Hernán Mendoza, Diego Angelini, Alejandro Pagnucco, Ariel Erlij y Hernán Ferruchi. Los rostros de los adolescentes apilados en un aula del Politécnico nos identifican. Todos, en distintos lugares lucíamos parecidos. Los ojos de esos jóvenes desafiando la cámara y su pretendido capricho de dejar en el pasado nuestros envión hacia los sueños. El futuro, lo que vendrá. Los planes y sobre todo el deseo. En el Poli, lo intuíamos quienes los veíamos deambular desde lejos, iban más allá: “nada nunca será imposible”. 

El 31 de octubre de 2017, Sayfullo Saipov, un uzbeko nacido en Taskent, capital de Uzbekistán, militante de Isis de 29 años con green card americana, los atropelló en nombre de lo grande que era su Dios. Hacía siete años que había llegado a Estados Unidos. Residía en Paterson, Nueva Jersey y estaba casado con una mujer usbeka con quien tenía tres hijos. Inspirado en la propaganda de ISIS cometió el atentado en nombre de esa organización. 

De izquierda a derecha: Hernan Ferrucci, Hernan Mendoza, Diego Angelini, Ariel Erlig y Alejandro Pagnucco.
De izquierda a derecha: Hernan Ferrucci, Hernan Mendoza, Diego Angelini, Ariel Erlig y Alejandro Pagnucco.

La foto en blanco y negro del poli de los chicos riendo explica la otra, la del aeropuerto. Ya veteranos con una remera blanca con la inscripción Libre. No se les veían sus alas, pero esos hombre sí que las desplegaban. Aquel 28 de octubre de 2017, se sintieron nuevamente como en aquellas aulas del colegio. Imparables.

 Antes del viaje en el aeropuerto.
Antes del viaje en el aeropuerto. 

Tres días después de esa última foto, cinco de ellos murieron atropellados por Saipov. El terrorista lo había planeado en detalle. Había entrenado el recorrido, alquilado el vehículo para acelerarlo por la ciclovía de west side en Halloween (fecha tradicional americana) porque esperaba mucha gente allí. 

Saipov gritó Allahu Akbar —«Dios es grande»— después del atentado. La Justicia estadounidense acreditó que actuó inspirado por ISIS, organización yihadista que reivindicaba una interpretación extremista y violenta del islam. 

En el juicio el atacante declaró que había respondido a los llamados de los dirigentes de Estado Islámico. Y a pesar de los lamentos de sus familiares se mostró satisfecho por lo que había hecho. ISIS posteriormente lo reivindicó como uno de sus combatientes. 

El asesino Sayfullo Saipov.
El asesino Sayfullo Saipov.

Ayer, a 9 años del atentado, en el bosque de los cipreses en el parque de la arenera de Rosario, los familiares de las víctimas y también algunos sobrevivientes homenajearon a esos chicos, que ya mayores, murieron reivindicando su amistad. 

“Es muy raro porque uno se levanta con la sensación de que ya no está, de que ya pasaron nueve años. Y se pone a pensar todas las cosas que pasaron durante ese tiempo”, dijo ayer telefónicamente Alejandra Sosa, viuda de Alejandro Pagnuco, una de los asesinados por Saipov. 

“Y digo, tantas cosas que pensé que no sabía que tenía, una fortaleza interna para reconstruir todo otra vez después de tanto odio. Y se aprende día a día. Ayer me levanté con mate en mano y recorriendo el jardín y acordándome de cada rinconcito donde estaba él, con una planta, con cosas de la casa”, agregó. 

Los veteranos polipibes fallecidos en Nueva York planearon un viaje en 2017 para celebrarse y encontraron en ese gesto la respuesta que el terrorismo, y su oscura humanidad, tiene para la belleza y la amistad: la muerte. En nombre de Alá, un terrorista musulmán uzbeco, agarró el camión, aceleró a una bicisenda de Nueva York, un lugar hermoso para transitarlo en bicicleta, y los atropelló. 

Al terrorismo no le agrada nada la felicidad del mundo occidental. Y da lecciones de combate para eso. Muchos creen, con el decálogo de esas enseñanzas, que la muerte es una ceremonia que hay que encumbrar y matar es un parte de ese compromiso. 

–En el juicio tuvieron la posibilidad de estar con el asesino ¿Como les fue con eso?

