Mientras Colombia aún intenta dimensionar el saldo humano y los daños estructurales provocados por el terremoto de magnitud 7,4 que sacudió al país hace seis días, una instancia que Venezuela ya había atravesado poco tiempo antes, en el resto del continente americano flota una pregunta inquietante: ¿a nosotros también nos puede pasar lo mismo?

Desde ya, el riesgo sísmico no es el mismo en todos los países de América del sur, como tampoco lo es en las diferentes provincias en las que se divide el territorio de un país extenso como el nuestro: depende de la combinación de factores tales como la peligrosidad geológica y la vulnerabilidad social.

Por ende, la ubicación relativa a los límites de las placas tectónicas (que marca la frecuencia e intensidad de los sismos) junto la seguridad de las construcciones antisísmicas y la preparación ciudadana pueden marcar la diferencia entre un sismo con consecuencias devastadoras y otro que no.

En estas últimas semanas se viralizó un mapa de amenaza sísmica actualizado en 2022 por el Instituto Nacional de Prevención Sísmica (INPRES), que divide a Argentina en diferentes zonas de peligrosidad en función de la probabilidad de registrar movimientos telúricos intensos, y allí, afortunadamente, Santa Fe habita la categoría más baja. Pero eso: ¿significa que nunca vamos a sufrir un terremoto?

Poco probable, pero no imposible

La actividad sísmica argentina se concentra fundamentalmente hacia el centro-oeste y noroeste, vinculada a la interacción de las placas de Nazca y Sudamericana, mientras que el centro-este presenta niveles considerablemente menores. Pero esto no equivale a decir que en Santa Fe sea físicamente imposible que ocurra un sismo, sino que la probabilidad de movimientos fuertes y destructivos es mucho más baja que en provincias como San Juan o Mendoza.

Según Iván Novara, doctor en Física e investigador del Conicet, “Santa Fe, al igual que Buenos Aires, es una provincia que está en riesgo muy bajo, así que no hay de qué preocuparse. Las probabilidades son escasas, aunque eso no significa que nunca vaya a ocurrir algo”.

Diferente es el caso de Córdoba, una de las provincias aledañas a la Bota: “En territorios donde hay sierras o montañas, como San Luis o Córdoba, hay fallas. Y cuando hay fallas activas, hay un peligro sísmico. De hecho, en Córdoba ocurrió uno de 3 puntos hace unas semanas, pero no trascendió tanto porque fue de baja magnitud. Y a nosotros, lateralmente algo nos vincula”.

Según Novara, una falla es una fractura de la corteza terrestre en la que pueden desplazarse bloques de roca. Cuando la tensión acumulada provoca un movimiento brusco en esa fractura, se genera un sismo. Pero que exista una falla no significa necesariamente que vaya a producirse un terremoto; el riesgo está asociado, entre otros factores, a que esa falla se encuentre activa y sea capaz de generar nuevos desplazamientos.

El mapa de riesgo sísmico con el que el INPRES rige las construcciones sismoresistentes.
El mapa de riesgo sísmico con el que el INPRES rige las construcciones sismoresistentes.

Por qué San Juan y Mendoza juegan otro partido

Si Santa Fe aparece entre las zonas más tranquilas del mapa sísmico argentino, en el extremo opuesto se encuentran San Juan y Mendoza, las dos provincias con mayor peligrosidad. La explicación está debajo de nuestros pies y, más precisamente, en el lento pero permanente movimiento de las placas tectónicas.

“La placa del fondo del océano Pacífico, que tiene unos 80 kilómetros de espesor, se está metiendo por debajo del continente sudamericano a razón de 6 centímetros por año”, explicó Novara. Ese proceso, conocido como subducción, es producto del desplazamiento de la placa de Nazca por debajo de la Sudamericana y constituye una de las principales causas de la intensa actividad sísmica que caracteriza al oeste argentino.

A la altura de San Juan y Mendoza se produce además una particularidad. “El fondo oceánico se introduce de manera horizontal, y eso presiona tanto sobre la superficie de ambas provincias que levanta un montón de fallas”, explicó el investigador.

