Fue un verano caliente en todo sentido el de fines de 1811 y principios de 1812. Los protagonistas de la Revolución de Mayo de 1810 se dividían entre quienes sostenían que el había que preservar los territorios de las Provincias Unidas del Río de la Plata para el rey Fernando VII, que estaba cautivo de Napoleón, y quienes empezaban a plantear la idea de la independencia.

Mientras tanto, las tropas realistas apostadas en Montevideo intensificaban los ataques contra las localidades costeras del río Paraná. Fue en ese marco que el Primer Triunvirato encargó el 24 de enero de 1812 a Manuel Belgrano partir hacia Rosario con un cuerpo de ejército para repeler desde allí las incursiones españoles. 

Dos semanas le llevó la marcha. El 7 de febrero de 1812 llegaron Belgrano y sus soldados al poblado que entonces era habitado por unas 600 personas. Según escribe el historiador Miguel Angel de Marco (h) en una publicación de la Fundación Rosario sobre la historia de la bandera, ingresaron por el Camino Real, la actual calle Buenos Aires. 

Una villa entusiasta

 

En el descampado que era en realidad la plaza principal, la actual 25 de Mayo, frente a la capilla y el cementerio que hoy es el patio de la Catedral, “aguardaba el cura párroco Julián Navarro, paisanos y las carretas que desde distintos puntos de aquella inconmensurable región de estancias, solían arribar en busca de provisiones en las pulperías y negociar la compra y venta de cueros, sebos y mulas”, escribe De Marco.

Belgrano ya era conocido en Rosario, que era una villa con casas de adobe y paja: la había visitado en 1810 en su campaña al Paraguay. No le costó que el vecindario apoyara la construcción de una batería artillada (una especie de fuerte militar) para impedir el paso del enemigo. Así, se terminó la que ya se había comenzado a levantar en 1811 en la zona que hoy ocupa el Monumento a la Bandera, a la que llamó Libertad. Además, se construyó una segunda batería, del otro lado del río, en las islas. Belgrano la llamó “Independencia”, algo que muestra a qué aspiraba el secretario de la primera junta de gobierno.

No fue extraño entonces que el abogado devenido en jefe militar solicitara al gobierno permiso para que sus soldados usaran una escarapela en lugar de, como sucedía hasta entonces, distintivos con los colores que representaban a España. La autorización llegó por un decreto de 1812, mediante el cual el Triunvirato creaba, según el diseño propuesto por Belgrano, una “escarapela nacional de las Provincias Unidas del Río de la Plata de dos colores, blanco y azul celeste, quedando abolida la roja con que antiguamente se distinguían”.

La palabra independencia volvió a aparecer en la respuesta que el coronel envió desde Rosario. En ese texto anunció que el 23 de febrero de 1812 entregó las escarapelas a sus tropas para que “acaben de confirmar a nuestros enemigos de la firme resolución en que estamos de sostener la independencia de la América”.

Pero ya había decidido ir por más. Y le pidió a la rosarina Catalina Echevarría de Vidal, en cuya casa se supone que se alojó, que cosiera una bandera con los mismos colores de la escarapela. 

La hora de la bandera

 

La bandera la presentó Belgrano el 27 de febrero. Hizo formar a sus tropas frente al nuevo distintivo y ordenó a sus oficiales y soldados jurarle fidelidad. “Juremos vencer a los enemigos interiores y exteriores, y la América del Sur será el templo de la Independencia y de la Libertad”, fue la frase de presentación.

Del acto participaron también los vecinos de Rosario y sus referentes. Como el cura Julián Navarro, que en 1813 después tuvo una destacada participación en la atención de los heridos de la batalla de San Lorenzo y años después acompañó al general San Martín en el cruce de los Andes, la propia Catalina Echevarría y Cosme Maciel, que como regidor del Cabildo de Santa Fe era la autoridad política de mayor rango y fue el primero en izar la bandera.

Pero el entusiasmo de Belgrano y los rosarinos no fue acompañado por el Primer Triunvirato, que vio en la acción de izar una bandera propia un acto de osadía desmedida. “El gobierno deja a la prudencia de V.S. mismo la reparación de tamaño desorden (la jura de la bandera), pero debe prevenirle que ésta será la última vez que sacrificará hasta tan alto punto los respetos de su autoridad y los intereses de la nación que preside y forma, los que jamás podrán estar en oposición a la uniformidad y orden. V.S. a vuelta de correo dará cuenta exacta de lo que haya hecho en cumplimiento de esta superior resolución”, reprendieron desde Buenos Aires a Belgrano.

