Ayer se lo vio al presidente Milei corriendo exultante, rompiendo el protocolo de custodia en el Campo de la Gloria de San Lorenzo, para saludar a quienes lo vitoreaban. Algo similar, y con frecuencia, hacía Néstor Kirchner. Quienes critican los modos y las intensidades de la gestión del Javo olvidan que ese estilo tuvo cultores que lo exhibían con orgullo. Abrazar al convencido y escupir al opositor: amor y odio como gesto cultural-político peligrosamente anquilosado en la historia argentina.
La cercanía con el “pueblo” es un capital que no desea abandonar. A pesar de la falta de bienestar diario, la promesa del romper el pasado, “para fundar un nuevo país”, sigue latiendo en el vitoreo electoral a favor de sus ideas. Se nutre de esos aplausos y los alimenta con furia y vitalidad rocker.
Esta semana, el lanzamiento de la “Oficina de Respuesta Oficial”, generó el inicio de un intenso ida y vuelta de una comunidad pequeña pero ruidosa. Periodistas, militantes y políticos trenzados en un ring donde no importa la verdad sino la victoria a cualquier precio. Un nuevo capítulo del “Clarin miente” también de los tiempos de Néstor.
La cuenta en X (@RespOficial_Arg), con profesionales y comunicadores del gobierno, intenta, como lo hizo el disruptivo 6,7,8 (TV Pública), en el 2009, replicar información, opiniones y datos de medios y periodistas argentinos. “No todo lo publicado por los medios y periodistas es cierto, por ello vamos a desactivar esas mentiras”, argumentan en sus textos.
Y es, y lo será, seguramente, un nuevo capítulo de la obra “Pochoclos en la reposera” que profetizó (con otro sentido) José Albistur. Sentarse a ver, comiendo palomitas de maíz, como se trenzan rabiosamente los unos y los otros.
La asfixia del periodismo no suele llegar de golpe. No entra por la puerta con botas ni clausura redacciones a la vista de todos. En el mundo contemporáneo, el poder aprendió una forma más eficaz y menos ruidosa de disciplinar a la prensa: la deslegitimación sistemática. No se persigue tanto al periodista por lo que investiga, sino por lo que es. Se lo vacía de autoridad moral, se lo presenta como actor interesado, corrupto, parcial. Así, la información deja de discutirse por su contenido y pasa a evaluarse por su supuesta intención.
En la Argentina, este mecanismo encontró una versión explícita, casi brutal. No se cree en el periodismo como oficio autónomo ni como contrapeso del poder: se lo concibe como herramienta. O está a favor, o está en contra. O acompaña, o estorba. El periodismo crítico no es incómodo: es, directamente, corrupto. “Ensobrados” no es solo un insulto, es una estrategia. Nombrar así al que pregunta es intentar anular la pregunta. No se responde: se desacredita.
En los argumentos del gobierno de su nuevo espacio en X, “comparar una cuenta oficial que responde activamente con datos a notas falsas con la Gestapo, Joseph Goebbels o el nazismo banaliza el Holocausto y vacía de sentido uno de los crímenes más atroces de la historia de la humanidad. La Oficina de Respuesta Oficial no censura, no controla contenidos, no impide publicaciones ni persigue periodistas. Responde. Brinda información. Desmiente datos falsos. Es, exactamente, lo contrario de la censura previa”, dicen sus textos.
Pispeando un poco el mapa de un planeta convulsionado, el fenómeno se repite, con distintos tonos, en democracias frágiles y consolidadas. Gobiernos de derecha y de izquierda, líderes carismáticos y burócratas prolijos; todos parecen coincidir en algo: la prensa será tolerable mientras no moleste. Cuando incomode, se la acusará de operar, de mentir, de ser parte de una conspiración. El poder no discute hechos sino lealtades.
En ese contexto, se corre el riesgo de ser empujado a una trampa peligrosa: la de responder en el mismo terreno. Defenderse como actor político, alinearse, jugar el juego del poder. Algunos intentan sellar grietas u ocultarlas, otros, para ampliarlas.
“Confundir respuesta estatal con represión estatal deja de ser una mera opinión para convertirse en una falsedad grave. Este tipo de comparaciones irresponsables ameritan denuncia, tanto de quien las formula, como del medio que las publica y legitima. La libertad de expresión no habilita a trivializar el horror y la persecución del nazismo, ni a utilizar el Holocausto como recurso retórico. El derecho a informar conlleva una responsabilidad mínima que aquí fue deliberadamente ignorada”, argumentan en la nueva herramienta para señalar a la prensa que “miente”.
Cuando el poder logra que la verdad importe menos que la conveniencia, no solo se degrada el periodismo: se empobrece la democracia. Sin prensa crítica, no hay ciudadanía informada; sin ciudadanía informada, se deja algo esencial en el sistema: “rendir cuentas”. Y entonces, la asfixia ya no es solo de los periodistas: es de toda la sociedad, que empieza a respirar un aire cada vez más viciado, convencida –o resignada– a que la realidad depende de quién la cuente y para quién.
El periodismo tiene que navegar el tormentoso mar de la versión, el dato y la opinión. Transitar caminos ambiguos donde el sol y sus sombras conviven opuestamente. Para algunos caminantes habrá sol, para otros, sombras. En el mismo tiempo, casi en el mismo lugar.