La historia permite dimensionar de qué estamos hablando. El 23 de noviembre de 1977, el terremoto de Caucete, en San Juan, alcanzó una magnitud de 7,4 y una intensidad máxima de IX en la escala Mercalli Modificada. Su fase destructiva se prolongó durante más de un minuto, provocó 65 muertes y más de 300 heridos graves, además de enormes daños materiales.

“Para que tengamos una idea, aquel sismo levantó una montaña un metro”, graficó Novara.

Pero las tragedias también dejaron enseñanzas. San Juan desarrolló con el paso de las décadas una fuerte cultura de prevención y construcción sismorresistente, con normas destinadas a conseguir que los edificios soporten movimientos de gran intensidad sin colapsar.

“A partir de ahí, la provincia cambió una norma de construcción para que la ciudad sea sismorresistente. Y todo San Juan es un ejemplo a nivel mundial de cómo lograr construcciones que eviten grandes tragedias. Los edificios que se construyeron ahí son para resistir sismos muy altos. San Juan y Mendoza son muy estrictos porque aprendieron”, sostuvo.

¿Se puede saber cuándo va a ocurrir un terremoto?

Actualmente no existe un método científicamente validado que permita predecir un terremoto indicando con precisión su lugar, fecha y magnitud. Lo que sí puede hacer la ciencia es estudiar la peligrosidad de una región, analizar las fallas y los antecedentes sísmicos y, en algunos países, detectar el comienzo de un terremoto para advertir a la población segundos antes de que lleguen las ondas más destructivas.

“Los sismógrafos van registrando movimientos. Apenas sucede un sismo, lo primero que sale es una onda muy rápida que casi no se siente. En Japón, esa onda activa un aviso en celulares que le da a la población entre 15 y 20 segundos para que pueda resguardarse”, explicó Novara.

No se trata, por lo tanto, de predecir el terremoto antes de que comience, sino de ganarle unos segundos. El sistema detecta las primeras ondas generadas por el sismo y dispara una alerta antes de la llegada de aquellas que producen los movimientos más fuertes. Ese breve margen puede permitir detener transportes, interrumpir determinados procesos industriales y, sobre todo, que las personas adopten medidas de protección.

“Si están en planta baja, salir; si están en planta alta, no salir y resguardar la cabeza debajo de una mesa, por ejemplo. Eso permite salvar muchas vidas”, señaló el investigador.

¿Y los terremotos que acaban de producirse en otros lugares de Sudamérica pueden constituir una advertencia de que algo semejante está por ocurrir en Argentina? Novara es terminante: no existe ese efecto dominó a semejante distancia.

“No es que por el hecho de que haya ocurrido en Venezuela y luego en Colombia habrá una sucesión y dentro de un tiempo ocurrirá acá. No están relacionados los sismos, no hay manera de que repercuta acá. En la sismología, un sismo de 7 puntos no está vinculado a otro sismo de 7 puntos a una distancia lejana; sí un sismo puede desatar otro en un lugar cercano”.

Incluso los movimientos registrados en Venezuela y Colombia respondieron, según explicó, a mecanismos diferentes: “Lo que ocurrió en Venezuela es un sismo superficial de una falla. En Colombia fue otro el mecanismo: esa placa que se está metiendo por debajo hizo un sismo intraplaca. Pero el mecanismo entre ambos fue diferente”.

Tampoco el cambio climático aparece detrás de terremotos de semejante magnitud. Novara explicó que existen investigaciones acerca de pequeños movimientos inducidos por modificaciones en las enormes cargas que soporta la corteza terrestre, por ejemplo a partir del derretimiento de glaciares, pero se trata de fenómenos de otra escala.

“Hay estudios que afirman que si a una montaña le sacás millones de toneladas de hielo de arriba, tenderá a compensarse y a moverse verticalmente. Y por eso hay ciertos sismos que pueden ser inducidos por el cambio climático, pero de una intensidad muy baja. Lo mismo con la extracción de petróleo”, explicó.

Así, para quienes vivimos en Rosario y el resto de Santa Fe, la conclusión permite cierta tranquilidad: estamos lejos de las zonas argentinas de mayor peligrosidad sísmica y la posibilidad de experimentar un terremoto destructivo es baja. No es cero, porque difícilmente la geología admita semejante certeza, pero tampoco los grandes terremotos ocurridos a miles de kilómetros constituyen una señal de que el próximo pueda estar acercándose hacia nosotros.