Te confieso que me dio mucha pena ¿por qué una persona puede tener tanto odio? Vi a los padres de él, a su madre, llorando desconsoladamente, y estaba también su hija chiquita, y me dio mucha lástima ¿Por qué puede haber gente con tanta bronca y con tanta maldad? ¿Por qué destruyen cosas tan lindas por creer en no sé en qué? ¿Qué le pasó por la cabeza? No me dio ganas de ir y pegarle e insultarlo, porque tuvimos esa posibilidad y no lo hice. Lo único que le dije fue que, si él quería que sus padres y que sus familiares sientan orgullo, ahí los tenía al lado llorando, y lo que menos sentían sus padres era orgullo por esa persona. Sentí que se había transformado en nadie, que estaba ahí arrojado, que era un pobre tipo.

El Politécnico claramente no era sólo el taburete o la prestigiosa exigencia académica, era como en casi todos los colegios de ese tiempo, también mirarse a los ojos y lograr la complicidad en esa mirada que perduraría toda la vida. El Polipibe, como se le dice, establecía vínculos de generación en generación, los que fueron graduados en los setenta, ochenta, incluso antes o después. 

“El colegio era su iglesia. Sí, era su templo”, dijo Alejandra Sosa, la viuda de Alejandro Pagnucci. “Es más, así buscando cosas y papeles encontré un papelito viejo, marrón, de color bien oscuro, y cuando lo leo era una lista de todos los chicos del Politécnico con una nota, un puntaje académico. Recordé que él me contó que se la habían sacado al profesor, y se la guardaron porque no sé quién no había aprobado esa materia. Travesuras de aquel tiempo. Pero es una cosa muy loca, pasaron casi tantos años ya, y encontrar esos testimonios. Todos hablaban muy bien de cada rincón de la escuela, siempre”. 

Cuando ocurrió el atentado de Nueva York, el 31 de octubre de 2017, ISIS llevaba cuatro años y medio utilizando ese nombre. Si bien para entonces ya había perdido buena parte de sus territorios en Irak y Siria continuaba inspirando atentados en Occidente con varios ejes centrales de propaganda.

Arengaba la división del mundo entre creyentes y enemigos con una visión radicalmente binaria: quienes aceptaban su doctrina y quienes debían ser combatidos. Presentaba el asesinato de sus enemigos y la muerte de sus propios combatientes como actos de trascendencia religiosa tergiversando conceptos religiosos islámicos. Convocaba a cometer atentados individuales alentando a quienes vivían fuera de sus territorios a realizar ataques sin necesidad de integrarse a una célula terrorista. Utilizaba el miedo como herramienta de comunicación. Buscaba aterrorizar a sus adversarios, captar seguidores y multiplicar el impacto psicológico de sus crímenes. 

ISIS difundió propaganda que alentaba expresamente los ataques individuales con vehículos contra civiles. Según la justicia en el momento del proceso contra Saipov, el atentado de Nueva York de 2017 respondió a esa modalidad de violencia. 

La muerte fue para Hernán Mendoza, Diego Angelini, Alejandro Pagnucco, Ariel Erlij y Hernán Ferruchi. Nueve años después del crimen, los familiares de las víctimas conviven con sensaciones tumultuosas, dolor, ganas de seguir, recuerdos felices y una invocación permanente a la sanación del dolor. 

Alejandra Sosa recordó el momento de la valija. Armar las valijas para el viaje a Nueva York con sus amigos de la escuela. “¿Qué mujer no le prepara la valija al hombre? En esa estaba yo preparando las cosas cuando Ale me dice ¿por ahí no habrá alguna peluca, algún disfraz, algo para Halloween? Y entonces fui y busqué, le preparé una bolsita como un nene para que el 31 salga disfrazado allá en Nueva York. En el juicio que tuvimos se lo comenté a los otros muchachos y uno de los amigos me dijo que recordaba. Ale, tenés razón, vos sabes que Alejandro sacó una bolsita y dijo, mirá lo que traje para el 31. Era así, constantemente generando cosas para que los amigos se rían o estén contentos”. 

De que se habrían disfrazado la noche que no pudieron vivir porque en nombre de un Dios, o de un gobierno de violencia, alguien decidió lo contrario. Cinco amigos murieron y se transformaron sin quererlo en un símbolo. Serán los cipreses del parque de su ciudad, su vida, su fresca sombra, su bailoteo con el viento del Paraná. Los amigos que pedirán en su eternidad que el amor venza al odio.