La idea de “revolución” es tan dinámica y diversa como los procesos histórico-políticos que la generan. A lo largo del tiempo y en cada lugar del mundo, este concepto que proviene de latín revolutio “una vuelta”, fue adquiriendo distintos matices; sin embargo, siempre implica, en el fondo, un cambio fundamental en la estructura del poder. Esto lleva a los investigadores a discentir, en ocasiones, acerca de qué significa "ser revolucionario. Este lunes se celebra un nuevo aniversario del Primer Gobierno Patrio y tres historiadores de Rosario dialogaron con Rosario3 sobre la idea de “revolución”: 216 años después de 1810. La invitación a pensar con ellos y un Recorrido Virtual 360 por el Cabildo de Buenos Aires, sede de la Administración Colonial y corazón de la Revolución de Mayo de1810.

 Acto en el Cabildo de Buenos Aires (Archivo).
Acto en el Cabildo de Buenos Aires (Archivo).

Sebastián Merayo: ¿Qué nos demandaría jurar una revolución en el siglo XXI?

 

¿Qué juró Moreno, allí, el último en la fila viboreante de hombres arrodillados, Moreno que estuvo, frío e indomable, detrás de French y Beruti, y los llevó, insomnes, con su voz suave, apenas un silbido filoso y continuo, a un mundo de sueño, y French y Beruti que ya no descenderán de ese mundo de sueño, armaron a los que, apostados frente al Cabildo, esperaron, como nosotros, los arrodillados, el contragolpe monárquico para aplastarlo o morir en el entrevero? (Andrés Rivera, La revolución es un sueño eterno).

En el libro La Revolución es un sueño eterno, el periodista y escritor Andrés Rivera –a través de este texto breve elegido por Sebastián Merayo, profesor, magister en Historia (UNR) y becario doctoral del Conicet– ponía en primera persona la figura de Juan José Castelli a través de una serie de reflexiones que trasladan a sus lectores al Cabildo de Buenos Aires, el 25 de 1810, e invitaba a pensar el peso que tuvo aquella revolución para quienes integraron la Primera Junta de gobierno.

“A través de una serie de preguntas en torno a ¿qué juramos aquel día? o ¿quién juró que cosa?, asoman las complejidades que tuvo aquel cambio trascendental. La revolución como un cambio época, pero sobre todo como la construcción de un sentido que al mismo tiempo impugnaba la legitimidad del orden virreinal y avizoraba un horizonte incierto. La revolución como corte, pero también como aquello que inspiraba, movilizaba y empujaba hacia adelante”.

Merayo repasa la palabra “revolución” tras 216 años de historia. Vocablo cargado de contenido que fue utilizado y reinterpretado de múltiples formas por distintos sectores políticos adquiriendo diversas connotaciones: “Ejemplo de ello –dice– fueron los años '60 y '70, durante los cuales la revolución se inscribió como el sueño de generaciones que caminaron hacia un nuevo horizonte tras el impulso de la voluntad y la convicción de transformar colectivamente la realidad".

Luego se para en el presente y se plantea qué sería revolucionario hoy, en una sociedad atravesada por la lógica del consumo, el individualismo y la mediatización de las redes sociales. “En este siglo XXI, ¿es posible pensarnos en una dimensión que ponga patas para arriba nuestras realidades y se anime a cuestionar las «verdades» tal como las conocemos hoy?”, se pregunta.

¿Será que es necesario recuperar una perspectiva de cambio social y una idea de futuro, un horizonte hacia donde caminar, recogiendo lo mejor de las diversas tradiciones revolucionarias?

“Hay un punto de partida –afirma– que es innegable y es la herencia de lo realizado o lo inconcluso que toda ruptura revolucionaria deja en el debe. Pero lo cierto es que hoy la idea de revolución ha quedado muy lejos de las generaciones actuales. Esto no es casualidad; por el contrario, forma parte de una construcción histórica y de sentido, en la que las personas no pueden homologar una idea de construcción colectiva ligada a profundas transformaciones sociales”. 

