En junio de 2024, un ataque de ransomware paralizó por completo los sistemas de Synnovis, un laboratorio de patología clínica que procesa análisis para algunos de los hospitales más importantes de Londres. Sin embargo, lo que comenzó como un incidente de ciberseguridad rápidamente se transformó en un problema sanitario que repercutió en cirugías, tratamientos oncológicos, transfusiones y miles de consultas.
El impacto clínico fue tan duro que en las semanas siguientes se tuvieron que cancelar más de 10.000 turnos y más de 1.700 intervenciones, entre ellas cirugías oncológicas urgentes y trasplantes, mientras que 18 órganos provenientes de donantes fueron redirigidos a otras instituciones. Los hospitales debieron recurrir a sangre O negativo al no poder realizar pruebas de compatibilidad, y la mayor demanda terminó haciéndose sentir en los bancos de sangre de todo el país, no solo en Londres.
Un año más tarde, una investigación oficial del King's College Hospital, uno de los centros de salud afectados, confirmó que el retraso en un análisis de sangre provocado por el ciberataque había sido uno de los factores que contribuyeron a la muerte de un paciente, mientras que el Servicio Nacional de Salud británico (NHS, por sus siglas en inglés) registró otros 170 pacientes alcanzados por el incidente.
Si bien legalmente resulta muy complejo vincular un ataque informático con la pérdida de vidas humanas, hay una gran cantidad de evidencia que demuestra que estos eventos comprometen la atención médica lo suficiente como para tener, en algunos casos, consecuencias fatales. Un estudio publicado en febrero de 2026 en el American Economic Journal asoció el impacto del ransomware en los hospitales estadounidenses con un aumento del 34% al 38% en la mortalidad intrahospitalaria entre los pacientes que ya se encontraban internados cuando comenzó el hackeo.
“En el sector de la salud un ciberataque es mucho más grave que una simple pérdida de datos”, explica a Rosario3 Antonio Flaviano, responsable de Ciberseguridad del laboratorio Roche para Latinoamérica. “Cuando inhabilita sistemas clínicos, los médicos pierden acceso inmediato al historial del paciente, alergias, recetas e imágenes diagnósticas, obligándolos a operar a ciegas o posponer cirugías críticas y tratamientos de emergencia, poniendo en riesgo directo la atención y la seguridad de los pacientes. Es mucho más grave porque se trata de una infraestructura crítica y, en definitiva, de vidas. La tolerancia al fallo en salud es cero, porque el daño no es solo financiero, es humano”, concluye.
Pero la amenaza no termina cuando las copias de seguridad se restablecen y los sistemas vuelven a funcionar, aun cuando la atención de un paciente no se haya visto comprometida en lo inmediato. A diferencia de una contraseña, que puede cambiarse cuantas veces sea necesario, o de una tarjeta de crédito, que puede cancelarse con una rápida llamada telefónica, gran parte de la información médica conserva su valor mucho tiempo después de haber sido robada. “Tu mapa genético y tus antecedentes de salud son inalterables y durarán toda tu vida expuestos en manos de terceros si llegan a filtrarse”, advierte Flaviano. Una vez perdidos, no existe un verdadero botón de reset para devolverles la confidencialidad.
El problema no es solamente que esa información quede expuesta, sino todo lo que puede hacerse con ella después. “Estos archivos se venden a precios muy altos en el mercado negro porque pueden utilizarse para fraudes, chantajes y robos de identidad que muchas veces son muy difíciles de detectar”, precisa el experto.
“Hay algunos estudios que establecen un valor para cada uno de esos datos. Un dato más simple puede costar, por ejemplo, cinco dólares; algunos datos personales, entre 10 y 15 dólares; y en el caso de personas VIP, políticos o personas con una exposición más alta, pueden llegar a valer 10.000 dólares o más. Entonces existe un interés específico en sustraer esa información”, agrega.
