(Atlanta, Estados Unidos, enviada especial).- Hay partidos que no se analizan con la pizarra: se explican con el corazón. Lo que se vivió en Atlanta fue una verdadera batalla de supervivencia.

Argentina llegaba golpeada, al límite desde lo físico, y se notó. Sufrió, caminó por la cornisa y, una vez más, este equipo mostró ese espíritu de resiliencia que aparece cuando las papas queman.

Fue un desahogo monumental, en el sentido literal y simbólico. También para un país que volvió a volcarse a las calles a festejar como si se tratara de otra final del mundo.

Desorientación, críticas desde afuera y el desgaste que pasa factura

 

Desde el arranque, la Selección nunca logró sentirse cómoda. Se la vio desorientada, inconexa y sufriendo la presión de un Egipto que interpretó a la perfección el momento futbolístico del equipo de Lionel Scaloni.

El propio entrenador no anduvo con vueltas en la conferencia de prensa posterior al encuentro y volvió a remarcar el cansancio extremo de sus dirigidos, algo que también reconoció Nahuel Molina en la zona mixta. El trajín del Mundial empieza a pasar factura.

La tensión en las tribunas del Mercedes-Benz Stadium se podía cortar con un cuchillo. Incluso, en un sector de la platea donde compartimos el partido con hinchas extranjeros, aparecieron críticas hacia Lionel Messi que resultaron difíciles de comprender. Visiblemente extenuado y permanentemente rodeado por tres rivales, el capitán siguió intentando ser el faro de un equipo que nunca terminó de encontrar su mejor versión.

Al fútbol se juega con las piernas, pero cuando las piernas ya no responden, este plantel recurre al amor propio.

El sufrimiento, los fantasmas y el desahogo final

 

El desenlace tuvo todos los ingredientes de esos partidos que quedan grabados en la memoria del hincha argentino. Por el desarrollo, la paridad y el sufrimiento que se extendió hasta el último minuto, muchos en las tribunas y también en las redes sociales recordaron la final de Lusail frente a Francia. El fútbol tiene esa capacidad de llevarte al borde del abismo para, segundos después, hacerte sentir en la cima del mundo.

Cuando llegó el pitazo final, toda esa tensión acumulada se transformó en un grito ensordecedor. Un desahogo que recorrió las tribunas y cruzó miles de kilómetros.

Argentina vuelve a encontrar en el fútbol su gran cable a tierra. Miles de personas salieron a celebrar en cada rincón del país. En Rosario, la postal fue la de las grandes noches: el Monumento Nacional a la Bandera se tiñó de celeste y blanco, desbordado de hinchas que extendieron los festejos hasta la madrugada.

En Atlanta, mientras tanto, la marea albiceleste tampoco descansó. El alivio duró apenas unos minutos antes de que comenzaran las cuentas y los planes para seguir acompañando al equipo. El próximo rival saldrá del cruce entre Colombia y Suiza, pero muchos hinchas ya decidieron hacer un nuevo esfuerzo económico para viajar a Kansas y estar presentes en los cuartos de final.

Quedan tres partidos para llegar otra vez a la final del mundo. Y si algo quedó claro en esta noche de sufrimiento y desahogo es que, juegue donde juegue la Selección, el pueblo argentino volverá a estar ahí.