“Se queda sin trabajo mi patrón, no tengo trabajo yo”. Elvira tiene 55 años y limpia casas desde los 19. Hoy da cuenta de la existencia de “una cadena” que ahorca su subsistencia: “He tenido patrones que se han quedado sin trabajo y me tuvieron que decir que por el momento no venga, y eso es un una changa menos para mí. Ellos también tienen que vivir y veo que se están recortando”, aseguró en contacto con Rosario3.

Detrás de las casas limpias de Rosario, con sus pisos relucientes y olor frutal, las llamadas trabajadoras de casas particulares aguantan el cimbronazo de la crisis económica nacional vertida en los últimos número de pobreza del Indec, que se ubicó en el 32,3% de la población durante el primer semestre de 2026 en los 31 aglomerados urbanos relevados, es decir, 4,1 puntos porcentuales arriba respecto del segundo semestre de 2025. 

Los despidos y la pérdida del valor adquisitivo que sufren sus patrones pega derecho a sus bolsillos, ya flacos desde hace mucho. Es que cuando las cuentas no cierran a fin de mes, la necesidad de reducir gastos recae con fuerza en el servicio doméstico.

También, de acuerdo a los últimos datos del Indec, Rosario ocupa el primer puesto en el ranking de desempleo en la Argentina. La fuerte caída del consumo, el aumento de la desocupación y un alto nivel de endeudamiento sacuden este rincón del mapa y la gente sale a golpear puertas que muchas veces no se abren. El índice registra el extremo de una situación inestable para una gran mayoría, que a pesar de conseguir ingresos, tiene que recurrir a la poda constante de los egresos.

“Se observa un mayor avance del pluriempleo de mujeres que tienen que salir a buscar algún complemento para el ingreso del hogar. Y esto se suma a las tareas de cuidado en los hogares, que siguen siendo feminizadas. Hay una precarización del tiempo y también el sector de trabajo doméstico es ampliamente feminizado, el 95 por ciento de las personas que trabajan en casas particulares son mujeres”, analizó la economista Agustina Barman, miembro del Grupo de Estudios de Economía y Género (GEEyG) e integrante del equipo técnico de la Usina de Datos de la Universidad Nacional de Rosario (UNR).

También docente universitaria, Barman destacó: “No solo son las mujeres que van al mercado a brindar servicios para complementar los ingresos sino que después se tienen que hacer cargo de ese mismo trabajo en sus hogares. Es decir, tienen una doble presión”, apuntó.

“La crisis impacta en el trabajo y la gente que contrataba ya no lo hace. Son empleados de comercio, profesionales, contadores, los camioneros que tenían muy buen salario, que ahora cortan el vínculo con el trabajador doméstico”. Francisco Frenna está al frente de la Asociación de Trabajadores Auxiliares de Casas Particulares (ATACP) en Rosario. Según observó muchas afiliadas acuden a la bolsa de trabajo porque sus patrones no le pueden pagar más.

Sin embargo, aunque reconoce una recesión en la demanda, asegura que se trata solamente del 5 por ciento, mientras “la gran franja de empleadores sí puede pagar porque tiene salarios que superan en decenas de veces un sueldo promedio de un trabajador argentino”. 

Para el dirigente, en cambio, por estos días la problemática más preocupante del trabajo en casas particulares es la informalización. Y muestra números en ese sentido: el total de trabajadores y trabajadoras del Gran Rosario era de 61.370 en noviembre de 2023 y solo el 23,2% estaba registrado. Es decir, 14.235 trabajadores estaban registrados en ese momento.

En mayo de 2026, la relación bajó al 11,66%. O sea que hoy la registración es de 6.211 trabajadores, “una cosa inentendible porque el costo laboral es bajísimo y el trabajador no pierde nada si recibe algún algún otro beneficio del Estado”, acota Frenna.

“Vivimos haciendo campaña (de blanqueo) pero no hay caso”, continuó y consideró que hay una “guía direccionada al monotributo”, especialmente de parte de empresas contratistas, aunque consideró que “mucha culpa es de las mismas trabajadoras y trabajadores nuestros que no quieren ser anotados porque temen perder planes sociales de algún tipo”.

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“Muchos empleadores dicen considerar a estas mujeres parte de la familia o regalarles cosas, y creen que así queda saldado el tema de los derechos. Los lazos de intimidad que se tejen por compartir la vida cotidiana y el cuidado de los hijos, el afecto, y las desigualdades complejizan un vínculo que ni siquiera puede nombrarse del todo; «la chica que me ayuda», «la señora que limpia» o «la mucama», son algunos eufemismos incómodos que borran la palabra «trabajadora», y por lo tanto, el contrato laboral entre dos partes que distan de tener las mismas herramientas para negociar. El 80% de las empleadas domésticas solo completó sus estudios primarios”.

(Instrucciones para las ruinas, Las chicas del Nordelta, Ana Fornaro).

