Esta última semana, al menos tres robots distintos rompieron el récord humano de Usain Bolt de 9,58 segundos en los 100 metros llanos. Durante las primeras pruebas, Tiangong Ultra, desarrollado por el Centro de Innovación de Robots Humanoides de Beijing, hizo 9,39 segundos y el robot Shandian (“rayo”), del fabricante chino Honor, terminó en 9,47. Después aparecieron registros aún más rápidos, y el miércoles, Tiangong Ultra volvió a recortar su tiempo hasta unos sorprendentemente veloces 8,64 segundos.

Ese fue apenas uno de los tantos momentos que dejaron los segundos Juegos Mundiales de Robots Humanoides, que terminaron el miércoles en Beijing después de cinco días de carreras de todo tipo, partidos de fútbol y pruebas de destreza que reunieron a más de dos mil máquinas de dieciséis países. El espectáculo, sin duda muy entretenido de ver, tuvo un aire de Olimpíada y otro tanto de vidriera industrial en la que mostrarle al mundo hasta dónde llegan las habilidades de los robots que China y otros vienen construyendo desde hace años.

 Tiangong Ultra cruza la meta por delante de Lightning, de Honor, en la final de los 100 metros 
Tiangong Ultra cruza la meta por delante de Lightning, de Honor, en la final de los 100 metros 

Pero detrás de los sprints, los saltos verticales de casi tres metros o ver a los robots compitiendo en pruebas basadas en escenarios reales, como conectar cables o manipular piezas industriales, está ocurriendo algo más importante. Estos androides empiezan a salir de las exhibiciones para entrar en fábricas y depósitos, donde ya realizan algunas tareas que hasta hace muy poco dependían exclusivamente de trabajadores humanos. Sí, el parecido con la revolución impulsada por la inteligencia artificial generativa no es una casualidad, sino parte de una misma transformación tecnológica que ahora empieza a obtener su propio cuerpo.

Si los grandes modelos de lenguaje como ChatGPT o Claude le dieron a las computadoras la capacidad de interpretar lo que les decimos, responder en lenguaje natural y tomar ciertas decisiones, esta nueva era de la robótica busca llevar esas capacidades fuera de la pantalla y convertirlas en acciones sobre el mundo físico. Es lo que la industria viene llamando “inteligencia artificial encarnada”, o embodied AI, sistemas con un cuerpo físico capaces no solo de procesar información, sino también de percibir, desplazarse y manipular objetos en un entorno tridimensional en tiempo real.

Pero casi al mismo tiempo que Beijing se llenaba de robots demostrando sus habilidades, la ciudad era sede de otro evento bastante menos colorido, pero probablemente más importante para entender hacia dónde va esta tecnología. La World Robot Conference 2026, que terminó el domingo pasado, reunió a casi 400 empresas que exhibieron sistemas pensados para una variedad cada vez más amplia de usos, desde manufactura y logística hasta salud, cuidado de personas mayores y respuesta ante emergencias.

Una visitante observa sorprendida a un robot humanoide en la World Robot Conference 2026 
Una visitante observa sorprendida a un robot humanoide en la World Robot Conference 2026 

Hubo incluso una jornada dedicada específicamente a compradores y proveedores, una señal bastante clara de que el objetivo ya no es solamente demostrar qué pueden hacer estas máquinas, sino encontrar quién está dispuesto a utilizarlas. Hay un dato que ayuda a poner en perspectiva la dimensión que ya alcanzó la industria china: durante la primera mitad de 2026, el gigante asiático despachó más de 40.000 robots humanoides, nada menos que el 97% del total mundial. Para comparar, en todo 2025 había colocado alrededor de 14.400, con una participación global de cerca del 85%. Detrás de las piruetas, las carreras y las demostraciones cuidadosamente preparadas, hay un país que, al menos por el momento, concentra prácticamente toda la producción que está llegando al mercado.

Esta incipiente posición dominante no se materializó de la nada, sino que obedece a una estrategia cuidadosamente trazada desde el corazón del Estado. En 2023, cuando buena parte de los humanoides estaban más cerca de los videos promocionales que de un producto industrial viable, el gobierno chino presentó un plan específico para acelerar su desarrollo. Entre sus metas estaba alcanzar la producción en serie para 2025 y conseguir que, para 2027, la industria nacional se ubicara entre las más avanzadas del mundo, con una cadena de suministro propia y empresas capaces de competir internacionalmente. Tres años después, aquel objetivo empieza a resultar bastante menos lejano y mucho más palpable, al punto de que 1.975 de los 2.056 robots que participaron en los World Humanoid Games eran locales.

