Argentina ya no es lo que supo ser. Esta definición, que podría aplicarse en numerosos campos, calza de forma perfecta en materia de educación. Porque los estándares de aprendizaje de los alumnos de todos los niveles ya no están entre los mejores del continente, y este es un dato que preocupa también de cara al futuro, ya que las actuales generaciones de chicos que están a mitad de secundaria serán los que, en una década o algo más, deberán impulsar su crecimiento. Un ‘Make Argentina Great Again’ que, según los resultados de las pruebas internacionales de educación, no aparece como lo más probable.

Una de las habilidades nodales para que los chicos y chicas argentinas aprendan, estudien y alcancen logros profesionales es la lectura, herramienta que se adquiere en los primeros años de escuela primaria. Pero según el divulgador científico y doctor en física Andrés Rieznik, se les está enseñando mal. Y ese es un error que, si no hay un cambio de modelo, arrastrarán luego por todo su recorrido académico y condicionará su crecimiento.

“A los chicos argentinos, desde hace ya varios años, se les está enseñando a leer por decodificación de palabras y no a partir de la correspondencia entre las letras y su determinado sonido”, explicó en Punto Medio (Radio 2). Y precisó: “Lo llamativo es que es algo que nos parece intuitivo, pero se dejó de hacer hace años en casi toda la Argentina, y en parte eso explica la tragedia educativa argentina”.

La diferencia no es menor. Según su planteo, aprender a leer no consiste en reconocer palabras como unidades completas, sino en comprender cómo se construyen a partir de sonidos. Ese paso previo es el que permite, más adelante, entender cualquier texto, incluso uno desconocido. O sea, impacta de lleno en la comprensión lectora, uno de los puntos más deteriorados y peor calificados en los estudiantes de nuestro país.

Un cambio de enfoque que quedó a mitad de camino

El origen de esta discusión no es nuevo. Rieznik lo ubica a comienzos del siglo XX, cuando estudios sobre el movimiento ocular en la lectura llevaron a pensar que los lectores expertos reconocen palabras enteras.

“Se descubre que cuando leemos, no vamos de izquierda a derecha de forma continua sino que nuestros ojos van dando saltos. Tres veces por segundo nuestros ojos se mueven rápidamente y luego fijan la mirada en un punto”, describió. A partir de esa observación, se instaló una idea que marcaría durante décadas la enseñanza: “Se pensó que, si los lectores expertos reconocen palabras, el niño podría aprender mejor si le enseñáramos a aprender cada palabra”.

Sin embargo, esa hipótesis no terminó de funcionar. “Era razonable en 1920. Pero se probó y no funcionó”, sostuvo. Y explicó por qué: “Para llegar a esa instancia de reconocimiento de las palabras, debés haber pasado primero por la etapa de reconocimiento del sonido de cada letra”.

Esa secuencia, según plantea, es la que se fue debilitando con el tiempo. Y ahí aparece uno de los núcleos del problema actual.

“En los últimos 30 años hay mucha evidencia de que la enseñanza debe ser explícita, sistemática y gradual, y en el caso de la alfabetización implica que se debe enseñar explícitamente el sonido de las letras”, señaló. Y reforzó la idea con una comparación directa: “Es algo esencial y básico: que no se haga es como si fueras a un hospital público y en vez de darte una vacuna te dieran flores de Bach”.

Las consecuencias de esa falla, agrega, no quedan acotadas a la lectura. “¿Cómo podés comprender un texto si no podés leer? Yo analizo las pruebas Aprender y no podemos evaluar cuánto saben de matemáticas porque no pueden comprender las consignas”, planteó.

No tener una correcta comprensión lectora impacta negativamente en todos los campos del aprendizaje.
No tener una correcta comprensión lectora impacta negativamente en todos los campos del aprendizaje. 

Leer antes de entender

La discusión suele plantearse en términos de comprensión: leer no es sólo decodificar. Pero para especialistas del área, esa afirmación puede volverse engañosa si se la interpreta como un punto de partida y no como un proceso.

Beatriz Diuk, investigadora del Conicet y asesora del Plan Raíz de Alfabetización, coincide en el diagnóstico general, aunque introduce un matiz: el cambio ya empezó en algunas provincias.

“Yo estoy de acuerdo en que se estaba enseñando mal, pero en muchas provincias esto cambió. Hay otras en las que no, y es una pena”, explicó. Y ubicó a Santa Fe dentro de ese grupo que empezó a revisar el enfoque: “Desde hace unos cuatro o cinco años se empezó a trabajar en las correspondencias entre letras y sonidos”.

La clave, según plantea, está en entender la secuencia del aprendizaje: “Por supuesto que leer es más que decodificar, pero en algún momento leer sí es decodificar. Si en primer grado no decodificamos, en cuarto no entendemos”.

Ese punto resulta central porque define cuándo y cómo intervenir. Si ese aprendizaje no ocurre en los primeros años de la escuela primaria, las dificultades tienden a arrastrarse.

Además, introduce una dimensión menos visible pero igual de relevante: la desigualdad. “Hay chicos de determinado nivel socio-educativo que ya llegan a primero conociendo el sonido de las letras y hasta empezando a formar palabras. Pero si no lo enseñamos en el aula de primero, dejamos afuera a los chicos de menos recursos. Y eso es antidemocrático”, advirtió.

En esa línea, también cuestionó materiales y prácticas que parten de un supuesto incorrecto: “Cuando uno ve materiales de esa corriente anterior, en primer grado todas las actividades son para chicos que ya saben leer. No hay letras, no hay trabajo con los sonidos de las palabras”.

Qué cambia en Santa Fe

En ese contexto, la provincia aparece como un caso donde el enfoque comenzó a modificarse. Según Diuk, ya hay políticas concretas orientadas a reforzar la enseñanza explícita de la lectura desde el inicio de la escolaridad.

“En Santa Fe se está distribuyendo para más de 50.000 chicos de primer grado un libro que se llama Palabras, Sonidos y Letras, un libro para trabajar correspondencias en el aula”, detalló. El objetivo es intervenir en el momento clave del proceso de alfabetización, cuando todavía es posible construir esa base de manera sistemática.

Ese cambio no implica resultados inmediatos ni soluciones mágicas. “No sé si podremos construir un milagro, pero no tengo dudas de que estamos revirtiendo todo lo malo que se hizo”, señaló. Y agregó: “Es un camino largo, no es mágico, pero estamos empezando a dejar de caer”.

El debate sobre la alfabetización no agota la discusión educativa, pero sí señala un punto de partida. Si la lectura es la herramienta que permite acceder a todos los demás aprendizajes, su enseñanza deja de ser un aspecto más del sistema para convertirse en una condición de base.

En ese sentido, la discusión no pasa sólo por mejorar resultados, sino por revisar los primeros pasos. Porque en esa instancia inicial —cuando un chico aprende o no aprende a leer— empieza a definirse buena parte de todo lo que vendrá después.