Algunos describen la música como un arte supremo, transversal a todos los demás. La música suele ser, sobre todo en la adolescencia, una de las formas más comunes de expresión de sentimientos y de ideas, sobre todo cuando las palabras no alcanzan. El agresor de 15 años que mató a un estudiante e hirió a otros ocho, este lunes en la Escuela Nº 40 de San Cristóbal (Santa Fe), solía llevar una guitarra. Pero esta vez, el estuche (o la mochila, según se supo después) que portaba no contenía el instrumento musical de siempre, sino un arma con la que apuntó y tiró. ¿Qué perciben educadores de ayer y de hoy en las aulas escolares? ¿Qué cuenta la escuela de lo que pasa paredes afuera?

Antecedentes cercanos en espacio y tiempo

 

Lo ocurrido en San Cristóbal registra varios antecedentes en la región, con algunos matices. En junio de 2022, dos alumnos de la Escuela Secundaria Nº 515 René Favaloro, de Villa Gobernador Gálvez, fueron suspendidos luego de que uno de ellos acudiera a clases con un arma blanca, con el pretexto que necesitaba defenderse ante amenazas.

En mayo de 2025, la comunidad educativa de la escuela Soldado Aguirre, en la misma ciudad del Gran Rosario, quedó conmocionada por un violento episodio. Un alumno de 15 años ingresó al establecimiento con un arma y, luego de amenazar a otro chico y a una de las porteras del lugar, se retiró corriendo y efectuó un disparo al aire. Minutos después, fuente policiales confirmaron su aprehensión.

Un tercer episodio tuvo lugar en Villa Gobernador Gálvez, en octubre de 2025, cuando un alumno de 14 años fue demorado luego de ir con un revólver entre sus pertenencias a la escuela Mariano Moreno Nº 680 de esa ciudad, donde cursaba el primer año de la secundaria. 

Violencia en barrios y escuelas: otras épocas y otra forma de abordarla

 

“Llegué a la escuela en 1981, cuando había 163 alumnos y me jubilé en 2009, cuando había 830 alumnos repartidos en tres niveles: preprimaria, primaria y secundaria. En la década del '90 tuvimos muchos hechos de violencia familiar y escolar: suicidios, violaciones y graves agresiones, incluso entre padres dentro de la escuela y comenzamos a trabajar la autoestima y la resiliencia”, explicó a Rosario3, la docente Ana María Cazzoli, quien se desempeñó como directora de la Escuela Primaria Nº 1027 "Luisa Mora de Olguín" y también de la Escuela de Educación Secundaria Orientada Privada Incorporada Nº 3127 "Don Bosco", de la que además, junto a un grupo de docentes y padres, fue fundadora.

Ambas instituciones están ubicadas en el barrio Ludueña de la ciudad de Rosario. Funcionan en el mismo edificio, pertenecen a la misma Entidad Propietaria –la Congregación Religiosa Salesianos de Don Bosco– y son conocidas comúnmente como “la escuela del Padre Montaldo”. Trabajan en un contexto de gran vulnerabilidad, algo que durante mucho tiempo se asoció con entornos de violencia más frecuente, aunque el paso de los años fue dejando al descubierto el registro de episodios violentos en escuelas de otros barrios e incluso, de otros niveles de ingreso.

“A partir de esas problemáticas, comenzamos a generar una pedagogía qué favoreciera el respeto, destacando el valor de cada persona. El decir permanente era «yo soy valioso, yo me quiero, busco mi bien y también el de los demás porque son valiosos como yo». La consigna era: «Amá al prójimo, a tu compañero y compañera como a vos mismo porque somos hijos de Dios, que nos quiere a todos por igual». Esto se trabajaba en todas las áreas. Colaboraron los maestros de las especialidades y de catequesis y nos ayudó mucho Liliana Paoluzi de Casa de la mujer”, recuerda Ana.

Entre las actividades que menciona, como método de abordaje de la convivencia y la violencia, por entonces, hacían dibujos y manualidades representando estos vínculos y “lo mejor –señala– fueron las representaciones teatrales con tramas y escenas de violencia que después se analizaban con chicos y chicas”. Estas escenas se representaban en las reuniones de padres y permitían una profunda reflexión.

Tratamos de instalar la palabra, ya que el que no habla actúa con violencia.

