Un nene juega en el parque, se divierte con sus amigos y disfruta de los colores que lo rodean. Hasta que encuentra un celular. De a poco, su mundo empieza a volverse gris. Sus amigos lo llaman para volver a jugar, pero él ya no quiere. La escena forma parte de un cuento creado por docentes de la Escuela Normal Nº 1 de Rosario para trabajar con chicos del nivel inicial sobre el uso de las pantallas.
La actividad fue parte de un proyecto de articulación entre los niveles inicial y secundario de la institución, que nació de una preocupación compartida por docentes y directivos: el acceso cada vez más temprano a celulares y otros dispositivos electrónicos, y las dificultades que observan en algunos chicos para desarrollar el lenguaje, sostener la atención y establecer vínculos con los demás.
“Estuvimos viendo varios niños con el lenguaje tipo robótico, con falta de atención, dispersos, con falta de poder generar el vínculo con el otro”, contó Gabriela Siryi, directora nivel inicial, durante una entrevista con Rosario3, a la que accedieron autoridades del colegio. Como ejemplo, expresó: “Teníamos el caso de una nena de cuatro años que no quería ir a los cumpleaños para no tener que dejar el celular”.
La preocupación no se limita a la primera infancia. Las docentes también describieron dificultades entre adolescentes para sostener la atención durante una clase y entre estudiantes del nivel superior para leer y comprender textos. En ese escenario, la discusión no pasa solamente por prohibir los dispositivos, sino por pensar qué lugar ocupan en la vida cotidiana y cómo acompañar su uso.
Una idea tomó forma en "el Normal" cuando coincidieron dos inquietudes. Por un lado, las docentes venían conversando sobre las dificultades que aparecían en las aulas y la necesidad de involucrar a las familias en los acuerdos sobre el uso de los celulares. Por otro, llegó la convocatoria para participar de las terceras Olimpíadas de Psicología y Salud Mental organizadas por la Universidad Nacional de Rosario (UNR).
Salir de la pantalla para no olvidarse de jugar
Uno de los ejes propuestos para los trabajos fue “salud mental y lazos sociales en entornos digitales”. La docente y asesora pedagógica María Pía Lesgart planteó entonces la posibilidad de que estudiantes de cuarto año de secundaria fueran al nivel inicial para conocer qué sabían los chicos de jardín sobre las redes sociales, qué dispositivos utilizaban y para qué los usaban.
Los adolescentes diseñaron actividades y juegos para trabajar con los más pequeños. Les mostraron los logos de distintas plataformas, como YouTube, YouTube Kids e Instagram, y conversaron sobre sus usos y los momentos del día en que accedían a ellas. También buscaron alternativas para imaginar qué podían hacer si no tenían pantallas disponibles.
“Al tener los cuatro niveles en el establecimiento, uno se puede proyectar desde un nivel a otro, cosa que en otra escuela es más difícil. Una piensa en una actividad, supongamos, para la primaria, pero si no tenés continuidad en el nivel superior es muy difícil concretar ese proyecto”, dijo la rectora Andrea Stella Franco. “Acá siempre intentamos eso. Esto no es romántico. A veces se puede, otras veces no, pero las intenciones están y siempre hay algo que se hace”.
Capturar la atención como soberanía
“Todavía estamos a tiempo de guiarlos. Si bien todos los chicos conocían las redes sociales, algunos nos decían que al menos estaban regulados por sus papás o mamás. Cuando hacíamos hincapié sobre los dispositivos, algunos nos decían que eran propios. Estamos hablando de chicos de 5 años”, contó la pedagoga Lesgart.
Una de las propuestas fue pensar qué actividades harían si no pudieran usar durante un día entero los dispositivos electrónicos. Allí apareció una respuesta que las docentes destacaron por su sencillez: el valor del juego. También se repitió el pedido de los chicos de que sus familias les contaran más cuentos.
El relato del nene que se vuelve gris surgió a partir de esa experiencia. Una docente de nivel inicial, Mayra Lotador, que también es psicóloga, escribió la historia a partir de una propuesta del equipo. Después, los cuentos llegaron a las familias para que los leyeran en casa y los chicos pudieran dibujar sus escenas y darles un nombre.
