Los argentinos tenemos una curiosa habilidad para convertir a nuestros próceres en estatuas. Los elevamos sobre pedestales tan altos que dejamos de verlos como personas. Manuel Belgrano es una de esas figuras. Cada 20 de junio recordamos la bandera, las ceremonias escolares y los actos oficiales. Pero rara vez nos detenemos a pensar qué clase de funcionario público fue aquel hombre.
La pregunta adquiere actualidad inesperada esta semana. Mientras Rosario se prepara para recibir al presidente Javier Milei, tal vez con su hermana y el mismo jefe de Gabinete en las gradas del Monumento a la Bandera, otro Manuel ocupa las portadas de diarios y sitios de noticias. Es su jefe de gabinete, Manuel Adorni, uno de los funcionarios más importantes del gobierno nacional, que enfrenta cuestionamientos sobre su patrimonio, el origen de fondos no declarados, operaciones con criptomonedas y una serie de mentiras y contradicciones que hoy son materia de investigación periodística y judicial.
No se trata de comparar personas ni épocas. Sería absurdo exigirle a un funcionario del siglo XXI que viva como un revolucionario de comienzos del XIX. Sin embargo, ambos nombres permiten observar dos concepciones del poder público que atraviesan la historia argentina y explican buena parte de sus frustraciones.
Manuel Belgrano fue abogado, economista, periodista, diplomático y militar. Antes de convertirse en prócer ya había desarrollado una intensa actividad intelectual. Desde el Consulado impulsó la educación popular, la capacitación técnica, la producción agrícola y el desarrollo industrial. Estaba convencido de que la riqueza de una Nación no dependía de sus recursos naturales sino de la formación de su gente. Para un hombre nacido en 1770, la idea era extraordinariamente moderna.
Su conducta personal acompañó esas convicciones. Después de las victorias de Tucumán y Salta recibió una recompensa de 40.000 pesos fuertes, una suma enorme para la época. No la utilizó para incrementar su patrimonio ni para garantizar la prosperidad de su familia. Dispuso que ese dinero fuera destinado a la construcción de escuelas. No fue un gesto aislado. Formaba parte de una visión según la cual el servicio público exigía sacrificios personales y una permanente subordinación de los intereses privados al bien común.
Dos siglos después, buena parte de la dirigencia argentina parece moverse en dirección opuesta. El poder ya no aparece asociado al sacrificio sino al acceso. Acceso a información privilegiada, a posiciones de influencia, a recursos, a contactos o a oportunidades de acumulación patrimonial. Las sospechas que rodean a Adorni son relevantes precisamente por eso. No porque involucren solamente a un funcionario, sino porque reflejan una cultura política mucho más amplia.
Cuando un funcionario admite que mantuvo importantes sumas de dinero fuera del circuito formal y argumenta que actuó como "la mayoría de los argentinos", no está ofreciendo únicamente una explicación contable. Está formulando una concepción del vínculo entre ciudadanía, ley y poder. Está sugiriendo que la conducta irregular puede justificarse porque se encuentra socialmente extendida.
El otro Manuel, el que el sábado recibirá un homenaje de parte de esa indecencia, pensaba exactamente al revés del Manuel, jefe de gabinete de Milei. Creía que quienes ocupaban posiciones de liderazgo debían elevar los estándares de conducta de una sociedad. No seguirlos. Mucho menos degradarlos. Su autoridad moral provenía precisamente de esa coherencia entre lo que predicaba y lo que hacía.
Para el consultor político Carlos Fara, consultado esta mañana en Radiopolis, la suerte de Adorni esta echada. Milei se metió con la defensa publica en un laberinto costoso. “Probablemente, no haya tenido toda la información de entrada, y a partir de eso tuvo que improvisar varias estrategias. Sobre todo, porque ahora me parece que el presidente está más preocupado por transmitir la idea de que la oposición no le va a voltear un ministro fundamental. Ahora no es solamente el problema de Adorni, sino cómo implica el desplazamiento de fichas dentro del propio gobierno. ¿Quién si se va, quién lo reemplazaría? Entonces en ese punto me parece que el presidente dice, bueno, ya pagué el costo, y por lo tanto entonces, dice, bueno, ahora si se recupera la economía, bueno, Adorni en algún momento, digamos, pasará a ser una anécdota”.
-¿Cómo jerarquizas a esa anécdota?
-Me parece que Adorni, así como está para la opinión pública, es una figura prescindible. Es obvio que ya no puede ser competitivo en ningún cargo que se le pueda ocurrir. Adorni no tenía ningún capital político propio, todo dependía del hecho de estar al lado del presidente y lo que representó para La Libertad Avanza.
Por eso la discusión que plantea el caso Adorni excede cualquier expediente judicial. La Justicia determinará si existieron delitos o irregularidades. La política, en cambio, enfrenta otra pregunta. Qué clase de ejemplos producen hoy nuestras élites dirigentes. Qué relación mantienen con el dinero, con la transparencia y con la responsabilidad pública. De los bolsos de López, el PBI de la obra publica K, la posición económica de los dirigentes actuales a la ejemplaridad del aquellos hombres, hay muchas preguntas y respuestas sobre la creciente pobreza argentina.
La Argentina ha atravesado innumerables crisis económicas. Muchas menos veces discutió seriamente sus crisis de ejemplaridad. Sin embargo, buena parte de los problemas nacionales nacen allí. En la distancia creciente entre las obligaciones del poder y las conductas de quienes lo ejercen.
Este próximo sábado 20 de junio volveremos a mirar la bandera que Belgrano imaginó en Rosario. Y que ese gran y hermoso monumento sea un argumento para pelear con esa coyuntura advenediza. El Gobierno Nacional se negó en aportar fondos para su reparación y no es casual el gesto. Tampoco lo es la forma del Monumento Nacional a la Bandera. Los arquitectos Ángel Guido y Alejandro Bustillo diseñaron una obra cargada de simbolismo. La idea central es que todo el conjunto representa una gran nave que avanza hacia el futuro de la Nación. El Paraná funciona como el cause sobre el que navega esa patria en construcción. Quizás también valga la pena recordar algo menos visible que esa bandera. La idea de función pública que la acompañaba. Una concepción austera, exigente y casi incómoda del poder. Una concepción que no medía el éxito por la riqueza acumulada sino por el legado dejado a los demás.
Entre aquel Manuel y este Manuel hay más de dos siglos de distancia. Pero la discusión sigue siendo exactamente la misma.
Carlos Fara, intenta detrás del teléfono, parafrasear al jefe de Gabinete y describir con ironía que tal vez Adorni, sea “apenas un delincuente”.
-¿Crees que la justicia va a determinar su responsabilidad penal?
-Mira, la historia no terminó porque aún no están todos los elementos sobre la mesa. Con la declaración jurada, o la investigación que se haga, están habiendo elementos sensibles. Hoy uno de los principales medios en la Argentina (Clarin) dice que Adorni recibió criptomonedas siendo funcionario. Entonces el criterio de las criptomonedas no es un tema estrictamente del pasado, que es un pendrive, sino de la actualidad. A mí no me caben dudas que al haber nuevas noticias sobre esos manejos va a terminar cayendo.