La docente menciona que se desterraron las notas de llamadas de atención y las amonestaciones. “Reinaba la palabra y los gestos de cariño. Se terminaron los recreos violentos y las peleas a la salida. Mucho nos ayudó el gabinete psicopedagógico y un sacerdote, Edgardo Montaldo, que nos hablaba siempre del sacramento del hermano: «Dios es Amor y eso es lo que nosotros también tenemos que transmitir». Tratamos de instalar la palabra, ya que el que no habla actúa con violencia. La palabra sana y reconcilia”, afirma, y destaca que si bien los contenidos curriculares eran importantes, más aún lo eran “las relaciones para una sana convivencia”.

También resalta el recurso de los campamentos y el compartir en las comunidades barriales. “Fuimos una escuela en la que resonaba todo lo que sucedía afuera y viceversa. Se terminaron las peleas y los abusos. Con capital social y cultural muchos mejoraron la calidad de vida, aunque –destaca– faltó el Estado urbanizado para visibilizarlos” subraya.

Hicieron un proyecto de viviendas y otro de resocialización para los jóvenes privados de libertad en la comisaría del barrio, la seccional 12ª. “Todos fueron queridos e incluidos. Cómo decía un teólogo: «actuar y gobernar de abajo hacia arriba para quedar todos incluidos»”, subraya Ana, quien se mostró impactada por lo ocurrido en la escuela de San Cristóbal.

Del odio que inyectan las autoridades a la imposibilidad de pensar en el otro

 

¿Podemos hablar de las escuelas sin hablar de la sociedad de la que forma parte? ¿Qué cambió en las últimas décadas en nuestra sociedad en su conjunto?

Rosario3 dialogó con la docente María Fernanda Otero, actual directora de la misma Escuela de Educación Secundaria Orientada Privada Incorporada Nº 3127 Don Bosco, de barrio Ludueña de la ciudad de Rosario, casi veinte años después de la experiencia narrada por Cazzoli.

La sociedad resuelve los conflictos de manera violenta, intolerante, egoísta y hasta con un neoliberalismo espiritual donde no hay posibilidad de pensar en el otro.

“La escuela es una caja de resonancia de la sociedad. Nada de lo que suceda en afuera carece de impacto dentro de la escuela. La escuela es eco de lo que vemos a diario en la sociedad y hoy, lamentablemente, vemos una sociedad violenta, que resuelve los conflictos de manera violenta, intolerante, egoísta y hasta podríamos decir con un neoliberalismo espiritual donde no hay posibilidad de pensar en el otro, de ser empáticos, de tener sensibilidad sobre todo hacia el que no está tan favorecido como yo. Lo único que se quiere es quitarle al otro lo que tiene”, describió la docente, que lleva 26 años transitando las aulas.

Hay como un odio –retoma– que se inyecta desde las autoridades y eso nuestras chicas y nuestros chicos lo perciben. Si los adultos nos hablamos y nos vinculamos de esa manera, ellos lo perciben y reproducen de algún modo esa forma de relacionarse”.

Agrega, además, un dato alarmante: “Estamos viviendo una epidemia en salud mental en todas las esferas de la sociedad y en todas las ramas etarias, que incluyen a los adultos. Lo vemos todos los días en las escuelas y también en nuestros barrios, en nuestras familias y hasta en nosotros mismos. No se sabe si tiene que ver con la pospandemia o con las pantallas, pero hoy los adolescentes están acompañados por adultos que atraviesan esas situaciones”.

Sumado a ese dato importante, Fernanda señala que es necesario entender, además, hay que “los adolescentes tienen sus propias vulnerabilidades, porque ser adolescente es una vulnerabilidad en sí misma, un proceso complejo de atravesar, donde se juegan muchas cosas en las subjetividades y en lo vincular entre pares”.

“Entonces –resume– si combinamos esa vulnerabilidad propia de los adolescentes con adultos que no siempre acompañan como deben hacerlo esas soledades y le agregamos la desconfianza que tiene la sociedad sobre la peligrosidad de los adolescentes, a quienes quiere encarcelar y se trata con cierto recelo, el resultado es un combo grande de muchos factores para analizar. La escuela es solo un eslabón más de la sociedad en la que existen todos estos factores políticos, sociales, económicos y subjetivos que estamos atravesando. Los chicos son el emergente de que algo no está funcionando con el mundo adulto y con los vínculos en general. Tenemos que acompañar más a las chicas y a los chicos. Escuchar sus dolores y sus angustias”.

