Milei sobreactuando. No importa cuando leas eso. Pero no es solo Milei: es el Poder cuando hace planes pensando en mantenerse alto. Sobreactuar sin tener pudor o asco. Lo hace con mohines y textos escritos por asesores y publicistas que muerden sus bolsillos pensando en “vivir a lo Adorni”. Milei, presidente en busca de su gloria, lee un texto sobre el amor a la patria, que nadie cree. Infla un poco el bote para evitar que zozobre en la tormenta del “no hay plata”

Una bandera aparece en medio de un partido de fútbol. Dice apenas cuatro palabras: “Las Malvinas son argentinas”. Nadie pregunta de qué partido político es el que la colgó. Nadie necesita conocer a quién votó. Hay algunas cosas que la Argentina todavía consigue sentir antes de discutirlas. Malvinas es una de ellas. 

Son unas islas lejanas en el mapa y extraordinariamente cercanas en nuestra memoria. Pero además hay nueve generaciones de británicos viviendo allí desde 1834. En nuestra cultura es una ausencia que permanece. Una herida que nunca termina de cerrar. Están los soldados que murieron, los que regresaron, sus familias, una guerra absurda y una soberanía que la Constitución argentina define como objetivo permanente e irrenunciable.

La causa Malvinas no se manosea solo con Milei. Tampoco terminará con él. Pero igual incomoda cuando la política mete las manos allí.

En el debate cara a cara con Massa en 2023, el ganador de la elección dijo: “En la historia de la humanidad ha habido grandes líderes la señora Thatcher fue uno”.

Cuando Sergio Massa lo confrontó por Malvinas, Milei respondió: “Nos tocó una guerra y esa guerra la perdimos. Tenemos que hacer todos los esfuerzos para recuperar las islas por la vía diplomática”.

Ya presidente, el 2 de abril de 2024 endureció el lenguaje contra la política argentina anterior. Dijo que el mejor homenaje a los caídos era: “Defender el reclamo inclaudicable por la soberanía argentina sobre las Malvinas”.

Pero agregó una frase que hoy resulta especialmente interesante: “Un reclamo real y sincero, no meras palabras en foros internacionales que solo le sirven al político de turno para impostar un falso amor por el país”.

Al año siguiente aparece una concepción muy particular sobre los isleños: “Anhelamos que los malvinenses decidan algún día votarnos con los pies a nosotros”. Su sueño de hacer grande el país era parte de la explicación: “Agotar todos los recursos diplomáticos a nuestro alcance para que vuelvan a manos argentinas. Pero hacer de Argentina una potencia tal que ellos prefieran ser argentinos”.

Este año, antes de la cadena, en el homenaje del 2 de abril el presidente volvió a decir: “Quiero reafirmar nuestro derecho al ejercicio pleno de la soberanía sobre las Islas Malvinas. Conflicto que debe resolverse mediante el diálogo maduro y sincero entre la Argentina y el Reino Unido”.

Pero llegamos a la semana del maquillaje. El tono cambió significativamente. Milei convirtió Malvinas en el centro de una cadena nacional, anunció un endurecimiento de las sanciones contra empresas relacionadas con la explotación petrolera y medidas para fortalecer la presencia argentina en el Atlántico Sur. 

Con una parte de sus funcionarios más leales y taquilleros dijo mirando a la cámara de la cadena nacional: “Las Malvinas son argentinas. Son argentinas. Por historia y por derecho. No hay discusión. Lo son y seguirán siendo sin importar quien las ocupe”.

El presidente descubrió ahora un tono enfático alrededor de Malvinas. ¿cambió Milei o cambió la necesidad política de Milei?

Porque existe otro territorio sobre el que hoy también se disputa soberanía: el bolsillo de los argentinos. El bolsillo flaco. El salario que alcanza menos, el jubilado que hace cuentas, la familia que aprendió a mirar dos veces el precio antes de poner algo en el changuito. Cuando la economía deja de producir esperanza, la política suele buscar otros lugares donde encontrarla. Y pocas fibras tienen en la Argentina la potencia emocional de Malvinas.

Malvinas no puede transformarse en otro producto del cambalache electoral argentino. No debería servir para tapar una góndola cara, un salario insuficiente ni una encuesta incómoda

El Pastorcito y el lobo de Esopo, la fábula del mentiroso que termina viendo sus ovejas devoradas por el lobo es la metáfora de ese pase de comedia política. Mentir hasta que nadie te cree incluso la verdad.  

Que una causa que pertenece a todos termine convertida en una herramienta para acercarse a quienes comienzan a alejarse. Que donde ya no alcanza la promesa económica aparezca la emoción patriótica. Que se intente llegar por Malvinas hasta donde cuesta cada vez más llegar por el bolsillo.

No sería la primera vez que ocurre. La historia argentina conoce demasiado bien la tentación de envolver dificultades domésticas en una bandera celeste y blanca. Y justamente por eso Malvinas exige prudencia y no publicistas.  

Milei tiene, además, un problema que él mismo construyó: la credibilidad. Puede cambiar de opinión. Todo gobernante puede hacerlo. Pero debería explicar el cambio. Por qué cambió, cuándo cambió y qué pretende conseguir con ese cambio.

No existe un Código Penal para el oportunismo político. Tampoco un tribunal que pueda condenar a un presidente por utilizar un gag publicitario como emoción colectiva. El castigo, si efectivamente eso estuviera ocurriendo, sería mucho más sencillo y quizás más devastador: dejar de creerle.

Malvinas conserva algo que la política argentina ha perdido en demasiados lugares: transversalidad. Puede haber una bandera en una cancha de fútbol, una calcomanía en un camión, un mapa en una escuela o una vieja fotografía de un conscripto guardada en un cajón. Distintas generaciones, distintas ideologías, distintas maneras de entender el país. Y detrás de todas ellas, la misma frase: las Malvinas son argentinas.

Por eso hay límites que deberían existir incluso en una política acostumbrada a no tenerlos. Malvinas no puede transformarse en otro producto del cambalache electoral argentino. No debería servir para tapar una góndola cara, un salario insuficiente ni una encuesta incómoda.

¿Se juega con Malvinas? La respuesta sobre la falta de escrúpulos de los sótanos del poder es no, mientras maquillan palabras que van en camino contrario. No te lleno el bolsillo, pero las Malvinas son argentinas.  Estupefacientes (político) para tu dolor.