientras la familia espera del otro lado. Perder mil dólares, guardar el teléfono, lavarse las manos y volver a la mesa. Hay un gesto en el rostro que solo sabrán leer quienes de verdad lo conocen.

Después viene la Justicia. Gómez asegura que debía 50 mil dólares y que terminó firmando pagarés por 505 mil. Dice que tuvo miedo. Que lo amenazaron. Que temió por sus hijos. El fiscal Aquiles Balbis miró la evidencia y encontró otra cosa: conversaciones previas, coordinación de encuentros, conocimiento de los pagarés, una relación cotidiana entre Gómez y el acreedor. Para Balbis, todo eso “atenta significativamente contra el contenido de la denuncia de extorsión” y no existen elementos serios suficientes para continuar investigando ese delito.

Los abogados de Jonathan contestan con otra pregunta: ¿alcanza eso para cerrar la puerta? Dicen que su cliente nunca fue llamado a declarar por el fiscal, que tampoco fueron convocados varios de los testigos ofrecidos y que los teléfonos de los denunciados no fueron peritados integralmente. Y plantean algo inquietante: aun suponiendo auténticos los chats, ¿puede una persona concurrir voluntariamente a una escribanía y, al mismo tiempo, hacerlo condicionada por un miedo construido durante semanas? Para ellos, la coacción no necesita un arma apoyada en la cabeza; puede empezar mucho antes, creciendo en silencio.

Hay algo más que merece una respuesta. Gómez reconoce una deuda de 50 mil dólares y aparecen pagarés por 505 mil. Sus abogados preguntan de dónde salió semejante capacidad financiera y reclaman seguir la ruta del dinero: cuentas, transferencias, patrimonio, movimientos bancarios. También piden determinar qué era exactamente Lexus, la plataforma de juego que Gómez menciona. No es un detalle: existe, según la presentación, una investigación dentro del propio MPA sobre una plataforma con ese nombre.

La Justicia tendrá que establecer si hubo extorsión. No nos corresponde reemplazarla. Se deberá explicar el origen de las contradicciones del deudor y quienes aparecen denunciados tienen derecho a defenderse. Pero existe otra causa, menos judicial y acaso más difícil de juzgar: la naturalización del juego como parte del paisaje del fútbol argentino.

Porque mientras Jonathan cuenta que la ruleta entró en su vida desde un teléfono y terminó sentándose a la mesa con sus hijos sin estar verdaderamente allí, el mismo fútbol que lo formó y le dio una profesión convirtió a las apuestas en parte de su escenografía. City Center Online es patrocinador principal de Central y Newell's y explicó públicamente que el fútbol masivo le proporcionaba exposición y posicionamiento para su plataforma. Hoy la propia Selección argentina tiene entre sus acuerdos comerciales a una compañía internacional de apuestas online.

Y llegamos incluso más lejos. BetWarrior tomó a Diego Maradona, muerto en 2020, lo reconstruyó mediante inteligencia artificial y lo hizo hablar para promocionar apuestas durante el Mundial. La campaña se llamó “Gente con pelotas”. El hombre que ya no puede aceptar ni rechazar un contrato volvió digitalmente de la muerte para vender juego.

Tal vez ésa sea una postal brutal de esta época. 

Resucitamos a nuestros muertos para vender apuestas mientras los vivos intentan explicar cómo las apuestas les destruyeron la vida.

Hay una moral extraña: si el negocio es legal, pareciera que la rentabilidad termina absolviéndolo todo. La apuesta se vuelve sponsor. Hasta que alguien pierde. Entonces vuelve a llamarse ludopatía

No se trata de demonizar cada juego ni de exculpar a quien apuesta. Jonathan Gómez tampoco pide eso. “No quiero sacar mi ludopatía de que yo también hice cosas”, reconoce. Se hace cargo. Y quizás por eso su testimonio incomoda todavía más. Porque no habla desde la inocencia sino desde los golpes.

Hay una moral extraña funcionando alrededor nuestro: si el negocio es legal, si paga el contrato, si pone dinero en una camiseta, si compra segundos de televisión o financia parte del espectáculo, pareciera que la rentabilidad termina absolviéndolo todo. La apuesta deja de parecer apuesta. Se vuelve sponsor. Logo. Aplicación. Bono de bienvenida. Estadística del partido. Un cartel detrás del arco. Parte de la fiesta.
Hasta que alguien pierde. Entonces vuelve a llamarse ludopatía.

Jonatan dice que lleva meses sin jugar. Está en tratamiento. Cuenta que perdió amigos, que su carrera quedó suspendida, que su matrimonio se debilita y que sus hijos lloran cuando se va sin explicar de casa a otra casa que no es suya y está muy vacía. Y cuando le pregunto qué entregaría para recuperar la paz, ya no habla como futbolista ni como denunciante. “Yo cambiaría todo. La plata, el momento, todo para tener paz. Para que mis hijos me vean feliz”, dijo en la entrevista. Le pregunto si también cambiaría su carrera. “Todo. Todo lo que tengo. Absolutamente todo”.

Ahí termina cualquier discusión sobre cuánto cuesta una apuesta. No son 50 mil dólares. No son 505 mil. Cuando ya no queda casi nada sobre la mesa, uno descubre que la apuesta más cara nunca fue la que perdió. Fue todo aquello que puso en juego sin saber que también lo estaba apostando. El juego compulsivo hace mierda todo.