Clima de época, límites laxos y desorientación

 

Dentro de la complejidad que cada situación de violencia conlleva y que aflora en las escuelas, las docentes consultadas hacen hincapié en la falta de respeto y tolerancia hacia los otros. “Se siente un clima de menor tolerancia, donde se conjugan varios factores: poca paciencia, roles adultos desdibujados, valores comunes demasiados polarizados”, enumera Paula Lo Celso, docente de nivel inicial, licenciada en Pedagogía y especialista en el Método Montessori.

Su experiencia previa contrastada con la realidad actual, le permite analizar el tema en perspectiva. “En otros tiempos, el respeto por el otro, por el adulto, el cuidado de uno mismo y el entorno, el mirarse y reconocerse, independientemente del espacio social que ocupabas, se sentía un borde, cierto norte, que estaba ligado a progresar y al esfuerzo/trabajo. Hoy, esos bordes son laxos, están desdibujados y se percibe desorientación. Si tuviera que elegir una palabra o expresión diría que en las instituciones estamos desorientados.

Si bien no se trata de generalizar, hay algunos patrones que se repiten en distintos ámbitos educativos. “Se percibe un clima de poca escucha, donde no se considera necesario tomarse el tiempo para el trabajo fundamental que es acompañar en habilidades sociales a los niños. En otros tiempos, quizá la mayoría se escolarizaba con una base de cuidado que venía del hogar; hoy, hay que volver a construir hábitos de respeto básicos, desde saludar, hasta cómo escuchar. Los adultos somos ejemplo constante para todos estos aprendizajes más blandos; pero si un niño no se siente escuchado, mirado, cuidado (empezando por el hogar y siguiendo por la escuela), es muy difícil hacerlo parte de una comunidad y de adquirir aprendizajes. Y esto vale también para los adultos, que claro, por ser adultos tienen otro poder sobre ellos mismos. Pero hay que poner mirada sobre la carga docente –enfatiza– y cuidar al que cuida”.

Cómo trabajar desde la casa y la escuela para prevenir

 

Paula insiste en que “es vital, abrir espacios de diálogo, observar que todos los niños de la clase se sientan seguros y en confianza para expresar deseos, necesidades y emociones. Crear vínculo, volver a las habilidades humanas que nos hacen únicos. Mirarnos, escucharnos, hablar, respirar para encontrar la calma y habilitar espacios de intercambio, donde la palabra circule y la comunidad se sienta incluida. Familia, niño y escuela. Si hay un niño que sufre, hay que frenar todo y acompañar, visibilizar y desactivar”.

Los hechos como el de San Cristóbal, nos sacuden no solo por la gravedad que concita, en este caso, la muerte de un niño de 13 años y las heridas causadas a otros ocho, sino por el lugar elegido para detonar la violencia.

“La escuela es un reflejo de la sociedad, un pequeño (gran) recorte de lo que sucede en lo macro. Hoy las escuelas cumplen un rol fundamental para muchos niños, son refugio, y es en la escuela donde pueden expresarse, ser vistos, mostrar-se. Quizá tenemos que pensar la escuela, devolverle el propósito, que sea un espacio de refugio, pero también de construcción de futuro, donde el niño desee aprender, desee superarse a sí mismo y por sobre todo donde encuentre un propósito de vida. Sin propósito es muy difícil aferrarse a la vida, amarse a uno mismo y poner amor en circulación. Los niños necesitan conocerse –remarca– saber para qué son buenos, que pueden aportar al mundo, y conocimiento para amar su entorno. Generar habilidades para la vida que los dignifique”.

Volver a construir autoridad en el aula, sin autoritarismo

 

¿Qué pasa en la vida de cada estudiante cuando sale de la escuela? ¿Qué le espera en su casa? Estos datos a veces escapan a los docentes o llegan incompletos. Por eso, es imprescindible la tarea de los tutores y el vínculo entre hogares y escuela.

“Son tiempos de establecer nuevos valores en la educación y de que los adultos volvamos a construir autoridad, no autoritarismo. Construir desde el profesionalismo, desde el amor a lo que hacemos, la vocación, el rol que cumplimos socialmente. Ojalá esto venga acompañado de la valoración externa, pero si no es así, volvamos a nuestro «por qué elegimos estar donde estamos» y donemos lo mejor cada día. No es fácil, pero es posible”.