Desde Miami, Estados Unidos. Félix es peruano. Si bien hace 40 años que vive en Florida siente que su idioma, su cultura y su raíz es más fuerte que el dinero que cobra mensualmente después de su retiro como trabajador de transporte público en EEUU. Maneja un taxi solo para sumar ingresos y para no quedarse “en la casa sin hacer nada todo el día”.

Abordar sus asientos fue ingresar a una biblioteca de los miedos latinos del tiempo americano. En cada frase una anécdota: “familias enteran viven prisioneros en sus propias casas”, dijo mientras intentaba con su taxi salir del aeropuerto. “Es otra forma de pandemia: terror de caminar por la calle y ser cazado por el ICE”, agregó. 

Hay miedos que se ven y otros que sólo aparecen cuando alguien comienza a contarlos. Miami sigue teniendo el tránsito de siempre, los restaurantes llenos en buena parte de la ciudad, las autopistas interminables y esa mezcla de idiomas que hace difícil determinar dónde termina Estados Unidos y dónde comienza América Latina.  

Pero la incertidumbre de los inmigrantes parte del paisaje. En cada esquina la paranoia de quienes temen ser detenidos. “Los agarran, los meten y se les quita todo”, cuenta preocupado Félix mientras hablaba de las detenciones y deportaciones. Era su manera de describir un temor que circula entre algunos inmigrantes de esta ciudad.

El lenguaje que diseña el miedo organiza el andar por la ciudad. Si bien Miami fue construida socialmente por la inmigración latina, hoy ser originario de esos países genera un ruido indescriptible. La mayoría tiene los papeles en orden, pero también algún familiar escondido en su casa con los trámites pendientes o vencidos. “Las normas han cambiado mucho. Ya no es un lugar que recibe generosamente a los inmigrantes. Ni siquiera a los inversores”, confesó un funcionario del consulado argentino. 

La periodista Yolly Cuello llego a Miami en 1992 desde Colombia. Trabajó en Barranquilla varias temporadas antes de migrar a Estados Unidos. Hoy es una de las periodistas mas prestigiosas de la comunidad latina en Miami. En su programa de Radio Actualidad reconoció que el asunto “está instalado en todas las conversaciones de Miami”. “Hay deportados, familias atravesadas por una deportación y una comunidad hispana particularmente pendiente de lo que sucede”, dijo.  

La periodista alertó también sobre las campañas de miedo que los adherentes de la políticas anti migratorias alientan. “Hay furgones de ICE que están en todos los rincones esperando a que tú asomes la nariz”, describió al cuestionar esas campañas de temor y el efecto que pueden provocar incluso entre los niños.

Los números permiten entender por qué existe preocupación. Durante julio de 2026, el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos —ICE— realizó un promedio superior a 1.580 arrestos diarios. Más de 800 por día correspondieron a personas sin antecedentes criminales. Fue el primer mes del segundo gobierno de Donald Trump en el que quienes sólo tenían infracciones civiles de inmigración representaron más de la mitad de los arrestados.

La cuestión resulta relevante porque la administración Trump presentó reiteradamente su ofensiva migratoria poniendo el énfasis en la expulsión de extranjeros que hubieran cometido delitos. Sin embargo, los registros muestran una ampliación del universo alcanzado por las detenciones. Un análisis del Deportation Data Project determinó que en julio apenas el 27 por ciento de los arrestos que terminaron con ingresos a centros de detención correspondía a personas con condenas criminales.

También existió una presión explícita para aumentar las cifras. Stephen Miller, uno de los principales asesores de Trump en materia migratoria, dijo públicamente en mayo que la administración buscaba llegar a un mínimo de 3.000 arrestos diarios. Esa meta no llegó a concretarse de manera sostenida: en julio, Tom Homan reconoció que se estaban realizando alrededor de 2.000 por día.

Anthony Verdú, integrante de la Coalición Familiar Cristiana y veterano exiliado cubano, planteó también ese interrogante: ¿qué ocurre cuando la cantidad de detenciones se transforma en un objetivo de gestión? “Cuando tú tienes que arrestar 3.000 personas, tú agarras a cualquiera para cumplir tu cuota”, sostuvo.

Aaron Rosen, presidente del think tank “World Affairs Council of Miami”, llevó la cuestión a un terreno todavía más cotidiano. “Mucha gente aquí en nuestra comunidad, que tiene sus raíces en Latinoamérica, tiene mucho miedo”, dijo. Y agregó algo difícil de imaginar desde afuera: hay personas que directamente se están quedando en sus casas por temor a encontrarse con ICE.

No se trata únicamente de una percepción recogida durante estos días. En Doral, una ciudad del condado Miami-Dade donde alrededor del 70 por ciento de sus habitantes nació fuera de Estados Unidos, comerciantes denunciaron recientemente caídas de ventas que atribuyen al temor de parte de la población a salir de sus casas. En Homestead, al sur de Miami, comerciantes y trabajadores también describieron calles y negocios con menos movimiento cuando circulaban noticias sobre operativos migratorios.

La geografía del miedo empieza entonces a ser mucho más pequeña que un país. Puede reducirse a la distancia entre una casa y un supermercado. Entre una casa y el trabajo.

Rosen asegura que ya se percibe en sectores como la construcción, los hoteles y los restaurantes, donde trabajan miles de inmigrantes. Personas que faltan, que modifican rutinas o que prefieren no exponerse. “La gente no se quiere ir a la iglesia o a la tienda”, contó.

En Little Haiti se han registrado escenas semejantes: personas que redujeron sus salidas, cambiaron recorridos o dejaron de concurrir normalmente al trabajo después de perder protecciones migratorias. Y entre venezolanos del sur de Florida también aparecieron casos recientes de personas con solicitudes de asilo pendientes y permisos laborales que fueron detenidas, alimentando la preocupación de una comunidad que durante años vio a Estados Unidos como territorio de refugio.

Esta semana, a casi dos mil kilómetros de Miami, ocurrió una escena que completa una extraña paradoja: Javier Milei habló ante la 81ª Asamblea General de las Naciones Unidas en Nueva York. Allí, mientras desarrollaba su visión sobre el futuro argentino, hizo una convocatoria hacia afuera: “A los hombres y mujeres libres del mundo, a los científicos, a los emprendedores, a los creadores (...) miren al sur”. Y recordó a aquella Argentina construida también por millones de inmigrantes que atravesaron océanos esperando que sus hijos pudieran vivir mejor.

Resulta difícil no detenerse en el contraste. Mientras en Estados Unidos una parte de los inmigrantes latinoamericanos mira antes de abrir la puerta de su casa, desde el extremo sur del continente un presidente argentino, leal socio de Donald Trump, ofrece su país como destino para quienes buscan empezar otra vez.

Quizás las migraciones siempre hayan tenido algo de esto. Países que durante una época llaman y después expulsan. Sociedades que necesitan inmigrantes y años más tarde comienzan a discutir qué hacer con ellos. Puertas que se abren. Puertas que se cierran. 

Tal vez allí esté la parte más humana de esta historia. Una frontera no es solamente una línea dibujada sobre un mapa. Millones de personas atravesaron alguna vez una de ellas convencidas de que del otro lado comenzaba una vida distinta.  

En Miami hay generaciones de personas que ya hicieron aquel viaje. Llegaron, consiguieron trabajo, formaron familias y construyeron una vida. Algunas vuelven ahora a convivir mientras se encierran con una sensación que creían haber dejado definitivamente del otro lado de la frontera: el miedo.