Cuando el 29 de octubre de 1969 se envió el primer mensaje entre dos computadoras conectadas a distancia, desde la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA) al Stanford Research Institute, cerca de San Francisco, Internet todavía no existía como la conocemos hoy, claro. Pero ya estaba en marcha una idea que terminaría transformando la comunicación humana como ninguna otra, porque detrás de estos cables y protocolos había investigadores que imaginaban una red donde las personas pudieran relacionarse a través de las máquinas sin importar dónde se encontrasen. La tecnología era el medio, sí, pero del otro lado, detrás de la pantalla, siempre había alguien.

Durante las décadas siguientes fuimos nosotros quienes llenamos el ciberespacio de conversaciones, fotos, videos, negocios, debates, opiniones y, sobre todo, conocimiento. Lo transformamos en mucho más que una red de computadoras conectadas, hasta volverlo el espacio social más habitado de la historia. Lo que casi nadie notó es que, mientras tanto, empezó a poblarse de otros habitantes muy diferentes, unos que no duermen, nunca se cansan y cada vez hablan más como nosotros.

El equipo desde donde se envió el primer mensaje entre dos computadoras en 1969 
El equipo desde donde se envió el primer mensaje entre dos computadoras en 1969 

En la actualidad, según los datos recopilados por gigantes de la infraestructura y la seguridad de Internet como Cloudflare y Thales, los bots ya superan a los humanos en volumen de tráfico, es decir, en la cantidad de veces que alguien le pide a una página que le muestre su contenido, ya sea abrir una nota, cargar una foto o averiguar un precio. Cloudflare, por ejemplo, calcula que 6 de cada 10 solicitudes provienen de un sistema automatizado, y que las consultas diarias de agentes de inteligencia artificial crecieron más de 1.700% en el último año. Thales, por su parte, ya había marcado en su informe de 2025 que los bots eran el 51% del tráfico, y este año lo ubica por encima del 53%, contra menos de. 47% generado por las personas.

En 2026, los bots ya generan más tráfico web que las personas 
En 2026, los bots ya generan más tráfico web que las personas 

Aunque cada empresa mide a su manera, lo mismo da que esta barrera se haya cruzado este año o el pasado, ya que los números describen una tendencia que no podemos ignorar. Por primera vez, desde que Internet se convirtió en un lugar cotidiano para millones de usuarios, la mayor parte de la actividad que circula por ella ya no es generada por la gente, sino por un universo cada vez más vasto de máquinas que recorren la red con propósitos muy diferentes.

La palabra bot suele asociarse a cuentas falsas, spam o ciberataques, pero en realidad es un término que engloba algo mucho más amplio, ya que un bot es, en esencia, un programa diseñado para realizar tareas de manera automática en Internet. Algunos cumplen funciones indispensables, como los rastreadores de los buscadores que recorren millones de páginas para indexarlas o los sistemas que monitorean si una web o un servicio está funcionando. Otros, en cambio, están diseñados para generar tráfico artificial, obtener información sin permiso, comprar la mayor cantidad posible de entradas a un recital para revenderlas, probar contraseñas robadas o incluso hacerse pasar por personas reales.

Recientemente empezó a crecer con mucha más fuerza una nueva categoría, que desdibuja todavía más la frontera entre humanos y máquinas, porque los llamados agentes de IA ya no se limitan a recorrer la web para recopilar información. Ahora son capaces de navegar a través de páginas, comparar opciones, completar formularios y hacer reservas en nombre de un usuario que ni siquiera tiene que intervenir en cada paso.

El contenido escrito por IA creció con fuerza desde la llegada de ChatGPT 
El contenido escrito por IA creció con fuerza desde la llegada de ChatGPT 

Estos agentes están en un punto intermedio entre los bots tradicionales y las personas, y la diferencia no es menor, porque detrás de cada uno suele haber alguien con una tarea por resolver, pero nadie que mire la pantalla. El comportamiento reproduce los hábitos humanos al punto de que, en época de vacaciones y durante los fines de semana, su actividad disminuye y sigue un ritmo semanal parecido al de una persona que trabaja. Sin embargo, hay una diferencia que resulta fundamental para la economía de Internet, y es que un agente puede entrar a un portal y leer cincuenta noticias, pero sin ver un solo anuncio.