Elvira es mamá de 4 chicos, alquila una casita en la zona suroeste de la ciudad. Cada mañana sale a las 7, se toma un colectivo que en una hora la deja en su domicilio laboral: la casa de una familia que hace años la emplea en blanco y que cumple a rajatabla el convenio a la hora de pagarle. “Trabajo 8 horas y gano 470 mil pesos al mes. Pero después tengo que hacer cuatro o cinco casas de tres horas por acá, de dos horas por allá, para poder vivir”, señaló.

Son “changas” que le permiten engordar el salario fijo, a base de hacerse unos pesos por lustrar vidrios o planchar para los empleadores. “Me voy a las 7 de la mañana y llego a las 9 de la noche. No estoy en todo el día en mi casa y aun así no me alcanza. A veces mis chicos me piden para comprar algo y no tengo. Me da mucha lástima”, confesó con amargura.

A Romina tampoco le alcanza. Es trabajadora doméstica desde los 17 años. El oficio heredado de la madre, le sirvió para salir del hogar familiar y poner los primeros ladrillos en un terrenito pegado a la vía en la zona oeste. Una década después, ya con 27 años, trabaja en tres casas de familia: “Vivo al día. Junto unos 320 mil pesos al mes sin los viáticos. Si hay menos demanda mi situación es complicada. Junto al sueldo de mi marido no llegamos a cubrir los gastos básicos. Muchas veces resignamos cosas”, precisó.

Ya sin poder cobrar el plan Volver al Trabajo, recurre a un merendero y a una caja de mercadería de la Municipalidad una vez al mes. Y a fin de sobrevivir acepta toda oferta laboral que se le presenta. “Me la rebuscó como Rappi, hago tortas y cosas dulces para vender, o compro perfumes para revender cuando me sobra algo de plata”, enumeró.

El informe denominado Las trabajadoras de servicio doméstico en Argentina basado en los datos de la Encuesta Permanente de Hogares del primer trimestre de 2026, publicado en agosto de este año por Ecofeminita, indica que entre las grandes ciudades del país, pueden contarse más de 890 mil personas que componen al sector. A su vez, la tasa de feminidad del sector es del 98%. Es decir que casi en su totalidad se trata de trabajadoras mujeres.

Las trabajadoras que realizan tareas domésticas y de cuidado en hogares particulares representan casi un 14% dentro del total de ocupadas mujeres. Esto significa que una de cada 7 ocupadas en Argentina trabaja en este sector de la economía. Al mismo tiempo, estas trabajadoras representan un 19,4% dentro del total de ocupadas-asalariadas. O sea que dentro de las mujeres que trabajan en relación de dependencia, alrededor de una cada cinco tiene como ocupación principal el trabajo en hogares particulares. Se trata de la ocupación asalariada más popular entre las mujeres.
 

“Las trabajadoras del sector perciben ingresos que, en promedio, rondan los $338.700 pesos mensuales por su ocupación principal. Al mismo tiempo, un 50% de ellas cobra menos de $300.000 por mes por dicho trabajo. Esto equivale a que en promedio cobran unos $4.886 por hora, y el 50% cobra menos de $4.278 por hora”, se puede leer en el estudio. Cabe aclarar que estas cifras fueron actualizadas de cara a octubre de este año: la categoría personal para tareas generales, que comprende trabajos como limpieza, lavado, planchado, mantenimiento, elaboración y cocción de comidas y otras tareas habituales del hogar, pasará a ganar, con retiro $4.064,08 por hora y $498.582,06 por mes y sin retiro, $4.337,53 por hora y $548.429,23 por mes.

 

Desde el sindicato local, apuntaron contra la administración nacional libertaria. “Castigó a la actividad perdiendo casi un 60 por ciento de salarios, cosa que los otros gremios no sufrieron, enmarcados en sus negociaciones colecticas”. Pero, hicieron hincapié en que “una nueva comisión de trabajo logró superar el 1% que el Ministerio de Economía puso como eje de negociación”. Según puntualizaron de cara a noviembre, se logró un 13,5% total sobre la escala de julio 2026, más un refuerzo no remunerativo de 20 mil pesos en agosto.

“No estamos satisfechos”, aceptó el secretario, quien mencionó: “Lo estaremos cuando recuperemos el agujero negro donde la gestión nos metió desde noviembre de 2023 a mediados de 2024.Si bien hemos logrado más que otros gremios importantes, no es suficiente”.

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…”la señora le explicó lo que tenía que hacer. Empezó por el dormitorio principal: abrió las ventanas para ventilarlo, retiró la ropa de cama, dobló el colchón de lana, y lo apaleó de ambos lados con una paleta de mimbre. Después lustró los espaldares de bronce hasta dejarlos relucientes, barrió el piso con un escobillón, y le dio lustre con un cepillo pesado. Repasó los muebles y el espejo de cuerpo entero. Hizo la cama con sábanas limpias y la cubrió con su hermosa colcha. Luego hizo lo mismo con los otros dormitorios, que eran tres. Después limpió los baños. Siguió con el comedor principal, el living, el comedorcito diario, y por último la cocina que funcionaba a leña. La cocina tenía una plancha que debía quedar impecable. Se limpiaba con una piedra de afilar y cenizas de volcán”.

