El periodista y músico rosarino Diego Giordano lanzó el último agosto el libro Arquitectura moderna, un minucioso trabajo documental editado por Vademécum que registra la génesis de Fricción –con sus tres formaciones– y la grabación de su primer disco, Consumación o consumo, al vez que ofrece un retrato coral de la escena musical de los 80 en Argentina.

El texto busca saldar una deuda en la bibliografía del rock argentino, con el foco puesto en la figura del guitarrista, cantante y compositor Richard Coleman, y su lugar en la configuración sonora del post punk nacional.

Si bien Arquitectura moderna –que toma el título de una de las canciones de la placa debut de Fricción, lanzada en 1986– se inscribe en el apartado “registro biográfico de un grupo y su obra”, la escritura de Giordano despliega una narración más cercana a la genalogía musical que al “cuento” o a la “impresión personal”. 

“Es un libro exhaustivo y sintético”, sostuvo el autor, en la entrevista con Rosario3.

El punto de partida es la convicción artística de Coleman y un grupo de jóvenes que, a principios de los años 80, buscaban despegarse del jazz rock y el rock sinfónico para abrazar “la modernidad, la sofisticación y el minimalismo”.

En la extensión de cinco capítulos y una coda, el también licenciado en Letras (UNR), fundador de la revista Riel y ex coordinador de las ediciones discográficas de la Editorial Municipal de Rosario, reúne –entre declaraciones para el libro y material de archivo– testimonios de Celsa Mel Gowland, Christian Basso, Fernando Samalea, Gonzo Palacios, Daniel Ávila, Daniel Castro, Roly Ureta y Mario Breuer, entre otros nombres, además de la voz del propio Richard Coleman.

Nadie había escrito un libro sobre Fricción y eso me pareció una locura, porque es un grupo muy importante para el rock de los 80. El libro nace de esa carencia"

Diego Giordano presenta Arquitectura moderna. La historia de Consumación o consumo, el primer álbum de Fricción, este jueves, a las 19, en el Centro Cultural Contraviento (Rodríguez 729) junto a las periodistas Carolina Taffoni y Lucía Rodríguez. La entrada es gratuita, con capacidad limitada.

—¿Cuál fue la idea fundante del libro?
Nadie había escrito un libro sobre Fricción y eso me pareció una locura, porque es un grupo muy importante para el rock de los 80. Si bien yo conocía la historia de grupo, de sus distintas formaciones y de su origen, me faltaba data. El libro nace de esa carencia, de no encontrar información al respecto. Lo charlé con Roque Di Pietro, el editor de Vademécum, y él también consideraba un despropósito que no hubiera un solo libro dedicado a la historia de Fricción o alguno de sus discos.

—Si bien el libro incluye al segundo disco, Para terminar, ¿por qué te centraste puntualmente en el primero?
—Aunque Para terminar está entre los 10 mejores discos de los 80, seguro, su historia es cortita. Entre que la tercera formación de Fricción se arma y el grupo graba el disco, pasan alrededor de cuatro o cinco meses. En cambio, para contar la historia de Consumación o consumo, yo tenía que irme a un lugar muy puntual de la vida de Richard Coleman, que es el momento en el cual él decide dejar atrás el jazz rock y volverse, por llamarlo así, «moderno». A eso le pongo fecha en el libro y es cuando Richard manda un aviso a la revista El Expreso Imaginario «buscando un tecladista que haga algo techno y que escuche Ultrabox y Bowie». Me parece una película que la persona que leyó ese aviso fue Daniel Melero.

Consumación o consumo me parece un gran disco que quedó un poco opacado porque su sucesor, Para terminar, es extraordinario"

A partir de ese encuentro entre Coleman y Melero es que el primero conoce al guitarrista Ulises Butrón, se suma a Metrópoli, pasa por Soda Stereo y conforma con Gustavo Cerati "un proyecto de experimentación”, enumera el entrevistado.