En esa línea, analiza que en el siglo XXI, la revolución parece estar asociada “a aspectos individuales o a lógicas comerciales, de mercado o tecnológicas. Pero la Revolución como parte de una transformación social, política, económica y cultural –subraya– no forma parte de una voluntad más amplia. No afirmo que solo impere el inconformismo o el desgano, pero ante las grandes desigualdades existentes ningún sector plantea la posibilidad de una ruptura o un cambio que invite a pensar, al menos, imaginar una sociedad diferente. Ni siquiera a impugnar las condiciones del mundo actual”.

De hecho, señala a “las derechas radicalizas” como “las que parecen ocupar ese lugar” y cita al historiador Pablo Stefanoni, para quien “la rebeldía parece ser de derecha”.

Observa que para la sociedad en general, la noción de un cambio trascendental sigue estando lejos. “En las izquierdas –sostiene– impera una especie de auto-veto en el que muy pocos sectores plantean un cambio revolucionario”. Y completa la idea con el enfoque del historiador italiano Enzo Traverso. “Las izquierdas atraviesan una melancolía que las hace mirar hacia el pasado y les impide inscribir sus programas de acción en una perspectiva revolucionara. Así, la revolución (o la idea de revolución) pasa a estar alojada en lugares menores, íntimos, no asoma ni atraviesa el espacio o los imaginarios de lo público”.

“¿Será que para ello es necesario recuperar una perspectiva de cambio social y una idea de futuro, un horizonte hacia donde caminar, recogiendo lo mejor de las diversas tradiciones revolucionarias? –interroga– porque “si hay algo que define a las revoluciones es su transgresión a la vez que lo inesperado y disruptivo en su acontecer”.

Concluye que en la actualidad, “revolucionario es recuperar un horizonte donde aparezca la posibilidad cierta de cambiarlo todo y para eso el primer desafío es no aceptar el posibilismo del mundo tal cual lo vivimos hoy. En el encuentro con otros, en la militancia y en construcciones colectivas que desafíen los límites a lo posible”.

 Acto frente al Cabildo de Buenos Aires (Archivo).
Acto frente al Cabildo de Buenos Aires (Archivo).

Miguel Ángel L. De Marco: Entre el “alumbramiento” y los valores republicanos que no deben resignarse

 

El historiador, investigador del Conicet y miembro de la Academia Nacional de la Historia, mira en perspectiva aquellos días de mayo, en los albores del siglo XIX, y destaca como significativo el hecho de haber conseguido la renuncia del Virrey Cisneros y la formación de la Primera Junta de Gobierno Patrio.

“Ese fue el logro fundamental de la Revolución de Mayo de 1810; más aún haberlo podido sostener en una gravísima coyuntura y bajo las incesantes disputas y desacuerdos internos, sostenidos vehementemente «a todo o nada», y que influirían también en la forma de interpretar las causas, propósitos y consecuencias de lo acontecido en el Cabildo Abierto de Buenos Aires”.

Sin embargo, rescata que por sobre esas disidencias, "primó su evocación como punto de partida de lo que hoy es Argentina, a manera de faro referencial en medio de los cambios, las crisis, los retrocesos, la incertidumbre, la violencia, y el malestar, como asimismo, la invitación a trabajar en la superación de la adversidad”.

Y la imagen de “dar a luz” surge como la mejor metáfora para describir aquella Revolución de Mayo: “A manera de alumbramiento, fue la referencia obligada para quienes establecieron los principales peldaños de la evolución institucional de nuestra historia: la Asamblea del Año XIII, el Congreso de Tucumán y la declaración de la Independencia; la Campaña Libertadora de medio continente; el Dogma Socialista, la defensa de la soberanía, la organización nacional y la sanción de la Constitución de 1853, entre otros”, consigna De Marco.

