El consagrado actor Julio Chávez estrena en Rosario la versión teatral de La Ballena, obra que inspiró la película por la que Brendan Fraser ganó el Oscar. Bajo la dirección de Ricky Pashkus, la pieza llega al teatro Broadway los próximos 10, 11 y 12 de abril. Antes de las funciones, dialogó con Rosario3.

En La Ballena, Chávez interpreta a Charlie, un profesor de literatura con obesidad mórbida que atraviesa sus días recluido, acompañado por su amiga Ana y enfrentado a su propia historia. Cuando aparece Tomás, un joven religioso, decide reencontrarse con su hija Ellie tras ocho años de distancia.

—¿Por qué elegiste llevar adelante la versión teatral de La Ballena?
—Este proyecto me llegó de la mano de Ricky Pashkus mientras yo estaba haciendo Lo Sagrado. Él me trajo el material y, aunque había escuchado hablar de la película, no la había visto. Por suerte, todavía no la vi. Cuando me dijeron que existía la obra teatral original, la leí y me pareció estupenda. Primero, porque está muy bien escrita: articula de una manera muy sencilla y a la vez profunda aquello de lo que quiere hablar. Segundo, porque propone un hecho teatral muy atractivo. Charlie tiene obesidad mórbida y eso implicaba construir un traje, una ficción muy grande, una mentira teatral que en sí misma resulta un puntapié fascinante para un espectáculo. El teatro invita a construir una ficción con la voluntad del espectador. En este caso, la presentación inicial del traje y la prótesis está tan bien lograda que, cuando Charlie aparece en escena, realmente parece estar en esa situación física. Pero eso es apenas el comienzo. Ese impacto dura tres minutos; después empieza lo verdaderamente importante: contar qué le pasa a este ser humano.

La obra no se sostiene porque Charlie tenga obesidad mórbida, se sostiene porque expresa conflictos humanos universales.

—La apariencia de Charlie impacta, pero detrás hay un universo emocional enorme. ¿Cómo trabajaron en lograr ese equilibrio?
—La decisión que tomamos fue construir una mirada más empática que la de la película. En vez de poner a Charlie en un círculo aislado, como si fuera un caso muy particular, decidimos integrarlo a la manada humana, con los mismos problemas que compartimos todos los seres humanos. Sí, en principio tiene una situación física poco común, pero lo que le ocurre es profundamente universal. Charlie tiene problemas con su hija no por su morbidez, sino porque ser padre es difícil. Tiene una vida sexual complicada porque la sexualidad lo es para muchísimas personas. Como profesor, tiene contradicciones porque enseñar y aprender también es un espacio complejo. Nada de eso le sucede por su condición física. Le sucede porque es humano. Por eso, cuando nos advertían “ojo con discriminar”, yo decía: “Discriminar sería no involucrarlo en la condición humana”. A Charlie no lo ponemos afuera del conflicto; lo involucramos completamente. Ese es, justamente, el antídoto contra cualquier mirada discriminatoria.”

El actor Julio Chávez. 
El actor Julio Chávez. 

—Incluso podría pensarse que, más allá de la obesidad mórbida, la obra funcionaría igual si el personaje tuviera otro tipo de marca física o emocional…
—Totalmente. Muchas veces los seres humanos usamos nuestras circunstancias como excusa para evitar hacernos cargo de nuestras responsabilidades. Yo tenía un padre alemán que pasó la guerra. La guerra fue determinante en su vida, por supuesto, pero con frecuencia él la usaba para justificar comportamientos. Y yo le decía: “Papá, la guerra es fundamental, pero no te libera de los compromisos de ser humano”. Con Charlie, tomamos la misma decisión: que su condición física no sea el lugar donde él se refugia para excusarse ni donde el espectador lo coloca como excepción. La obra no se sostiene porque él tenga obesidad mórbida, se sostiene porque expresa conflictos humanos universales. En ese sentido, involucrarlo en la trama común de la vida es mucho más honesto que aislarlo detrás de una categoría.

—Decidiste no ver la película. ¿Fue para evitar condicionamientos?
—No la vi porque tuve una empatía muy fuerte con la obra teatral. Cuando un material te pregunta “¿cómo me vas a hacer?”, se establece casi una relación de pareja. Sentí que era el primer amante del material, que tenía el privilegio de encarar esa primera intimidad con la obra. No quise ver cómo “copulaba” con otras miradas, para decirlo de manera metafórica. Además, la película ya tiene su historia, sus premios, su Oscar… y todo eso se vuelve muy pesado a la hora de encarar tu propia versión. Yo quería construir una mirada inaugural, no condicionada por la resolución de otros. La curiosidad que tuve siempre fue por cómo íbamos a contar nosotros la historia, no por cómo lo habían hecho los demás”.

La Ballena es un espectáculo conmovedor –no doloroso–, hecho con elementos precisos, con respeto por el teatro y sin solemnidad.

—Vuelvo al punto de partida. En tu carrera, ¿qué es lo primero que te seduce de un proyecto?
—La obra, lo que hay que contar. Me pasó hace poco: acepté iniciar un proyecto y cuando lo releí con más calma me di cuenta de que el vínculo que yo creía tener con el material era una ilusión. Me había entusiasmado más con la gente que con la obra misma. Ahí me bajé, porque entendí que había leído el material “con ganas de que me guste”, como cuando salís del boliche queriendo que alguien te guste, y al día siguiente te das cuenta de que fue una equivocación. Para mí, el material es como la plaza del pueblo: el lugar donde todos nos vamos a encontrar a trabajar. Si ese lugar no me convoca de verdad, si no encuentro ahí responsabilidad y empatía, no tiene sentido encarar el proyecto. Cada actor tiene sus propios motivos, no existe una ética única para elegir. Lo importante es que cada uno se haga cargo de sus decisiones.

El actor Julio Chávez junto a la actriz Laura Oliva.
El actor Julio Chávez junto a la actriz Laura Oliva.

—¿Por qué hay que ver La Ballena?
—Porque invita a recordar y reivindicar el hecho teatral en su esencia: alguien que quiere contar un cuentito y un espectador dispuesto a recibirlo y a trabajar para que ese cuentito exista. La Ballena es un espectáculo conmovedor —no doloroso—, hecho con elementos precisos, con respeto por el teatro y sin solemnidad. Es serio en el mejor sentido: serio como ejercicio artístico que también habilita el disfrute. Creo que ofrece buen alimento teatral, buena materia prima. Ubica al espectador en un lugar hermoso, comprometido, activo. Y eso es algo que el teatro, cuando está bien hecho, puede lograr como ninguna otra disciplina.