Lo cierto es que el acto de Belgrano fortaleció el espíritu patrio de la villa, que colaboró activamente en la consolidación de las baterías defensivas en aquellos días calurosos. Algo que el propio coronel destacó en cartas a amigos y en sus comunicaciones al gobierno. “La gente está muy animosa”, le escribió por ejemplo a su amigo Celedonio Castillo. “Necesito carne, azúcar y yerba para los vicios de estos paisanos. Trabajan todo el día, arriba en la alta barranca y abajo al pie de ella. El sol es abrasador”, sostuvo en una nota al Triunvirato.

Bandera no, bandera sí 

Según cuenta el historiador Felipe Pigna, Belgrano no se enteró de la impugnación del Triunvirato a su decisión de elaborar e izar la bandera hasta varios meses después de emitida la resolución. Por eso la siguió usando y la hizo bendecir el 25 de mayo de 1812 en la Catedral de Jujuy por el sacerdote Juan Ignacio Gorriti.

En julio recibió finalmente la intimación y contesta indignado: “La desharé para que no haya ni memoria de ella. Si acaso me preguntan responderé que se reserva para el día de una gran victoria y como está muy lejos, todos la habrán olvidado”.

Pigna agrega que “en octubre de 1812 caía el Primer Triunvirato y las cosas comenzaban a cambiar. El Segundo Triunvirato, bajo la influencia de la Logia Lautaro creada por San Martín y la Sociedad Patriótica dirigida por Bernardo de Monteagudo, dio un nuevo impulso a la guerra revolucionaria, avaló lo actuado por Belgrano y éste pudo hacer jurar la bandera por sus tropas a orillas del río Pasaje, que desde entonces se llama Juramento”.

Lo cierto es que las idas y vueltas en torno al máximo símbolo patrio no terminaron. Por un lado, en 1816, el Congreso de Tucumán se encargó de desagraviar a Belgrano de aquel famoso reto del Triunvirato reivindicando su actuación patriótica y ratificando la bandera “celeste y blanca que se ha usado hasta el presente y se usará en lo sucesivo” como símbolo nacional. 

Pero Juan Manuel de Rosas mandó a oscurecer el celeste que pasó a ser azul. Según explica Pigna, fue para evitar confusiones ya que sus opositores unitarios se identificaban con el color celeste. Tras la caída de Rosas en 1852, se recupera el color celeste.

Sarmiento, Roca y después

 

El uso de la bandera en casas y edificios para las fechas patrias lo autorizó Domingo Faustino Sarmiento en 1869. Pero Roca en 1884 volvió a limitar su uso a las reparticiones oficiales como escuelas, cuarteles y barcos. 

Acto de promesa a la bandera en el Monumento (Alan Monzón).

La discusión por los colores, sostiene Pigna, tampoco terminó, hasta que en 1944 el presidente Farrell estableció por decreto que: “La bandera oficial de la Nación es la bandera con sol. Los colores están distribuidos en tres franjas horizontales celeste, blanca y celeste. El sol, con los treinta y dos rayos flamígeros y rectos, será del color amarillo del oro”. Esta bandera fue durante mucho tiempo la bandera llamada «de guerra» y quedó reservada a los actos oficiales. Finalmente, en 1985, durante la presidencia de Raúl Alfonsín, se autorizó a todos los argentinos a usar la bandera con el sol en el centro.

Cuna y Monumento

 

Mientras tanto, en Rosario, el hecho de haber sido el lugar donde se creó la bandera se convirtió en la principal marca de identidad de una ciudad que crecía sin pausa, muy lejos de aquella villa de 600 habitantes a la que llegó Belgrano el 7 de febrero de 1812.

Esa idea se consolidó con el proyecto de levantar el Monumento a la Bandera y homenajear la gesta de Belgrano. La piedra fundamental se colocó el 9 de julio, justamente Día de la Independencia, de 1898 por impulso del entonces intendente Luis Lamas. Pero, también sujeta a los vaivenes de la política nacional, recién en 1943 comenzó la construcción a cargo del arquitecto Ángel Guido, autor del proyecto, y los escultores Alfredo Bigatti y José Fioravanti. Fue inaugurado el 20 de junio de 1957, aniversario de la muerte del creador de la enseña patria, en el mismo lugar que se supone que flameó por primera vez.