Instagram es como el cigarrillo: al usarla sentís que tenés onda, pero con el tiempo, el uso prolongado intoxica y enferma. La comparación puede sonar un tanto extraña, ya que esta red social, al igual que el tabaco, no es naturalmente mala, pero su abuso puede ser nocivo. Así como fumar en exceso es perjudicial para la salud, pasar largas horas en Instagram desplazándose entre las historias y publicaciones de otros, eventualmente terminará envenenando nuestra mente, al compararnos constantemente con los demás en un bombardeo incesante de imágenes editadas y vidas perfectas.

Durante los últimos años se han realizado una gran cantidad de estudios analizando el impacto de esta plataforma en la salud mental de los usuarios, especialmente de los adolescentes. Estas investigaciones han sido llevadas a cabo tanto por universidades como por organizaciones de salud pública y la propia empresa, siendo esta última totalmente consciente de la toxicidad de su propio producto.

En 2021, Frances Haugen, una ingeniera y científica de datos que entonces trabajaba en el equipo de integridad cívica de Facebook, filtró al Wall Street Journal miles de documentos internos de la empresa que revelaban el profundo nivel de conocimiento que tenían sobre el impacto negativo de la aplicación en los jóvenes. De estos informes se desprende que el 32% de las adolescentes dijeron que cuando se sentían mal con sus cuerpos, Instagram las hacía sentir peor, mientras que otro estudio encontró que Instagram empeoraba los problemas de imagen corporal en una de cada tres adolescentes.

Pasar mucho tiempo en redes sociales afecta negativamente la autoestima de las personas

De acuerdo a las estadísticas más recientes, en Argentina hay alrededor de 40,13 millones de usuarios de Internet, de los cuales más de 24 millones utilizan Instagram regularmente. Victoria, de 27 años, solía ser uno de ellos, hasta que debió alejarse completamente de esta red social por el impacto negativo que su uso excesivo estaba teniendo en su salud mental.

“Yo era una persona muy sociable, de salir con amigos, conocer gente, ir de acá para allá... Y de golpe, empecé a salir menos, ya no quería estar con los demás ni tener salidas. Ahí noté que algo pasaba. ¿Por qué no quería estar con el resto?”, relata Victoria a Rosario3. “Ahí me empecé a dar cuenta de que tenía que ver con los filtros de Instagram”.

Frances Haugen, exempleada de Facebook, declara durante una audiencia en el Senado de los EE.UU

Victoria comenzó a utilizar los filtros de belleza de Instagram desde su lanzamiento, al principio de forma ocasional, alternando con algunas fotos sin modificar. Pero empezó a depender de ellos con más frecuencia, y la situación se agravó rápidamente. “Ahí me empezó a hacer algo de ruido, porque las fotos sin filtro ya no me gustaban”, confiesa con angustia. “Ya no podía subir fotos con mi cara tal cual es, al natural”.

“Después me empezó a pasar que si iba a una juntada y mis amigas sacaban una foto, si no estaba con filtro no me gustaba y pedía que me recorten. Ellas se sacaban fotos radiantes sin filtro y yo no podía, no lo disfrutaba. Estar en algún lugar y que alguien diga de sacar una foto, para mí era algo totalmente incómodo”, admite Victoria. “No es solamente no querer subir una foto sin filtro, es que toda tu vida gire en torno a que no haya un pequeño desliz y se vea algo malo de mí. Es estar queriendo comprar ropa y cosas para ir acorde a esa imagen que mostrás, que sos divina con el filtro”, plantea.

Abusar de los filtros de belleza puede alterar la percepción de la propia imagen

Las redes sociales como Instagram utilizan la dopamina para estimular el sistema de recompensa del cerebro y generar una sensación de placer y satisfacción cuando recibimos likes, comentarios o notificaciones. Por eso, estas plataformas pueden crear una adicción y un impulso incontrolable por seguir usándolas, ya que buscamos una y otra vez volver a sentir ese bienestar. Es lo que algunos expertos denominan adicción a la aprobación, algo que Victoria comenzó a experimentar en primera persona.

“Empezó cada vez a hacerse más una adicción, porque yo subía fotos con filtro y me respondían un montón de personas, entonces era como que todo el tiempo necesitaba esto de que la gente me responda, me elija”, cuenta. “Todo el tiempo estaba pendiente de Instagram, a ver si la foto había gustado o no, a ver si tenía reacciones o si tenía que cambiar algo. Pero ya después me costaba verme en el espejo, era un horror, no me podía ver así. Dejé de poder verme en fotos, si miraba la galería del teléfono, eran todas fotos con filtro”.