Una de las ventajas de estos robots es, naturalmente, el precio. Mientras muchos de los proyectos estadounidenses más conocidos, como Optimus de Tesla, Apollo de Apptronik o Figure todavía no se venden al público y permanecen en distintas etapas de prueba o despliegue industrial, algunas empresas chinas ya ofrecen humanoides completos por valores que hasta hace poco parecían imposibles. Unitree, por ejemplo, vende su modelo G1 por 13.500 dólares y este año fue todavía más lejos con el R1, un pequeño androide cuyo modelo más básico cuesta menos de 5.000 dólares.

Algunos de los principales fabricantes chinos de robots humanoides 
Algunos de los principales fabricantes chinos de robots humanoides 

Esto no significa, por supuesto, que por el precio de una moto hoy cualquiera pueda comprarse un empleado robótico capaz de cocinar, limpiar la casa o hacer el trabajo de una persona. El R1 mide apenas 1,20 metros y está pensado principalmente como plataforma educativa y de investigación, mientras que gran parte de los modelos más capaces continúan costando decenas de miles de dólares. Pero la tendencia muestra hasta qué punto China está consiguiendo abaratar una tecnología que recién está dando sus primeros pasos comerciales.

Esta importante diferencia de costos tiene su explicación en la enorme cadena de suministro que el país construyó alrededor de la industria automotriz, especialmente de los vehículos eléctricos. Motores, baterías, sensores, electrónica de potencia, rodamientos y componentes de precisión pueden adaptarse ahora a la fabricación de humanoides con una ventaja difícil de replicar desde cero, porque no alcanza con diseñar un buen robot, sino con contar con una infraestructura capaz de producir sus componentes de manera barata y en volúmenes enormes.

Ahí aparece una de las diferencias más importantes con Estados Unidos, qu. sigue teniendo algunos de los proyectos más ambiciosos del sector y una ventaja considerable en inteligencia artificial y capacidad de cómputo. Sin embargo, llevar un robot desde la mesa de diseño hasta una línea de producción exige algo más que prototipos prometedores e inyecciones de capital. Son necesarias miles de piezas específicas, proveedores especializados, capacidad de ensamblaje y una cadena industrial sumamente aceitada, un terreno al que China llega con una ventaja acumulada durante años.

De cualquier manera, sería un error confundir esta indiscutible aceleración del sector con la llegada definitiva del trabajador humanoide, por más impresionantes que resulten las carreras a toda velocidad o las demostraciones en fábricas. Estos robots todavía tienen dificultades para hacer de manera autónoma y confiable tareas que para una persona son triviales, especialmente cuando tienen que enfrentarse a escenarios cambiantes, objetos en lugares inesperados o situaciones que no estaban previstas de antemano. Incluso Wang Xingxing, fundador de Unitree, puso esta semana un horizonte bastante amplio para ese salto y estimó que podrían pasar entre dos y diez años antes de que los androides alcancen un nivel de versatilidad suficiente como para desenvolverse con soltura en el mundo real.

Un robot aprende a soldar como parte de su entrenamiento para tareas industriales 
Un robot aprende a soldar como parte de su entrenamiento para tareas industriales 

Cuando ese momento llegue, China podría encontrarse en una posición muy distinta a la del resto, no solamente por haber aprendido a fabricar estos robots antes y en mayor cantidad, sino porque ya está construyendo alrededor de ellos la infraestructura industrial necesaria para producirlos a una escala y un costo difíciles de igualar. Ese despliegue también puede terminar respondiendo a algo que va más allá de la eficiencia, ante una caída de la natalidad que está modificando la pirámide demográfica de buena parte del planeta.

Visto de esta manera, los humanoides dejan de aparecer solo como una amenaza para determinados empleos y empiezan a funcionar también como una posible respuesta a puestos para los que, sencillamente, podría no haber suficientes personas. Tal vez por eso, más importante que verlos correr cada vez más rápido sea prestar atención a la velocidad con la que están aprendiendo a trabajar.