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La ciudad de “Un caballo rojo” no es la suma de las actas policiales que informan sobre balaceras, sino los estruendos que llegan al departamento de una chica que está sola de noche y que después le cuenta a un amigo el silencio posterior: un vacío que sólo puede anunciar cómo un alma se va de un cuerpo. La ciudad no es la cifra total de infectados en una pandemia larga, es el pibe que entra al bar y pregunta, tímido, si puede sacarse el barbijo antes de ser discriminado por morocho. Tampoco conforman esta ciudad los dirigentes, los empresarios, ni siquiera los capos del delito; sí Alacrán, el hincha salaíto que no es ni músico ni poeta pero casi, el grandote Oscar que se lanza al delirio del amor como un Don Quijote de cartelerías descartadas, y las dos vendedoras de flores del cementerio El Salvador que saben tanto de la vida como de la muerte.
La Rosario que el periodista y escritor Santiago Beretta describe en su libro de crónicas (UNR Editora), que presentará este viernes a la noche, es un desfile de personajes, de rincones y de aventuras cargadas de una nostalgia rara. Un poco triste y un poco alegre, como la sonrisa de un borracho. No es tanto la nostalgia de recordar lo perdido sino registrar el presente que se diluye, el momento en que las cosas dejan de ser. Los 18 textos van del año 2019 al 2024, justo en un tiempo marcado por la peste global y el pico de violencia y homicidios en las calles. Una secuencia que nos marcó y nos cambió.
"Las crónicas fueron escritas sobre todo en el 21, el 22 y el 23. La idea era contar un lugar en un tiempo. Aparece la respiración de la vida de la post pandemia, donde algo había cambiado porque uno no sale igual de una experiencia así, supongo, como comunidad e individualmente tampoco. Es un cambio que quisimos sacarnos de encima, no procesarlo, como a los ponchazos", dice el autor a Rosario3.
Después del diagnóstico, Santiago pone la lupa en las pequeñas mutaciones: “Hay detalles que se modificaron. Antes se usaba muchísimo más el efectivo y ahora se paga con el celular. Me refiero no solo al uso del dinero, sino a cómo fueron ganando en protagonismo y en volumen en la vida de todos los días las redes sociales. Los taxis que antes los tomabas en la calle y el azar intervenía, ahora con Uber lo pedís desde tu casa. Las aplicaciones, que son el mismo combo, dan otra manera de vivir los tiempos. Hacen todo más efectivo o seguro pero te sacan de lo que puede pasar imprevistamente, de la casualidad o de estar un ratito sin rumbo, y eso también es la construcción de la vida”.
El cronista suma a ese desplazamiento de prácticas algunos negocios que fueron cerrando y agrega: "Son cambios que todavía no logro procesar y creo que el conjunto de esta comunidad tampoco. Nos dejó con tiempos más acelerados, con una vida mucho más virtualizada y más lejos de la calle, de los lugares comunes, de encuentro colectivo. Me parece que es algo que, de a poco, vamos volviendo a habitar".
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Santiago Beretta, rosarino de 1989, dirigió diez años la revista Apología, colaboró en distintos medios de la ciudad, compiló "¿Qué nos arrastra hacia un mismo lugar?", el libro de los hinchas de Argentino de Rosario, y publicó su novela "Oficina de Investigación Existencial" (Casagrande, 2024).
En el prólogo de “Un caballo rojo”, Marco Mizzi lo presenta como parte de un "periodismo callejero" que no busca lo urgente ni la denuncia sino "lo que decanta después de la tormenta".
Eso puede ser una larga entrevista grabada, un recuerdo o el grito de una hinchada en una cancha de fútbol del ascenso profundo que lleva el apodo de "rosarinos comegatos" hacia un terreno más lesivo: "Rosarinos matapibes".
El autor es un cronista presente. Lo escuchamos dudar, arrojarse, autocelebrarse y reírse de sí mismo; crecer. Es un arqueólogo de bares extintos, un antropólogo de delirantes charlatanes, el historiador de amores imposibles, pero siempre es, aunque quizás se quiera correr de esa etiqueta para buscar otras nuevas, un periodista que escucha y registra paciente el eco de un pulso que se agota.
“Este es un libro de crónicas que se puede pensar como un laburo de oficio periodístico pero también literario, hay una tradición estética que se piensa así y que también está presente en novelas, cuentos o en poesías que me han maravillado desde chico”, define.
Como narrador, tiene una mirada irónica sobre la pretensión de querer explicarlo todo: “Estamos en un momento de transición, que no terminamos de entender qué nos pasa, y desde el periodismo o el análisis político o las ciencias sociales se tiran muchas postas o se sentencian cosas. Yo lo que digo es: «Voy a narrar la vida cotidiana de la gente y no le puedo contar nada al lector que no sepa». La materia prima de la vida es común a todos y una de las cosas que la componen es la palabra. El libro existe gracias a las conversaciones que fui teniendo. Y conversar con alguien también es una forma de construir un espejo para mirarse a uno mismo, no solo para mirar al otro”.
