El pasado viernes 18 de septiembre, mientras en Rosario algunos de los mejores exponentes del deporte competían por una medalla en los Juegos Suramericanos, a más de diez mil kilómetros, en la californiana San Francisco, se disputaba un combate inédito. Dentro de una jaula de artes marciales mixtas, Frankie LaPenna, un influencer y creador de contenido estadounidense, se preparaba para enfrentarse a un adversario poco convencional.

El rival era un T800, un robot humanoide de 1,83 metros, 85 kg de peso y fabricado con una aleación de titanio y aluminio de calidad aeroespacial por la empresa china EngineAI. Debajo de su apariencia, deliberadamente inspirada en Terminator, había una maquinaria capaz de desarrollar hasta 450 Nm de torque en sus articulaciones, y ejecutar movimientos tan exigentes como correr, saltar o lanzar patadas voladoras con una velocidad y agilidad asombrosas.

Para hacer frente a la fuerza mecánica del T800, LaPenna entró al octógono con un equipo de protección corporal mucho más robusto que el de un peleador tradicional de MMA, cubriendo su torso, hombros y brazos con una armadura de placas rígidas similar a la que utilizan los corredores de motocross. Un casco cerrado resguardaba su cabeza y rostro de eventuales ataques directos, mientras que sus puños estaban protegidos por unos gruesos guantes de boxeo, no solo para amortiguar los golpes, sino sobre todo para evitar fracturas al chocar contra el rígido chasis del robot.

El influencer Frankie LaPenna enfrenta a un robot humanoide 

El enfrentamiento, difundido en redes sociales, mostró a un LaPenna que inició el combate con cautela, tanteando a un adversario que, al menos durante los primeros segundos, parecía más torpe que amenazante. Logró conectar varios golpes, pero impactar contra una estructura metálica resultó ser, previsiblemente, bastante menos efectivo que hacerlo contra otro ser humano. El robot avanzó, inmutable, y acertó una patada sobre el hombro izquierdo de LaPenna que lo arrojó contra uno de los paneles de acrílico de la jaula.

Tras algunos intercambios más entre ambos retadores, una serie de patadas sólidamente ubicadas dejó al influencer en el piso y la pelea se detuvo, con una mano que, según él mismo publicó poco después en sus redes, se había fracturado tras haber golpeado la carcasa metálica. La empresa organizadora, Robot Entertainment Kombat (REK), sin embargo asegura que LaPenna se recuperó y terminó arrancándole la cabeza al androide, algo que las imágenes no muestran.

Pero hubo un detalle, tal vez el más importante, que tampoco se vio durante el combate, y es que el T800 no estaba decidiendo por sí mismo cuándo atacar ni qué golpe lanzar. Detrás del telón, una persona vestida con un traje repleto de sensores y unos lentes de realidad virtual controlaba a distancia al humanoide, y cada patada y cada puñetazo era una réplica directa de sus propios movimientos. Lo único que gestionaba de forma independiente el software interno del robot era el mantenimiento del equilibrio y el control del cuerpo, corrigiendo la posición de los pies para no perder el balance al dar o recibir un impacto.

Un robot camina hacia el ring antes de enfrentarse a otro humanoide en China 

Eso hace que el combate sea menos parecido a una pelea contra una inteligencia artificial de lo que sugieren los videos virales, pero no por eso resulta menos interesante. Lo que pasó en San Francisco, además, forma parte de un fenómeno mucho más amplio, donde, en apenas unos meses, los robots humanoides comenzaron a correr carreras, jugar al fútbol y, sobre todo en China, subirse cada vez con mayor frecuencia a un ring para golpearse entre ellos.

Un día después de aquella pelea y del otro lado del Océano Pacífico, otros T800 volvieron a subirse a un cuadrilátero. Fue en Shanghái, durante una fecha de la Ultimate Robot Knock-out Legend (URKL), una competencia creada por EngineAI en la que distintos equipos enfrentan sus algoritmos de IA utilizando exactamente el mismo modelo de robot. Lo que cambia de un equipo a otro es el software encargado del movimiento, el equilibrio, la percepción del entorno y la estrategia de combate.

A diferencia de lo sucedido en San Francisco, según los organizadores, los robots ya no dependían de una persona que reprodujera cada golpe desde afuera del ring. En este caso, los T800 podían localizar por sí mismos la posición de su adversario, seguir su desplazamiento, anticipar sus movimientos y reaccionar, según cada situación, con un ataque o una finta defensiva. Algunas técnicas, como combinaciones de movimientos, patadas o golpes con las rodillas, estaban precargadas en bibliotecas, pero la decisión de cuándo y cómo aplicarlas formaba parte del sistema autónomo de combate.

Los movimientos, muchas veces torpes y a destiempo, y las frecuentes caídas y tropiezos hacen que el resultado todavía siga muy lejos de parecerse a una pelea entre atletas humanos, pero el espectáculo, un poco por la novedad y otro tanto por el componente de distopía cyberpunk, termina siendo bastante entretenido. En uno de los combates, un T800 continuó peleando incluso después de perder por completo la cabeza, mientras que en otros momentos, los robots aplicaron giros acrobáticos y maniobras propias de Bruce Lee para volver a ponerse de pie después de caer.

A simple vista, todo eso puede parecer apenas una versión futurista del boxeo, aunque para quienes desarrollan estos robots, cada golpe tiene otro valor. Porque una simulación puede enseñar a un humanoide a golpear y esquivar, pero el entorno virtual y el mundo real, con motores que no responden siempre de la misma manera, golpes imprevistos y un oponente que modifica constantemente la situación, son algo completamente distinto. Esa diferencia es lo que los investigadores llaman sim-to-real gap, la brecha entre la virtualidad y la realidad, y cuanto más dinámico e imprevisible es el entorno, más difícil resulta cerrarla.

Cada golpe y cada caída ayudan a perfeccionar a los humanoides del futuro 

Y pocas situaciones son tan dinámicas como una pelea, donde un impacto puede desplazar el centro de gravedad del robot, mover el punto de apoyo de uno de sus pies o modificar, en una fracción de segundo, la posición relativa de su cuerpo frente al rival. El sistema tiene que detectar e interpretar los cambios de estabilidad, decidir cómo compensarlo y aplicar una respuesta antes de que llegue el siguiente ataque.

Cada uno de estos incidentes genera datos sobre cómo se comporta el robot fuera de las condiciones controladas en las que fue entrenado, ya que surge de interacciones muy difíciles de anticipar por completo en un laboratorio. No porque sea imposible reproducir un golpe o una caída, sino porque en un combate todas estas variables aparecen combinadas y en permanente movimiento, lo que obliga al sistema a responder sobre la marcha.

La pelea de robots no deja de ser un espectáculo singular, una versión sofisticada de “Titanes en el Ring” con algo de circo romano. Pero detrás del show hay un objetivo que va mucho más allá de la venta de entradas, y aunque hoy ya no estén “La Momia”, el “Ancho” Peucelle ni “El Caballero Rojo”, aquel espíritu sigue vivo en androides con apodos tan pintorescos como “Matador” y “Águila Blanca”. El ring funciona entonces como un banco de pruebas para la próxima generación de humanoides, robots capaces de desenvolverse en entornos donde casi nada ocurre exactamente como estaba previsto. Y quizás lo más valioso que se lleven de cada combate no sea cómo pegar, sino cómo volver a ponerse de pie.