Las producciones sorprendieron a las docentes. En algunos trabajos, la mitad de la hoja aparecía cubierta de gris y negro, mientras que la otra mitad estaba llena de colores. Para el equipo, esas ilustraciones mostraron que los chicos habían podido apropiarse de la idea del cuento y expresarla a su manera.
El desafío de involucrar a las familias
Para las docentes, una de las principales dificultades es que las decisiones individuales chocan con los hábitos del entorno. Una familia puede intentar postergar la entrega de un celular propio, pero teme que su hijo quede afuera de las conversaciones o los juegos de sus compañeros si los demás ya tienen uno.
A eso se suma que los chicos no siempre encuentran las mismas reglas en todas las casas. Una familia puede restringir el uso de pantallas mientras que, en la de un amigo, el acceso es más libre. Por eso, las docentes consideran que los acuerdos colectivos pueden ser más efectivos que las decisiones aisladas. “Si una familia deja aparte a un niño o una niña de un acuerdo, va a ser mucho más difícil”, planteó la Vice rectora Anahí Barros.
Durante una charla con las familias, las docentes también escucharon experiencias que reflejaron las contradicciones de la vida cotidiana. La discusión, entonces, no apuntó a presentar a los adultos como ajenos al problema, sino a reconocer que ellos mismos están atravesados por la hiperconectividad.
“Una de las cosas que salió de la charla con los padres es tratar de evitar que ellos estén con el celular a la hora de almorzar o cenar. Porque yo no quiero que el niño use el celular, pero yo lo tengo en la mano todo el día”, resumió la directora del nivel inicial Gabriela Siryi.
En ese sentido, propusieron recuperar momentos cotidianos sin pantallas, como las comidas compartidas o el rato previo a dormir. Contar un cuento, señalaron, no requiere más que diez o quince minutos, pero puede convertirse en una oportunidad para conversar y compartir tiempo.
Atención, consumos y salud mental
La preocupación también alcanza al nivel secundario y al superior. Las docentes señalaron que algunos adolescentes tienen dificultades para sostener la atención durante los 80 minutos de una clase y que, entre estudiantes de formación docente, a veces encuentran obstáculos para mantener la lectura de un texto, aunque puedan comprender sus contenidos cuando se presentan en formato audiovisual.
La discusión sobre las pantallas, además, se vincula con los consumos y la organización del tiempo. Las docentes advirtieron que las redes sociales, los mensajes y el correo electrónico extienden las exigencias laborales y comerciales más allá de los horarios de trabajo, e incluso se meten en los momentos de descanso.
A qué edad es recomendable que los chicos accedan a su primer celular
En la primera infancia, recomendaron evitar que los chicos tengan un dispositivo propio desde edades tempranas y priorizar los contenidos de mayor duración por sobre los videos breves que se suceden de manera constante. También señalaron la importancia de que el uso de pantallas esté acompañado por un adulto.
“Lo que intentamos desde este lugar es establecer algunos acuerdos. Siembre es preferible que vean un video largo a que vean TikTok, porque provoca una ansiedad y una dependencia muy grande. Se ha estudiado que lo recomendado es que el niño tenga el primer dispositivo a los 14 años, algo que hoy es muy difícil de conseguir. Y que su primer dispositivo no sea un smartphone, sino uno sin redes sociales. De los viejitos que nos permitían solo comunicarnos”, agregó Siryi.
No se trata de desconocer que los celulares son herramientas útiles, sino de pensar cómo evitar que ocupen todos los espacios. Para las docentes, la autorregulación es especialmente difícil cuando las plataformas están diseñadas para retener la atención.
La experiencia entre los niveles de la Escuela Normal Nº 1 busca convertir esa preocupación en una tarea compartida. Los trabajos de los estudiantes fueron enviados a las Olimpíadas de Psicología y Salud Mental de la UNR, donde estaba prevista su presentación y defensa.
El proyecto va más allá de una edad determinada para acceder al primer celular. Las docentes apuntan a recuperar el juego, la lectura, la conversación y los encuentros presenciales, con el acompañamiento de los adultos y acuerdos que no dejen a cada familia sola frente a la presión social.
La paradoja es que los dispositivos prometen mantenernos comunicados todo el tiempo, pero eso no garantiza que estemos más cerca de los demás. “Estamos hiperconectados, pero no estamos más conectados”, sintetizó una de las docentes.