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No siempre las charlas son potentes, ni todas las ruinas admirables. Algunos recorridos parecieran no tener un horizonte claro: zarpan decididos a navegar en una particular mezcla de intrascendencia trascendente. Como si el cronista buscara algo importante pero mirando para otro lado. Y de repente algo ocurre.
Dos vendedoras de flores del cementerio El Salvador cuentan su trabajo, los recovecos enigmáticos de sus clientes. Singularidades condenadas a extinguirse hasta que el libro las rescata de ese olvido seguro. Como los comentarios al pasar de la madre de Mónica Fein o las flores pintadas de rojo y negro para el entierro del exjefe de la barra de Newell’s Pimpi Caminos. Entre ese mural de anecdotarios, el autor encuentra. Aparece entre líneas algo así como una sabiduría, un secreto a compartir. Griselda, una de las señoras, habla del aumento de ventas durante la pandemia y del "calor del contacto humano ante el final de la vida". Relata el absurdo de un infarto o el choque de motos o un bebé que no llega a vivir y entonces suelta:
–Uno va con la muerte todo el tiempo. Excusas quiere la muerte para llevarte, hijo.
Otros capítulos podrían ser intercambiables, como si no fuesen crónicas ya publicadas con distintas fechas sino un solo gran texto. Una colección de "aventureros y fiesteros; fugitivos y distraídos". "Una fauna a la deriva que busca, en definitiva, lo que buscamos todos: dos días, cinco minutos, una noche... un momento de vida, algo que nos conmueva. Algo que podamos llevar dentro hasta el final de nuestros días".
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En el prólogo, Marco Mizzi alumbra una clave de las crónicas: "Jamás dicen esto pasó. Dicen esto escuché. Retratan la ciudad sin voluntad de sentencia. Claro, hay clase y hay conflicto. Pero se incorporan como experiencia, no como esencia".
Mizzi también se detiene en cómo trabaja el tono de los relatos y encuentra "la llave que habilita una luz cada vez más difícil de encender: la atención”.
Hay, en ese sentido, escenas que no se pueden abandonar. No porque van hacia un lugar en especial sino por todo lo contrario: por el enigma de descubrir hacia dónde se dirigen. Como en el bar de una estación de servicio en donde el grandote Oscar dice:
–No quiero hablar, en cuanto pienso lo que tengo para contarte me empiezo a volver loco, necesito mirar para adelante.
¿De qué se trata? ¿Sabremos más de esa confesión si seguimos leyendo? No importa tanto qué se revela, sino el viaje que propone. El lector, como el autor, terminará subido a la moto de Oscar en un recorrido extraño, sin saber cómo o por qué. "No es que le dije que sí, pero tampoco le dije que no", escribe Santiago.
Ahora, varios años después, repiensa ese momento: “Buscaba aventura, era joven y tenía 20 años. En ciertos márgenes o tomando cierto riesgos me sentía aventurero, pero siempre fui más escritor que aventurero. No quería la aventura del riesgo, quería la historia sobre la aventura del riesgo. Por eso me dediqué a escuchar y a contar, y no tanto a meterme en problemas”.
“Me doy cuenta ahora –reflexiona sobre el libro– que no voy a la reconstrucción de un hecho. No solo porque no hago periodismo de investigación sino porque me enamoran los relatos, la gente nombrándose a sí misma, la vida de los demás o la historia de un lugar”.
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La apuesta de anudar testimonios y azares presenta dilemas. Reproducir el delirio inchequeable de un fantasma de la noche, ¿es algo verídico, es contrastable, responde a lo real? Quizás el relato de un relato sea lo más cercano a la verdad que puede ofrecer un texto y no tanto los artificios para reconstruir un hecho objetivo del pasado. Santiago piensa sobre eso en voz alta: “Por eso dice el prologuista que hablo desde el «esto escuché», porque recojo lo que la gente está diciendo de la vida. El periodismo que hago entonces es existencial, lo que busca es sentir el latido existencial de la ciudad. Justamente en los relatos que pueden contener delirio, fantasía, exageración, tristeza o bronca está la clave para pensar existencialmente una comunidad”.
Y retoma sobre su rol: “Me siento cómodo dentro de la no ficción porque no creo que sea ficción recoger los relatos que andan dando vueltas por un lugar. Es lo que la gente habla en la calle, de alguna manera lo que hace a la realidad también, la trama discursiva de una realidad”.
La presentación
Este viernes 14 de agosto, a las 19, la UNR Editora presenta Un caballo rojo de Santiago Beretta en el Almacén El Trocadero, Santiago 989.
Acompañarán al autor Marco Mizzi, prologuista, y Victoria Herrmann. Habrá charla y brindis para celebrar el nuevo título de la colección Confingere.