A este trastorno dismórfico corporal se lo conoce como dismorfia de selfie, un fenómeno psicológico relativamente nuevo que se caracteriza por una preocupación excesiva por la apariencia física en las fotografías, especialmente en las redes sociales. Las personas que sufren este trastorno tienden a obsesionarse con su imagen en las selfies, sintiéndose constantemente insatisfechas con su aspecto y apelando a filtros y edición fotográfica para mitigar la ansiedad que les genera su apariencia real.


“Si bien es como una reflexión ya consabida y algo trillada que en las redes sociales importa más lo que se muestra que lo que se es, en los adolescentes en particular va modelando una imagen ideal a la que pocas veces pueden responder”, explica a Rosario3 Lucas Raspall, médico psiquiatra y psicoterapeuta. “No solo en cómo ven a los demás, sino cómo se ven a sí mismos, con todos esos filtros, enfoques y perspectivas. Esto es todos los días, porque ellos suben fotos todos los días de su vida”.

Todo el tiempo estaba pendiente de Instagram, a ver si la foto había gustado o no

“Y claro, después llega el momento en el que tienen que confrontarse con la realidad física, en la que tienen que mostrar la cara, el cuerpo, y no pueden sostener lo que vienen mostrando en redes, y esto genera dificultades muy grandes”, indica Raspall. Para este especialista en salud mental, en algunas personas en particular “esa constelación de dificultades puede llegar a la categoría de síntomas o de un cuadro psicopatológico, un padecimiento como lo es la dismorfia corporal. Eso no ocurre en el 100% de los casos, pero sí a la gran mayoría le sucede que desarrolla una atención y una tensión excesiva en torno a la imagen”, precisa.

La presión y exigencia a la que se sometía Victoria velozmente traspasó la pantalla hacia el mundo real. “Cuando me tenía que encontrar con alguien, me maquillaba hasta poder llegar a esa imagen de mí misma que tenía en mi cabeza, como que la imagen ante los demás debía ser esa y no mi rostro natural”, admite. Finalmente, no pudo soportarlo más, y explotó en una crisis de llanto y dolor, buscando la contención de su familia y ayuda profesional. “Era un círculo de vivir una vida tan exigente que terminé por explotar. Quiero vivir una vida simple, quiero estar libre, poder reírme, volver a tener vida social. Y si alguien me elige, ojalá lo haga por quien realmente soy, no por un filtro”.

Meta se enfrenta a una demanda judicial histórica por dañar la salud mental de los jóvenes

Actualmente Meta, la empresa matriz de Instagram y Facebook, enfrenta la demanda judicial más grande que se ha presentado en su contra hasta la fecha. En octubre del año pasado, más de 40 estados de EE.UU. presentaron una acción judicial contra la firma acusándola de dañar la salud mental de los jóvenes a través de funciones implementadas deliberadamente para estimular el comportamiento adictivo y el consumo compulsivo de la plataforma.

Según la presentación legal, esto incluye: algoritmos diseñados para recomendar contenido con el fin de mantener a los usuarios más tiempo dentro de la aplicación; la implementación de los “Me gusta” y funciones de comparación social que refuerzan sentimientos de envidia y resentimiento; el scroll infinito, que permite a los usuarios desplazarse continuamente hacia abajo, descubriendo nuevo contenido constantemente y aumentando el tiempo de uso; y filtros de realidad aumentada que promueven la dismorfia corporal y los trastornos alimenticios, especialmente entre los usuarios más jóvenes.

“La manera en la que se tiene que encarar esto, por supuesto, es a través de la educación”, puntualiza Raspall. Para el especialista en crianza positiva y autor de numerosos libros sobre infancias “madres, padres y también la institución escolar tienen que ocuparse y entender que una educación para el uso responsable de pantallas y de redes sociales va más allá del control del tiempo, del control parental o qué plataformas consumen. Tiene que tocar este tema, cómo nos vemos, cómo nos mostramos. Elaborar un pensamiento crítico que permita distinguir que lo que suben las otras personas es solamente una parte de la vida, no lo es toda. Solo se suben las cosas lindas, las fotos lindas. La vida tiene otros matices”.