(Mis dependencias, Rosario Bléfari.)

“Trabajamos invierno y verano bajo el sol por una miseria”. Elvira repite sobre las trabajadoras como ella: “Nosotras tenemos que poner el cuerpo. No es que vamos y nos quedamos sentadas. Tenemos que laburar y limpiar”. Según refiere, la tarea requiere un esfuerzo físico relevante y repetirlo día tras día durante tanto tiempo tiene consecuencias: “A mí me está pasando factura el cuerpo. Ya empiezan a doler los huesos, a doler las rodillas. Sin embargo, yo me agacho, limpio, me arrodillo y rasqueteo igual”, remarcó.

“Yo limpio, plancho, cocino y cuido a la nena. Todo eso en mis 8 horas diarias, pero solo me pagan por la limpieza”, continuó. Algunas de esas labores las repite en otras casas en las que hace las “changas” a las que llega a pie. “Tengo una Sube con la que voy a mi trabajo principal pero a los otros voy caminando para que me rinda la plata. Nosotras ponemos el lomo por un salario muy bajo que no alcanza para nada”, se quejó casi al borde del llanto.

Aunque más joven, a Romina también le duele el oficio. “Es un trabajo tranquilo, pero a veces cansador, con mucho desgaste físico”, sostuvo y detalló que su intervención incluye limpieza general de las viviendas, tendido de camas y lustre de muebles. Además, barre y baldea los patios y terrazas. Lo peor que le puede pasar –lo confiesa y se ríe–es que le pidan que planche.

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“No gano mucho con ellos porque no les cobro por horas, ni el transporte. No me dan la comida, por supuesto. Trabajo duro de verdad”.

(Manual para mujeres de la limpieza, Lucia Berlin.)

El desgaste corporal del trabajo en casas particulares es mucho más caro en estos días. Trabajar de sol a sol para que no alcance el dinero es demasiado. Encima, el porvenir es frágilmente difuso. Elvira, con sus 55, años expresa un hondo malestar: “Estoy a punto de llegar a una edad que ya no tendría que trabajar tanto. Sin embargo, lo hago más que antes porque no alcanza el dinero”, manifestó.

“Quisiera jubilarme dentro de 5 años, pero sé que no voy a poder. Voy a tener que seguir trabajando, porque si ahora con 4 casas no llego, imagínate si me jubilo”, analizó con algo de desesperación. El horizonte es bastante oscuro y Elvira intenta esforzase y seguir adelante: “Mi hija de 15 años me dice que va a salir a limpiar afuera para ayudar, pero yo quiero que ella estudie”, contó sobre el ánimo que pesa en su familia.  

Romina, por su parte, no renuncia a su sueño de seguir estudiando en la facultad. Hace un par de años comenzó una carrera en la UNR, pero ante la necesidad de dinero debió suspender el cursado. “En el futuro me veo trabajando de otra cosa, si Dios quiere, me gustaría irme a trabajar afuera”, dijo sobre el deseo que la impulsa en este presente gris.

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Las mujeres de la casa

En la economía resentida de los hogares, la supresión de ciertos “lujos” puede ser la opción para balancear las cuentas. Uno de ellos es contar con alguien que “ayude en la limpieza” de la casa o bien, cuide a los chicos. La situación provoca una caída del ingreso de las tranajadoras domésticas y al mismo tiempo, un esfuerzo extra para quienes deben encargarse de esos labores en casa que antes eran tercerizados, es decir, las mujeres de la casa.

“El trabajo doméstico es muy elástico con relación al ingreso. Es un servicio que cuando el salario real baja dejamos de contratarlo o lo hacemos por menos horas. Con la informalidad que tiene permite esta flexibilización en los mecanismos de contratación, se lo contrata por menos horas”, apuntó Barman.

La economista recurrrió al llamado “diamante del cuidado, un concepto analítico propuesto por la académica Shahra Razavi que identifica a los cuatro actores clave responsables de proveer y distribuir el cuidado en la sociedad. “Acá entra el Estado, el mercado, las familias y las comunidades. Siempre que hay un corrimiento de algunos de estos sectores aparece otro para suplantarlo. En este caso, el trabajo de casas particulares es de relación mercantil. Entonces si hay un corrimiento de este servicio brindado por trabajadoras de casas particulares, entendemos que aparecen las familias y allí se da una distribución desigual”, explicó.

En ese sentido, mencionó la última encuesta nacional de la distribución del tiempo que “habla de una distribución muy desigual entre géneros porque son las mujeres las que en gran parte se hacen cargo de estas tareas en los hogares que se realizan sumadas a las remuneradas en el mercado laboral tradicional”.

“Rápidamente si el ingreso de las familias baja, el servicio doméstico puede contraerse porque es muy informal. Este traslado no pasa en otras rubros porque si aumenta la prepaga la tenemos que seguir pagando. Pero, una puede suplantar las tareas de la casa con su propio tiempo, lo que se ve como una precarización de la vida tanto para esas mujeres que padecen un recorte en su poder adquisitivo como aquellas que encarnan esas tareas”, manifestó.