Por primera vez con su gira Otra Vuelta, Florencia Bertotti llegó al Metropolitano y convirtió el show en algo mucho más grande que un recital. Canciones que atravesaron generaciones, una puesta enorme y un público que no fue espectador sino protagonista. Para muchas mujeres de treinta y tantos fue volver por unas horas a la infancia; para sus hijas, descubrir en vivo la banda sonora que heredaron de sus madres. Este domingo hay segunda función.
Para entender de verdad lo que pasó durante más de dos horas sobre el escenario también había que mirar alrededor, mujeres con flores, niñas con coronas, flores amarillas, brillos, colores. madres abrazando a sus hijas y celulares intentando guardar momentos que, en realidad, se sentían mucho más de lo que podían registrarse.
Florencia llegó a Rosario con Otra Vuelta Tour, una gira que recupera buena parte de las canciones que marcaron a toda una generación y que, al mismo tiempo, las resignifica desde el presente. En Rosario había algo especial. era la primera vez que Bertotti llegaba a la ciudad con este espectáculo y la respuesta del público dejó en claro que había una enorme expectativa alrededor de la fecha.
Decir que el show es nostálgico sería reducirlo. Es un espectáculo extremadamente completo. Hay banda, bailarines, coreografías, pantallas gigantes, visuales, escenografía, numerosos cambios de vestuario y una Florencia que prácticamente no se detiene. Canta, baila, actúa, habla con la gente, se ríe, recuerda anécdotas e interactúa permanentemente con un público que conoce cada palabra antes de que ella siquiera llegue al estribillo.
El recorrido musical también funciona como una historia. La lista comenzó con “Arriba las ilusiones” y continuó con “Hay un cuento”, “Cosas que odio de vos” y “No te importa”. Después llegaron “Por qué”, “Pobres los ricos”, “Ay qué lindo”, “Un enorme dragón” y “Te siento”. Hubo además un momento acústico con “Ven a mí” y luego otra seguidilla inevitable: “A bailar”, “Mi vestido azul”, “Eso no se hace”, “Te amo más”, “Nuestro collage”, “Flores amarillas”, “Las estrellas”, “Tic Tac” y “All You Need Is Love”. No fue simplemente una sucesión de canciones, cada tema abrió una puerta distinta hacia la memoria.
Para una enorme parte del público que llenó el Metropolitano, Flor no pertenece únicamente al mundo de la música. Pertenece a una época. Muchas de las mujeres que anoche gritabamos las canciones fuimos las niñas que alguna vez corrimos desde la escuela para sentarnos delante del televisor y seguir historias en las que todavía parecía posible enamorarse para siempre, encontrar un vestido mágico, esperar flores amarillas o creer que, después de todos los problemas, podía existir un final feliz. Ahora con treinta y tantos, muchas llegaron acompañadas por sus hijas.
Quizás esa sea una de las imágenes más hermosas del recital, una generación presentándole a la siguiente las canciones con las que aprendimos a soñar. Durante dos horas el tiempo hizo algo extraño. Las madres volvieron a ser chicas y las chicas entendieron por qué sus madres todavía saben esas letras completas, por qué se emocionan con determinadas melodías y por qué algunas canciones pueden tener un peso emocional que va mucho más allá de una ficción televisiva.
Hay también otro fenómeno que explica por qué estas canciones siguen tan vivas. Muchas encontraron una segunda vida en TikTok, reels, cumpleaños, casamientos, declaraciones de amor y videos familiares. Y ahí existe algo muy potente, miles de personas que quizás jamás se imaginaron formando parte de esta historia hoy son protagonistas de ella. Una pareja que utiliza una canción para contar cómo se conoció, una madre que arma un video para su hija, alguien que vuelve a cantar “Flores amarillas” veinte años después o una adolescente que descubre “Mi vestido azul” sin haber visto siquiera el capítulo donde apareció. Las canciones dejaron de pertenecer solamente a una ficción y pasaron a formar parte de las historias reales de quienes las escuchan.
Eso también vuelve especial a Florencia. Sus canciones hablaban y todavía hablan del amor, de las ilusiones, de las decepciones, de empezar de nuevo, de crecer y de encontrar a alguien con quien compartir el camino. Y resulta inevitable vincular esa sensibilidad con su propia historia personal. Desde hace años comparte su vida con Federico Amador, un actor que mantiene además un vínculo muy cercano con Rosario, una ciudad atravesada por su historia familiar. Ese dato, lejos de ser una simple curiosidad, dialoga con la idea de amor que siempre rodeó al universo de Bertotti, historias atravesadas por encuentros, afectos, familia y la búsqueda de un final feliz.
Florencia no reniega de ese pasado ni intenta mirarlo con distancia. Al contrario, lo abraza, lo actualiza y lo convierte en espectáculo. Hay algo genuino en verla cantar estas canciones tantos años después sin ironía, sin necesidad de burlarse de aquella ingenuidad y sin esconder la emoción que todavía provocan. Y eso se transmite.
La emoción fue colectiva. Hubo lágrimas, abrazos y canciones cantadas de principio a fin por un público que encontró en ese repertorio mucho más que recuerdos. Son temas sanos, luminosos, capaces de hablar del amor, la amistad, los miedos y la vida sin cinismo. En tiempos en los que muchas veces parece obligatorio reírse de la ingenuidad, Bertotti hace exactamente lo contrario, la reivindica. Y por unas horas logra que miles vuelvan a conectar con aquellas historias que alguna vez los hicieron soñar.
Florencia Bertotti vuelve a presentarse este domingo 30 de agosto a las 20hs en Metropolitano, en la segunda función anunciada para Rosario. Quienes estuvieron en la primera saben que no se trata solamente de escuchar “Flores amarillas” o “Mi vestido azul” en vivo. Se trata de mirar hacia el costado y descubrir que aquella chica que alguna vez fuimos todavía está ahí y que, aunque hayan pasado veinte años, todavía puede emocionarse con un cuento, un vestido azul y la posibilidad de que algunas historias terminen bien.


