El robo de una cápsula de cesio-137 de una institución médica de Rosario y la alerta nacional activada en las últimas horas preocuparon a la población y, aunque desde el gobierno nacional aclararon que “el riesgo es muy bajo”, muchos recordaron la trama de la serie Emergencia radiactiva, recientemente estrenada en Netflix y con amplia repercusión en toda América Latina.
El cesio-137 es un elemento radiactivo artificial que se genera como subproducto de la fisión nuclear en reactores y armas nucleares. Emite radiación gamma, altamente penetrante, y tiene usos industriales y médicos, fundamentalmente para diagnósticos y tratamientos oncológicos.
Las autoridades nacionales pidieron no tocar la cápsula bajo ningún concepto en caso de encontrarla y dar aviso a las autoridades.
El antecedente más grave de un hecho similar es el llamado “accidente radiológico de Goiânia”, en Brasil, que se retrata en la mencionada producción audiovisual de Netflix.
El accidente radiológico de Goiânia, ocurrido en septiembre de 1987 en Brasil, es considerado el mayor desastre de contaminación radiactiva de la historia fuera de una instalación nuclear. La tragedia comenzó cuando dos recolectores de chatarra ingresaron a una clínica de radioterapia abandonada y retiraron un equipo médico que contenía cesio-137, una sustancia altamente radiactiva utilizada en tratamientos contra el cáncer.
Sin saber el peligro que encerraba el aparato, los hombres lo trasladaron a sus viviendas y comenzaron a desarmarlo para vender sus partes metálicas. Durante el proceso rompieron la cápsula que protegía el material radiactivo. Poco después empezaron a sufrir vómitos, diarrea y mareos, síntomas que fueron atribuidos erróneamente a una intoxicación alimentaria.
Días más tarde, los restos del equipo fueron vendidos a una chatarrería. Allí, el propietario, Devair Ferreira, quedó fascinado por el extraño brillo azul que emanaba del cesio expuesto. Convencido de que se trataba de algo valioso o extraordinario, llevó la cápsula a su casa y la mostró a familiares, vecinos y amigos, sin sospechar que todos estaban siendo expuestos a niveles peligrosos de radiación.
La contaminación se expandió rápidamente. Fragmentos del material radiactivo circularon entre distintas familias y algunas personas llegaron a frotarse el polvo brillante sobre la piel como si fuera purpurina. Entre quienes estuvieron en contacto con el cesio se encontraba Leide das Neves Ferreira, una niña de seis años que jugó con el material e incluso ingirió parte de él.
Durante más de dos semanas nadie comprendió el origen de las enfermedades que comenzaban a multiplicarse en distintos puntos de la ciudad. Los afectados presentaban náuseas, diarrea, fiebre, caída del cabello y lesiones en la piel, pero los diagnósticos médicos iniciales no contemplaban la posibilidad de una exposición radiactiva.
La situación comenzó a aclararse cuando María Gabriela Ferreira, esposa del dueño de la chatarrería, relacionó el misterioso objeto con la enfermedad de sus familiares. El 29 de septiembre llevó la cápsula a las autoridades sanitarias y advirtió que aquello estaba enfermando a las personas. Ese mismo día, el físico Walter Mendes Ferreira confirmó que se trataba de una fuente radiactiva extremadamente peligrosa.
La confirmación del accidente desencadenó una operación de emergencia sin precedentes en Brasil. Equipos de la Comisión Nacional de Energía Nuclear, junto con especialistas nacionales e internacionales, desplegaron un amplio operativo para identificar las áreas contaminadas y asistir a las víctimas. Un estadio de fútbol fue convertido en centro de evaluación sanitaria para miles de personas.
Más de 112.000 habitantes fueron sometidos a controles radiológicos. Las autoridades detectaron contaminación significativa en 249 personas, mientras que decenas requirieron hospitalización. Los casos más graves fueron trasladados a centros especializados para recibir tratamiento intensivo.
La descontaminación demandó medidas drásticas. Varias viviendas fueron demolidas, se retiraron toneladas de tierra contaminada y se destruyeron muebles, vehículos, electrodomésticos y otros objetos expuestos al cesio. En total, se generaron miles de toneladas de residuos radiactivos que fueron confinados en instalaciones especialmente construidas para ese fin.
El saldo humano fue devastador. Cuatro personas murieron a causa del síndrome agudo de radiación, entre ellas la pequeña Leide y María Gabriela Ferreira. Decenas de sobrevivientes sufrieron secuelas físicas y psicológicas permanentes, mientras que cientos de familias quedaron marcadas por el trauma y la estigmatización social.
La investigación posterior reveló una cadena de negligencias. El equipo de radioterapia había permanecido abandonado durante años sin medidas de seguridad adecuadas ni controles efectivos por parte de las autoridades. Esa combinación de abandono institucional, desconocimiento y precariedad social fue determinante para que el accidente alcanzara semejante magnitud.
Casi cuatro décadas después, el caso Goiânia sigue siendo estudiado en todo el mundo como una advertencia sobre los riesgos asociados al manejo de materiales radiactivos.