Detrás de ese mercado existe además un ecosistema criminal cada vez más profesionalizado. “Hay de todo”, resume Flaviano. “Por un lado, ciberdelincuentes que buscan dinero rápido, por otro, grupos que funcionan casi como empresas tecnológicas y venden ransomware. Incluso hay organizaciones que ofrecen ataques específicamente dirigidos contra empresas más grandes, y también actores maliciosos interesados en robar propiedad intelectual y secretos biotecnológicos”, detalla.
El resultado es que los grandes laboratorios farmacéuticos y el resto del ecosistema sanitario viven bajo una presión prácticamente constante. “Estamos bajo amenaza en todo momento”, afirma Flaviano. Y no todos los intentos requieren un humano detrás de una computadora; buena parte del reconocimiento inicial ya corre por cuenta de herramientas que recorren internet en busca de brechas, sistemas expuestos o vulnerabilidades todavía desconocidas para sus propios desarrolladores. “Hay bots buscando permanentemente fallos tecnológicos. Los ataques ocurren todo el tiempo, ya sean automatizados o realizados por personas con intención de hacer daño”.
Esa automatización también explica por qué ya no hay que imaginarse al atacante como un hacker solitario que elige una víctima a dedo. Parte de la industria criminal funciona hoy mediante servicios, recursos y accesos que pueden comprarse y combinarse, reduciendo la barrera de entrada para quienes no necesariamente poseen grandes conocimientos técnicos. El modelo está tan extendido que el último informe de la firma Check Point, especializada en seguridad informática, registró un crecimiento del 50% en la cantidad de grupos activos que operan bajo esta modalidad, mientras que la agencia europea de ciberseguridad ENISA la señala, además, como uno de los motores principales detrás del aumento de incidentes registrado en los últimos años.
A esa profesionalización del delito se sumó en los últimos años una herramienta capaz de acelerar todavía más el proceso: la inteligencia artificial. Para Flaviano, al menos por ahora, la balanza se inclinó primero hacia el atacante. “La inteligencia artificial está haciendo que los ciberataques sean mucho más rápidos y mucho más masivos, porque permite automatizarlos y encontrar fallos con mucha mayor rapidez”, asegura.
Sin embargo, la diferencia no pasa solamente por la velocidad, ya que la IA generativa también ayudó a eliminar algunas de las señales que durante años permitieron reconocer fraudes relativamente burdos. “Antes, muchas veces las faltas de ortografía o una redacción extraña delataban a un ciberdelincuente. Hoy pueden generar campañas a gran escala, personalizadas y realistas, con clonación de voz y mensajes perfectamente localizados, además de automatizar la creación de código malicioso”, indica el especialista.
Mientras los atacantes aprovechan la IA para automatizar sus operaciones, la misma tecnología empieza a volverse indispensable del lado de la defensa. “Cuando tenés una herramienta con inteligencia artificial, podés procesar miles de millones de datos por segundo para detectar comportamientos extraños dentro de la infraestructura y responder rápidamente ante un incidente”, señala Flaviano. Es decir, la IA no solo amplifica y multiplica la capacidad ofensiva, también se está convirtiendo en una pieza central para identificar ataques a una escala que ningún equipo humano podría revisar manualmente.
Buena parte de la medicina moderna hoy depende de sistemas interconectados que permiten diagnosticar antes, compartir la información al instante y coordinar tratamientos con una precisión y velocidad que hace apenas unas décadas era solo un sueño. Esa misma infraestructura digital, ya una parte inseparable de la atención médica, abrió una superficie de riesgo que no es exclusiva del sector, pero que adquiere una dimensión particular por la naturaleza de los datos que están en juego.
Curiosamente, aprendimos a desconfiar cuando alguien nos pide una clave bancaria o los datos de una tarjeta, pero todavía no desarrollamos el mismo reflejo cuando se trata de cuidar nuestra información más íntima. Aquella que llevamos escrita en el cuerpo y que ningún cambio de contraseña puede borrar.



