Atlanta, Estados Unidos, enviada especial de Rosario3.– La previa se sentía en el aire como electricidad estática. Un Argentina-Inglaterra no es, ni será jamás, un partido más. Es un choque cargado de fantasmas, de orgullo y de una rivalidad que excede por completo los límites del césped. En las tribunas, la paridad era absoluta: un 50 y 50 literal que tiñó el estadio de un duelo ensordecedor de canciones, banderas y gargantas apretadas.
Esa paridad del inicio se trasladó de inmediato al campo de juego. Pero antes de que rodara la pelota, hubo un momento que suspendió el tiempo: el himno argentino. No se cantó; se gritó con las vísceras. Fue, sin temor a la exageración, uno de los himnos más potentes y conmovedores de la historia de los Mundiales. Miles de argentinos, que hicieron un esfuerzo económico descomunal para estar presentes en un Mundial carísimo, descargaron en esas estrofas toda la pasión y la angustia acumulada.
Diez minutos de puro milagro y desahogo
El desarrollo del partido fue un parto. Hay que decirlo con honestidad brutal: Argentina sufrió, jugó mal y por momentos no mereció el destino que terminó encontrando. Inglaterra se plantó mejor, bloqueó los caminos y golpeó primero, sumergiendo al equipo en la desesperación. El juego asociado no aparecía y el reloj se convertía en el peor enemigo de un hincha que miraba la cancha con el corazón en la boca.
Pero este equipo tiene un pacto con el fuego. Cuando la frustración empezaba a ganarle a la esperanza, la mística hizo su trabajo.
La ráfaga. En una ráfaga furiosa de apenas diez minutos, la Selección sacó el amor propio, ajustó las piezas a pura garra y lo dio vuelta con más corazón que fútbol táctico.
El desahogo. El pitazo final desató una locura contenida, un llanto de desahogo colectivo de una tribuna que necesitaba que tanto esfuerzo valiera la pena.
La presencia invisible
En la previa y en el delirio del post partido, hubo un nombre que flotó en el ambiente de manera constante: Diego Armando Maradona. Estuvo en las banderas, en las camisetas y en el ruego desesperado de los hinchas cuando el partido parecía perdido.
Antes de arrancar, se le pedía una mano; consumada la hazaña, todos miraban al cielo agradeciendo su complicidad. Como bien dice el nuevo mantra popular, la victoria se construyó de memoria: "Por Malvinas, por el Diego, por la última de Leo".
Ayer miércoles, más que nunca, el Diego jugó de nuestro lado.
Argentina está otra vez donde pertenece, en el partido definitivo. Se sufrió, se jugó con los dientes apretados, pero el sueño sigue más vivo que nunca.



