En Venezuela, a días de la captura de Nicolás Maduro, no hay vacío de poder. Hay reacomodamiento. Y eso es más peligroso, porque obliga a cada actor a mostrar cartas que durante años mantuvo escondidas detrás del nombre de su líder. Con Delcy Rodríguez en el centro del dispositivo estatal, lo que se abre no es una transición, sino una disputa silenciosa por la redefinición del chavismo: qué se conserva, qué se entrega y quién paga el costo.
A simple vista, el chavismo aparenta cohesión. Sin embargo, eso es una superficie estratégica, no una garantía de estabilidad orgánica.
En el poder venezolano conviven dos lógicas que hoy chocan de frente. Una que lidera la presidenta interina y que apuesta a sobrevivir adaptándose, aun al costo de ceder margen de control. Y la otra, que prefiere resistir endureciendo, incluso si eso implica un país cada vez más pobre, más aislado y más dependiente de mecanismos coercitivos. El principal exponente de esta segunda lógica es el Ministro de Relaciones Interiores, Justicia y Paz, Diosdado Cabello.
Esa distancia entre ambos líderes no es simbólica: Cabello representa el núcleo más duro del aparato del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) y de las redes de poder político-militar, integrado con viejas guardias revolucionarias, estructuras de seguridad y clanes familiares con intereses propios. En cambio, Delcy, proyecta -al menos de discurso- un perfil más adaptativo, negociador y no necesariamente invulnerable a alternativas estratégicas.
La líder no llega como una outsider ni como una improvisada. No es una figura decorativa. Ha sido una de las palancas más potentes del régimen, con mando sobre materias tan neurálgicas como el Ministerio de Economía y Finanzas, así como Petróleo e Hidrocarburos, antes de convertirse en vicepresidenta, y mano ejecutiva en el gabinete chavista desde hace años.
Llega al más alto mando como producto acabado del sistema, pero con una diferencia crucial respecto del núcleo duro histórico: no está ideológicamente enamorada del colapso. Su poder no proviene de la épica revolucionaria, sino de la administración del daño.
Fue canciller cuando Venezuela quedó prácticamente fuera del sistema internacional, fue la funcionaria que sostuvo vínculos con actores no occidentales cuando las sanciones cerraban puertas y fue quien asumió las áreas económicas más sensibles cuando el margen de error era mínimo. Ese recorrido le dio algo que pocos dentro del régimen tienen: capacidad de interlocución externa, incluso con países que formalmente la sancionan.
Ese es su principal activo. Y también su mayor amenaza interna, porque ese mismo atributo es el que genera resistencias dentro del chavismo duro.
En tanto, Diosdado Cabello no necesita ocupar la presidencia para ejercer poder. Su fortaleza no está en el cargo, sino en las redes: partido, estructuras de seguridad, vínculos militares, control territorial y capacidad de veto. Por eso su respaldo público a Delcy no debe leerse como un gesto de alineamiento político pleno. No es apoyo incondicional, es supervisión permanente. No es un aval, es una forma de tutela. No es acompañamiento sino una advertencia -en voz baja- que los límites están bien custodiados.
Mientras tanto, Jorge Rodríguez, hermano de la presidenta y presidente de la Asamblea Nacional juega otro partido. Más cerebral, más táctico, menos visceral. Su interés no es sostener el chavismo como identidad, sino como estructura negociable. Su capital no es la lealtad interna, sino la capacidad de sentarse a una mesa. Durante años fue el interlocutor en diálogos fallidos, mediaciones internacionales y contactos discretos. Para él, el chavismo no es una identidad cerrada, sino una estructura que puede -y debe- ser renegociada para sobrevivir.
Los hermanos Rodríguez forman parte del mismo núcleo de poder y responden a una lógica común de supervivencia del régimen. Sin embargo, cumplen funciones distintas y encarnan racionalidades complementarias. Delcy opera como garante del control interno: gestiona la economía, el petróleo, las sanciones y la disciplina política.
En cambio, Jorge actúa como interfaz: administra el Parlamento, conduce las negociaciones y traduce el poder en fórmulas institucionales aceptables para terceros. No busca desmontar el chavismo, sino volverlo negociable sin poner en riesgo su núcleo. Juegan el mismo torneo, pero en posiciones diferentes: ella sostiene el poder y él gestiona sus márgenes de adaptación.
En esa lógica se entienden los rumores persistentes sobre contactos indirectos con Estados Unidos y otros actores externos, para explorar escenarios sin Maduro. No se trata de traición ideológica, sino de racionalidad estratégica. Racionalidad de supervivencia. Pero en sistemas cerrados, la racionalidad suele leerse como traición.
Por su parte, Estados Unidos no busca democracia en Venezuela. Busca orden. Orden energético, orden migratorio, orden regional. En el enfoque de Donald Trump no hay retórica moral: el discurso es el petróleo. El resto forma parte del mismo cálculo pragmático. En ese marco, Delcy es una figura mucho más funcional que un chavismo encapsulado en la épica del enfrentamiento permanente. Washington no necesita quererla, le basta con que sea operativamente útil.
Es de notar que el ascenso de Delcy no se da en un vacío internacional. Desde Washington, la Administración de Trump ha dejado señales claras: trabajará con la nueva líder sólo si se detienen los flujos de drogas, se ordenan las ventas de petróleo y se facilita la entrada de inversiones estadounidenses, además de avanzar -eventualmente- hacia elecciones libres.
Eso pone sobre la mesa una realidad incómoda para cualquier estrategia chavista clásica: o aceptás las reglas de juego que te ofrece Estados Unidos y cedés parte del control económico y político pero sobrevivís, o te quedás con el discurso revolucionario intacto y posiblemente te exponés a más sanciones y aislamiento.
La flamante presidenta se encuentra en una posición delicada. Si avanza demasiado en gestos de pragmatismo, activa las alarmas internas. Si no avanza lo suficiente, pierde el único capital externo que podría garantizarle oxígeno económico. Es un equilibrio inestable, casi quirúrgico. Un paso de más y se queda sola. Un paso de menos y el país sigue cayendo sin red.
Como se ha afirmado, en regímenes altamente cerrados como el chavista, la racionalidad suele leerse como deslealtad. Y por eso la tensión no se expresa en rupturas abiertas, sino en gestos mínimos, silencios elocuentes y equilibrios incómodos. El poder venezolano no está dividido en facciones que se atacan públicamente, sino en bloques que se vigilan.
En ese sentido, el factor militar es el gran árbitro silencioso. No hay indicios serios de fractura, pero sí de cansancio. Las Fuerzas Armadas no están ideologizadas: están administrando desgaste. Su lealtad no es infinita, es transaccional. Mientras haya control y recursos, acompañan. Si el sistema deja de garantizar ambas cosas, empiezan a mirar alternativas. Delcy lo sabe. Cabello también. Por eso ninguno quiere forzar el conflicto abierto.
Lo que viene en las próximas semanas no es una explosión, sino una serie de microdecisiones que, acumuladas, definirán el rumbo. Aperturas económicas selectivas. Gestos diplomáticos calculados. Retórica radical hacia adentro, pragmatismo hacia afuera.
No estará en juego la voluntad de Delcy Rodríguez de cambiar el sistema, sino la capacidad del sistema de tolerar el mínimo corrimiento necesario para no implosionar. En regímenes de poder cerrado, toda adaptación es un riesgo.