El conmocionante episodio de la Escuela Nº 40 de San Cristóbal (Santa Fe) que costó la vida a un adolescente de 13 años, causó un gran impacto en la comunidad educativa. Como cada vez que ocurren hechos tan extremos y dolorosos, las hipótesis son variadas y cada interlocutor describe un matiz distinto de protagonistas y situaciones. Ante una investigación que recién comienza, un interrogante se desprende y busca respuesta: al margen de si en esta oportunidad se trata o no de un caso psicopatológico, algo que se esclarecerá con el tiempo, ¿con qué herramientas reales cuentan las escuelas en caso de encontrarse con un diagnóstico de estas características, explícito o no?
La Ley Nacional de Salud Mental N° 26.657, sancionada en 2010, garantiza el derecho a la protección de la salud mental de todas las personas, priorizando la atención comunitaria, interdisciplinaria y con enfoque en derechos humanos. Busca eliminar la manicomialización, regulando internaciones y asegurando atención en hospitales generales.
En esa misma línea, en 2016, la 77ª Asamblea del Consejo Federal de Educación, a través de la resolución Nº 311/16, comunicó su decisión de “propiciar condiciones para la inclusión escolar al interior del sistema educativo argentino para el acompañamiento de las trayectorias escolares de los/as estudiantes con discapacidad”. Así, estudiantes con diversas discapacidades, distintos desarrollos madurativos y también diferentes trastornos mentales comenzaron a acceder a las escuelas comunes con un dispar grado de acompañamiento terapéutico.
Cuando suceden hechos como el de San Cristóbal (que emergen además, dentro de una escuela) el interrogante sobre la escuela común y el límite de sus posibilidades reales se reflota.
Diagnósticos psiquiátricos y violencia
“La mayoría de los pacientes psiquiátricos no son violentos”, aclara desde el comienzo el Dr. Bernabé Ibáñez, médico psiquiatra, docente y miembro de la Asociación de Psiquiatras de Argentina, en diálogo con Rosario3 y advierte que al tratarse de temas complejos, el análisis no puede ser reduccionista.
Alrededor del 50% de los trastornos psiquiátricos comienzan en la niñez y la adolescencia.
“Vivimos en una sociedad cada vez más violenta y en consecuencia, la escuela está cada día más atravesada por la violencia. Eso es un hecho. Pero, con respecto a los casos puntuales, siempre hay que tener mucho cuidado, ya que a veces tienen relación con la sociedad violenta y otras se vinculan a psicopatologías singulares. Aquí entramos en un terreno que en el consultorio cuesta pensar”.
Explica que el contexto el que desarrollamos nuestras infancias y adolescencias está influenciado por muchos factores, pero uno de ellos es intrínseco: la singularidad de cada persona, su nicho familiar y su genética. “Con «genética» nos referimos a que quizás hay una patología psiquiátrica no tratada o no diagnosticada; mal tratada o mal diagnosticada. En esa situación –señala– lo que vemos es un síntoma”.
“Si tenemos en cuenta que alrededor del 50% de los trastornos psiquiátricos comienzan en la niñez y la adolescencia (desde los más leves hasta los más graves) y hasta los 25 años se inicia el 75% de los cuadros psiquiátricos, tenemos que pensar que ese es un rango etario en el que van a emerger los diagnósticos”.
Admite que a veces se sobrediagnostican algunos cuadros y también se subdiagnostican otros y marca esto como un “gran problema”.
“Subdiagnosticar un cuadro psiquiátrico de los graves muchas veces puede generar que no haya tratamiento y cuando esto sucede, puede terminar mal: con en un cuadro psicótico, esquizofrenia o un trastorno bipolar, que son los más graves y suelen comenzar entre los 17 y los 25 años. También puede pasar –explica– que exista un cuadro psiquiátrico que esté tratado y aún así se produzca alguna descompensación.
Diagnósticos psiquiátricos e inclusión escolar
Para Ibáñez, “las escuelas no están preparadas para abordar esta situación, porque se trata de cuadros que requieren un abordaje integral y la escuela es un eslabón que puede servir para identificar y hasta para guiar algunas indicaciones terapéuticas que haga el equipo tratante, pero si la escuela no tiene los recursos humanos y materiales necesarios, no resulta eficaz. Sobre todo en los cuadros vinculados a hechos violentos”.
“Creemos que la verdadera inclusión es la de la sociedad, en línea con la ley de salud mental que propone un abordaje comunitario de la salud mental. Pregonar la inclusión de los cuadros psicopatológicos en las escuelas y en los ámbitos laborales necesita un articulado de red entre el equipo tratante. También depende de las características del cuadro y los distintos momentos de los pacientes. Por ejemplo: un paciente puede tener una etapa estable en la que puede hacer un montón de cosas y una inestable en la que no puede hacer ninguna. Es decir que incluir a estas personas requiere tener en cuenta un montón de detalles que no suelen darse en la práctica”.
Los docentes tienen el peor rol, porque están a cargo, y si alguno se queja, queda como el que discrimina.
El profesional explica que además de un acompañante terapéutico, tiene que haber un plan de acción, indicaciones, reuniones periódicas de equipo necesarias para que la inclusión sea un desarrollo y no sólo el título de una medida. “Como muchas cosas de salud mental, la inclusión tienen un muy lindo enunciado, pero como faltan los recursos, nos quedamos a mitad de camino. En esta tarea, los docentes tienen el peor rol, porque están a cargo, y si alguno se queja, queda como el que discrimina. Pero lo cierto es que a veces no están dadas las condiciones y muchos colegios que hablan de inclusión lo hacen con una carcaza y no tanto con el desarrollo”.
La escuela puede servir para identificar y guiar indicaciones terapéuticas que haga el equipo tratante, pero si no tiene recursos humanos y materiales necesarios, no resulta eficaz.
Añade que además de esto, hay que considerar la ruptura de algunas instituciones y los núcleos familiares alterados. “Entonces, muchas buenas intenciones terminan siendo contraproducentes”.
Consumos problemáticos
El tema de las adicciones –consumos problemáticos– en la adolescencia, “es un gran tema –afirma Ibáñez– porque es la edad de inicio. Lo que estamos viendo con más frecuencia es la problemática de las apuestas y la ludopatía. En este punto vemos una contradicción política muy grave, porque por un lado, se trata de asistir y de regular, pero por otro, tenemos apuestas on line todo el día desde el celular; las marcas deportivas (camisetas y publicidades) de la Selección Argentina de fútbol y de Newell's y de Central, están junto a las apuestas. Esto, claramente no ayuda. Y es lo que más estamos viendo”, señaló.
En relación con otro tipo de adicciones o trastornos de conducta alimentaria que solían tener mayor protagonismo en la vida de personas adolescentes, años atrás, el médico indicó que si bien siguen existiendo estos casos, el mayor crecimiento lo están notando en el juego patológico y las apuestas, que van de la mano de la naturalización.
“Los adolescentes tenían cierto criterio de que el consumo de drogas como cocaína y marihuana no es inocuo y tiene sus riesgos; en cambio, con el juego patológico no registran el riesgo. No registran que se activan circuitos cerebrales parecidos a los que activa el consumo de sustancias, de modo que la situación es peor todavía. Al no percibirse como algo dañino –afirma– la ludopatía es hoy uno de los consumos más difícil controlar entre adolescentes.