“Había ahí un relato de origen que era muy atrapante y extraordinario. Todo eso me parecía una película, además de que Consumación o consumo es un gran disco que quedó un poco opacado porque su sucesor es extraordinario. El título del libro, Arquitectura moderna, resume un poco todo eso”.

—En todo el proceso de investigación y recuperación de testimonios, ¿hubo algo que te haya llamado la atención particularmente?
—La juventud de todas las personas involucradas en el proceso. Eran realmente muy jóvenes y tenían la claridad para apuntar a una música más moderna y sofisticada, pero minimalista, que no tuviera el exhibicionismo instrumental del jazz rock o el sinfónico. Pero no dijeron «eso es una porquería». Este grupo de jóvenes admiraba a Charly García y a Luis Alberto Spinetta. De hecho, Coleman era fanático de Pescado Rabioso y grabó “Post-crucifixión” en el primer disco de Los Siete Delfines. Entonces, me parece que, siendo muy chicos, a la vez tenían una gran madurez para poder leer la época sin renegar de la herencia.

Eran realmente muy jóvenes y tenían la claridad para apuntar a una música más moderna y sofisticada, pero minimalista (…) Una gran madurez para poder leer la época sin renegar de la herencia"

—En el libro, mencionás a Virus y usás una cita de Federico Moura, que era mayor, moderno y sofisticado. ¿Qué rol jugó la banda de La Plata en esa escena post punk/new wave y la búsqueda que mencionás?
—Virus es el primer grupo moderno de la Argentina. Tienen la fórmula de sofisticación y minimalismo a la que hay que sumarle el sarcasmo y el humor en las letras, algo que en el rock argentino estaba prácticamente prohibido. Sin Virus, el éxito de grupos como Soda Stereo es impensable.

—A partir de la investigación, ¿qué aspectos distintivos encontraste en Coleman? 
—Como ya mencioné, lo que me más me llamó la atención fue lo claro que tenía su objetivo musical desde muy joven. Eso tiene que ver con encontrarse con Ulises Butrón y Gustavo Cerati, porque ellos tres, como guitarristas, no querían repetir lo que veían en tipos que habían sido sus ídolos, como David León. Buscaban una forma de tocar la guitarra más orientada hacia el ritmo, la textura y los timbres (...) Richard tiene un lugar muy insular en el rock argentino y siempre tuvo una postura anti industria, anti mercado. Fijate que, cuando él desarma Fricción y arma Los Siete Delfines llama a Gamexane, que era el guitarrista de Todos Tus Muertos. Es decir, no estamos en presencia de un tipo que quería pegarla sino de alguien que quería hacer la música que quería. Y punto. Si detrás de eso venía algún tipo de éxito, mejor. Ya en Para terminar se puede ver un salto compositivo impactante. Esa búsqueda del sonido, la estética, la forma de tocar la guitarra, continuaron.

—En la contratapa, el libro se hace eco del lugar bastante extendido de pensar a Fricción como “el grupo que podría haber sido”. ¿Esa postura insular mancó las posibilidades de la banda?
—Hay una conjunción de factores para que no haya sido un grupo masivo. Primero, las características de la propuesta. Fricción no era un grupo pensado para la masividad. Era una música nocturna, más ligada al rock gótico. En el primer disco, salvo una o dos, no encontrás canciones con pasta de hits. También la personalidad de Richard Coleman en el escenario. No quiero hablar de carisma, porque lo tiene, sino de eso que derrochaba Gustavo Cerati con el público. Y por último, una cuota de mala suerte porque Para terminar se editó en 1988 y en el 89, se desató la crisis de hiperinflación. Todas las compañía. mandaron al tacho los contratos que habían firmado con las bandas emergentes y privilegiaron los que tenían con los artistas más vendedores. Acá, en Rosario, les pasó a Identikit, Graffiti, Certamente Roma y Punto G. Coleman en un artista super valioso. Para mí, es un capo total.