Hay cuentas pendientes que solo se pueden saldar en casa. Tomás Quintín Palma eligió el escenario más emblemático de la ciudad para presentar, finalmente, La violencia de la ternura en Rosario

El próximo 15 de mayo en el Teatro El Círculo, el artista, rosarino y multifacético que reside en Buenos Aires desde hace varios años se despoja de la payasada para transformar su herencia en arte. No se trata solo de una función más; es el debut en su ciudad y la oportunidad definitiva de jugar de local para entender, al fin, quién habita debajo del maquillaje, “empezando por el final o terminando con el principio”, dice.

Este biodrama narra la conmovedora y compleja experiencia de crecer en un clan circense, donde el humor no era una elección sino una imposición cotidiana. A través de los ojos de Quintín, nos sumergimos en un entorno de utilería desgastada y escenarios improvisados, donde la alegría se convertía en una exigencia laboral ininterrumpida. En este mundo de artificio constante, la risa forzada terminaba por anular cualquier espacio para la vulnerabilidad o la reflexión honesta.

Durante su infancia, convivió con una fauna artística local que en Buenos Aires resultaba insólita. Sus padres, payasos, trabajaban con figuras entrañables para la ciudad como Tito, Pelusa y Piripincho. Lejos de ocultarlo, con los años transformó esas anécdotas de la infancia en una obra que mezcla la realidad con la ficción, y que ahora lo trae de vuelta al lugar donde empezó todo

El espectáculo, que pasó por la avenida Corrientes en Capital Federal, llega ahora la ciudad que lo vio nacer, en su versión más madura y con una particularidad: lo acompaña en el escenario su padre, Marcelo Quintín Palma. "Yo maltrato a mi papá ahora en el escenario y él también me ataca a mí, pero la verdad es que estamos compartiendo esto con mucha alegría, con mucha ternura", reflexionó sobre la dinámica teatral que funciona, al mismo tiempo, como catarsis y juego. La entrevista en diálogo con Rosario3.

—De esta primera vez en Rosario, volvés al lugar donde arrancó todo. ¿Cómo te sentís con eso?

—Es algo muy loco porque yo cuando vivía en Rosario que hacía radio, fui DJ del bar Berlín, trabajaba en Rock and Pop, en radio Universidad, nunca contaba esta historia de mi familia de los payasos. Lo negaba, como que lo tapaba y cuando me vine a vivir a Buenos Aires, no sabía qué hacer para narrarme a mí mismo, cómo contarme en la gran ciudad y aparecieron fotos y VHS. 

Me daba cuenta que en Buenos Aires contar mi historia era muy novedoso porque ellos no podían entender que existiera una farándula rosarina, toda una fauna rosarina de Tito, Pelusa y Piripincho. Para los rosarinos es tan común y acá no entendían nada. Mi viejo tenía un grupo de teatro, mis papás eran parte del elenco, mi viejo también laburó con Tito y Pelusa, hace el Payasadas, y era algo que los rosarinos conocían. Dar vuelta esta idea de que la oveja negra en una familia de payasos es precisamente un abogado o un contador. Dije «bueno, voy a contar esto que una vez me pasó, que fue que mi familia me dé vergüenza».

—Me imagino que en la infancia debe haber generado una dualidad y una contradicción, vos veías otra realidad frente a los que hacían reír…

—Sí, yo hacía un pijama party en mi casa y no dormía nadie porque había títeres colgando gigantes y para mí eso era una normalidad. Después crecí y me di cuenta que en las casas no había títeres, no había pelucas, no había narices y esa monstruosidad yo la entendí más de grande, no me daba cuenta de niño. Ya de adulto, con psicoanálisis y la vida misma, me puedo permitir verlo de afuera y reírme de quiénes somos. Era muy impactante contar la historia fuera de Rosario porque le explotaba la cabeza al que la miraba.

—¿Por eso nunca la hiciste hasta ahora en Rosario? ¿Sentías pudor?

Sentía como un pudor. Lo que tiene la obra también es que al ser algo que sucede en un escenario, no es la vida real, es un hecho artístico con mentiras, artificios, juegos. Si vos lo mostrás en tu ciudad, puede haber un «che, esto no fue así, mi padre no era médico como dice él». Me ponía nervioso contar la historia en el lugar de los hechos. La potencia es que nadie sabe si es verdad o mentira. La hicimos en el Metropolitan el año pasado y dije: «Ahora estamos para ir a Rosario». Llegó el momento, y además lo hago con mi papá, con quien no actuaba desde que yo tenía diez años.

Este biodrama narra la conmovedora y compleja experiencia de crecer en un clan circense, donde el humor no era una elección sino una imposición cotidiana.
Este biodrama narra la conmovedora y compleja experiencia de crecer en un clan circense, donde el humor no era una elección sino una imposición cotidiana.

—Y nada más y nada menos que en el teatro El Círculo

—Es que la palabra círculo nos quedaba muy bien. Es como una persona que se va y se da cuenta que al final está haciendo lo mismo. A mí me pasa igual, yo me fui y al final sigo haciendo payasadas, es lo mismo que Rosario, solamente que pasaron los años. Es un círculo que parece que avanzás, pero en verdad siempre estás volviendo al mismo lugar. Empezando por el final o terminando con el principio.

—¿Sentís a la obra como una catarsis, una reparación o una manera de entender el pasado?

—Pasaron todas las cosas. Pasó que la hicimos como catarsis para sacarme cosas de adentro, para narrarme a mí mismo en la gran ciudad y tener una singularidad. Te repara, te sentís repetitivo, después catarsis de nuevo. Estás ahí con tu papá... Creo que lo de Rosario es también un desafío nuevo para ver qué nos va a pasar, la posibilidad de encontrar nuevas emociones y nuevas sensaciones con lo mismo, llevándolo a un terreno desconocido, que es nuevo y conocido a la vez.

Las entradas ya están disponibles por Ticketek.