 Petitorio de Mayo con las firmas de quienes exigían la renuncia del Virrey Cisneros (Cabildo de Buenos Aires).
Petitorio de Mayo con las firmas de quienes exigían la renuncia del Virrey Cisneros (Cabildo de Buenos Aires).

“Importante pero insuficiente es entender esta fecha como alegoría de la Patria deseada o lo que fue. Su legado indiscutible es la actitud de autodeterminación y el coraje que su defensa ha demandado a generaciones de argentinos y que seguirá requiriendo de sus hijos”.

Hoy, los desafíos revolucionarios pasan por no resignar principios, conductas éticas y valores, virtudes democráticas y republicanas, a pesar de las adversidades.

Transcurridos los primeros 216 años de aquel alumbramiento, ¿qué significa ser revolucionario o revolucionaria? ¿hay una noción compartida por la ciudadanía argentina?

Para De Marco, los desafíos revolucionarios pasan hoy por “no resignar principios, conductas éticas y valores, virtudes democráticas y republicanas, a pesar de las adversidades que puedan presentarse. Resistir, dialogar, construir, y participar de proyectos inclusivos que no sean una pérdida de tiempo y energías, priorizando la acción posible por sobre la deseada. Estamos en mejores condiciones –asevera– que muchos revolucionarios de 1810 para hacerlo y poder elaborar propuestas ingeniosas, acordes a la complejidad del tiempo presente (cada época tuvo su complejidad y sus propios desconciertos), sabiendo distinguir lo perdurable por sobre lo contingente”.

Propone como “ejemplo próximo” la figura de Manuel Belgrano, “fuente inagotable de un afecto colosal por el porvenir de un país que estaba dando sus primeros pasos –no sin trastabillar– en el corralito de condiciones adversas en las que lo había situado el pasado colonial y los grilletes de la dependencia. Lo demostró –remarca– donde fue llamado a actuar, porque creía en las posibilidades de la libertad, la fraternidad, la igualdad de oportunidades, la educación para todos, los frutos de la laboriosidad y la Independencia de toda dominación extranjera”.

Acto frente al Cabildo de Buenos Aires (Archivo). 
Acto frente al Cabildo de Buenos Aires (Archivo). 

Ignacio Martínez: ¿Cuáles fueron los logros de los revolucionarios?

Para el historiador (Conicet) y docente de Historia Argentina (UNR), la Revolución de Mayo “fue más que el proyecto de un grupo en particular o un acontecimiento histórico. Fue un proceso de cambio muy profundo que involucró a grupos de personas con intereses y expectativas muy diferentes. Por eso, es difícil identificar los logros de la revolución”.

Explica que hubo tantos logros y fracasos como proyectos involucró. Y de allí que, desde muy pronto, se generaron disputas e incluso enfrentamientos armados entre los partidarios de la revolución, aunque eso no significa que sea imposible hacer un balance de la revolución para concluir si tanto sacrificio tuvo algún sentido. "Si hubo un logro de la revolución de mayo de 1810 en Buenos Aires, fue haber mantenido la autonomía frente a las autoridades de España desde aquel día 25”.

La Revolución de Mayo se suele reseñar en los niveles de educación inicial como un episodio aislado de sus causas y separado de su contexto, pero en todo proceso revolucionario conviven una multiplicidad de factores y coyunturas cuyo conocimiento sirven para dimensionar su complejidad.

“Desde la crisis de la monarquía española, en 1808, desatada tras la captura del rey Fernando VII por Napoleón, se sucedieron movimientos insurgentes desde México al Río de la Plata. A lo largo de esa década, todos los levantamientos fueron sofocados en algún momento, menos –enfatiza– el iniciado en la capital del virreinato más austral y reciente del imperio español: el del Río de la Plata”.

Pero al mismo tiempo, el investigador marca un detalle no menor, poco ponderado en las crónicas que describen aquellos años, en los manuales escolares: “ese logro se alcanzó a costa de un estado de guerra permanente y ubicuo, que destruyó vidas y fortunas. Semejante esfuerzo sólo podía justificarse –resalta– con la promesa de un futuro mejor”.