Durante décadas la web funcionó con un acuerdo tácito, en el que las páginas permitían que los buscadores las rastrearan a cambio de recibir visitas, y esos visitantes eran los que veían la publicidad o, mejor aún, pagaban una suscripción. Hoy, cuando un chatbot de IA responde una pregunta con información de una página, el contenido viaja, pero el lector no llega, y con él se va el ingreso que financiaba ese trabajo y costeaba el mantenimiento del sitio. Según un informe presentado esta semana por Cloudflare, algunas categorías como software, comercio minorista y servicios financieros perdieron hasta un 40% de tráfico humano en menos de un año, una caída que la empresa vincula con el avance de los bots de IA.

Como los agentes consumen información en nombre de las personas pero sin comportarse como ellas, el delicado equilibrio económico que mantiene a Internet de pie comienza a tambalear, porque una página puede ser consultada miles de veces sin que nadie la vea realmente. De ese modo, el sitio carga con el costo de servir cada una de estas visitas, pero sin recibir a cambio ingresos publicitarios.

Más de un tercio de las páginas publicadas tras ChatGPT muestran indicios de uso de IA 
Más de un tercio de las páginas publicadas tras ChatGPT muestran indicios de uso de IA 

Al mismo tiempo se da una transformación mucho más profunda, que tiene que ver con la propia naturaleza de la red como espacio cultural. Si durante muchísimos años la web funcionó como un lugar donde los usuarios producían contenido para que otros lo leyeran o discutieran, ahora una parte cada vez mayor de ese material está siendo generado por inteligencia artificial.

Un estudio publicado el pasado mes de agosto por el centro de investigación independiente Pew Research encontró que más de un tercio de las páginas publicadas después de la aparición de ChatGPT mostraban indicios de haber sido escritas total o parcialmente por IA, una proporción que da una ide bastante claro de la velocidad con la que este tipo de contenido empezó a mezclarse con el creado por personas.

Todo esto, inevitablemente, le devuelve una nueva actualidad a una vieja y extraña teoría que empezó a circular hacia fines de la década pasada en algunos foros marginales como 4chan, y terminó de tomar forma en 2021 bajo el nombre de Dead Internet Theory. Según esta idea decididamente conspiranoica, Internet murió entre 2016 y 2017, cuando gran parte de la actividad humana en la red fue desplazada por bots y contenido generado por algoritmos. Detrás de este reemplazo habría un plan coordinado entre corporaciones tecnológicas y agencias gubernamentales para controlar el discurso, manipular a la población y encerrar a los usuarios en cámaras de eco donde las voces críticas terminen silenciadas.

Si bien no existe evidencia de que haya una Internet secreta fabricada para engañarnos, resulta difícil no encontrar algunas coincidencias incómodas con una realidad que llegó por un camino completamente distinto. La desaparición de foros y blogs independientes y la concentración del tráfico en un grupo de plataformas centralizadas parecen querer darle sustento a una teoría que hace una década hablaba más de un malestar cultural que de una realidad tecnológica posible.

 Las páginas personales, la identidad de la web de los años 90 y 2000
Las páginas personales, la identidad de la web de los años 90 y 2000

Parte de esa sensación tiene que ver con algo mucho más simple y mundano que cualquier conspiración, y es la nostalgia por una forma de usar Internet que ya casi no existe. Hace veinte años uno podía caer por azar en la página de un aficionado a los trenes, saltar por su lista de enlaces al museo de un pueblito perdido en Arkansas y terminar, dos horas después, en un foro de coleccionistas de estampillas, sin saber muy bien cómo había llegado hasta ahí. Por algo se hablaba de “navegar” por la red, mientras que hoy abrimos todos los días las mismas cuatro aplicaciones.

Lo que hoy sabemos con seguridad es que los bots ya son más que las personas, y que a su lado crece todo un universo de textos escritos por inteligencia artificial y de agentes que recorren Internet en nuestro nombre. Por eso, lo que hace apenas unos años parecía una distopía nacida en la mente de foristas afiebrados empieza a confundirse, al menos en algunos de sus síntomas, con la web que estamos construyendo. Una en la que cada vez cuesta más saber quién está del otro lado de la pantalla.