Señala que ese horizonte podía presentarse “como un momento de reparación de injusticias pasadas (la opresión de la metrópoli sobre los pueblos de América, por ejemplo), o como la construcción de un mundo nuevo, edificado sobre los principios de la igualdad y la libertad individuales”.

“Sea cual fuera el futuro deseado (la restauración de un pasado ideal o una nueva forma de sociedad) ese horizonte movilizó a los actores que abrazaron la revolución y los convenció de que podían alzarse en armas contra cualquiera que obstaculizara su camino. Por eso, la revolución, una vez desatada –explica– no sólo disolvió los vínculos jerárquicos entre España y América, sino también entre las ciudades secundarias y la capital virreinal. Así fue disolviéndose el territorio del virreinato. Paraguay se declaró independiente de todo poder externo y las provincias del litoral exigieron reemplazar el orden de la colonia por una organización confederal, que pusiera a todos los pueblos (ciudades) del virreinato en igualdad de condiciones”.

Pero eso no fue todo, “aunque la revolución en el Río de la Plata estuvo lejos de suprimir las diferencias sociales (la esclavitud, por ejemplo, sería abolida formalmente recién en 1853), la importancia de la guerra –destaca– le ofreció a quienes tomaban las armas y arriesgaban sus vidas, una moneda para negociar frente a los que gobernaban”.

Además, el reemplazo de la soberanía monárquica por la del pueblo, obligó a las élites dirigentes a implementar mecanismos de consulta y de expresión de esa voluntad. “Aquí (de nuevo) no estamos hablando de una democracia donde todos y todas manifestaban libremente su favor hacia un candidato o candidata. El voto era masculino, a viva voz y muchas veces los poderosos dictaban la voluntad de sus subordinados. Así y todo, el voto popular significó también un ligero cambio de balance político entre los sectores sociales”.

Lo que nos enseña la revolución de 1810 es que hay momentos en que el orden establecido puede ser cambiado por una gran cantidad de gente que se vuelca a la acción para construir un mundo más justo, aunque la idea de justicia no sea la misma para todos.

“Por lo tanto –resume– podríamos concluir que otro logro de la revolución, aunque no necesariamente de los revolucionarios porque no todos deseaban lo mismo, fue la de crear mecanismos institucionales, discursos políticos y prácticas que ampliaron la participación en la toma de decisiones”. 

Para pensar qué sería “revolucionario” hoy, Martínez admite que no puede hablar como historiador, sino como ciudadano que ha aprendido de la historia: “Lo que nos enseña la revolución de 1810 es que hay momentos en que el orden establecido puede ser cambiado por una gran cantidad de gente que se vuelca a la acción para construir un mundo más justo. Claro que la idea de justicia no es la misma para todos. Eso es un problema hoy y también lo fue en el siglo XIX. Pero aquí también hay algo que nos enseña ese período revolucionario: no podemos esperar que alguien baje con la respuesta. La Revolución de Mayo (como muchas revoluciones) consumió a sus líderes, por más poderosos e iluminados que hayan parecido en su tiempo”. 

“Mientras tanto, expandió los horizontes de lo posible y creó espacios donde se debatieron ideas que décadas atrás no podían expresarse sin condena. Esa explosión de opiniones y voluntades –explica– generó conflicto, pero también obligó a sus protagonistas a encontrar un modo de gestionar esas diferencias. Es decir, creó la política como la conocemos".

Desde su perspectiva, hoy sería revolucionario estirar los márgenes de la política para permitir que todos los que tienen algo para decir sobre las injusticias de nuestro tiempo y el modo de solucionarlas se sientan habilitados para hacerlo. "Si eso significa pensar nuevas instituciones, nuevas formas de participación y nuevas leyes –añade– bienvenido sea. Somos hijos de una revolución”.