Luego de la confirmación de que el papa León XIV visitará la Argentina en noviembre próximo, reaparece una pregunta: ¿por qué su antecesor, Francisco, el papa argentino, nunca regresó a su país? A lo largo de todo su pontificado, esa inquietud fue recurrente en la agenda mediática y política nacional. 

Lo que para muchos se redujo a una simple cuestión de voluntad personal, para el archivo periodístico e institucional representó un rompecabezas complejo de factores cruzados.

A través de declaraciones del propio Pontífice, voceros del Vaticano, biógrafos autorizados y su círculo más cercano, no existe una sola respuesta, sino una serie de versiones y contextos que explicaron por qué el viaje nunca llegó a concretarse.

El fantasma de la "grieta" y la utilización política

 

Esta es la hipótesis de mayor peso en el análisis político. La extrema polarización que atravesó a la Argentina durante más de una década convirtió cada gesto, palabra o reunión del Papa en un elemento de disputa partidaria.

El propio entorno de Bergoglio dejó entrever en múltiples ocasiones que el Pontífice temía que su presencia profundizara las divisiones en lugar de unirlas. El riesgo de ser instrumentalizado por los distintos gobiernos de turno actuó como un freno constante para la planificación de su regreso.

La opción prioritaria por las “periferias”

 

Desde que asumió la cabeza de la Iglesia Católica en 2013, Francisco trazó una línea clara para sus viajes internacionales: priorizar los países alejados de los centros tradicionales del catolicismo, las naciones golpeadas por la guerra o con minorías religiosas.

En varias conferencias de prensa a bordo del avión papal, el Santo Padre reiteró que su prioridad pastoral eran las periferias mundiales. Bajo esa perspectiva, naciones con histórica tradición católica, como Argentina o la propia Italia, quedaron en un segundo plano.

El plan concreto de 2017 y el “factor Chile”

 

Aunque suele creerse que nunca hubo intenciones reales de viajar, los registros documentan que la visita a la Argentina estuvo formalmente agendada para fines de 2017 dentro de una gira que incluía a Uruguay y Chile.

Sin embargo, el calendario electoral chileno obligó a mover la visita a ese país para enero de 2018. El propio Francisco explicó años después que ese cambio alteró la logística regional, ya que planificar un viaje a la Argentina durante enero resultaba inviable por el receso estival de las instituciones locales.

Bergoglio se convirtió el 266º papa de la Iglesia católica el 13 de marzo de 2013.
Bergoglio se convirtió el 266º papa de la Iglesia católica el 13 de marzo de 2013.

La trampa del calendario electoral argentino

El protocolo diplomático de la Santa Sede establece como regla general no realizar visitas apostólicas a países que se encuentren atravesando períodos electorales, para garantizar la neutralidad institucional de la Iglesia.

Debido a la frecuencia de los comicios en Argentina, que renueva cargos cada dos años entre las elecciones primarias y generales, las ventanas de oportunidad política y diplomática libres de dinámicas de campaña resultaron escasas durante todo su pontificado.

El deterioro físico y las restricciones de salud

 

En la etapa más reciente, la evolución de la salud de Francisco sumó un obstáculo estrictamente biológico. Una visita a la Argentina no hubiera podido limitarse a un recorrido por la Capital Federal, sino que habría exigido un itinerario multitudinario e itinerante por varias provincias.

Los problemas de movilidad derivados de su afección en la rodilla, el uso de silla de ruedas y las sucesivas intervenciones quirúrgicas redujeron drásticamente la capacidad operativa para sostener una gira de esa magnitud.

El cierre de un ciclo personal en Buenos Aires

 

Diversos analistas y biógrafos del Papa coincidieron en remarcar el componente psicológico y afectivo de su partida en marzo de 2013. Al asumir la conducción de la Iglesia universal, Bergoglio entendió que su etapa pastoral en la Argentina había concluido definitivamente.

Retornar a su tierra natal significaba reencontrarse con dinámicas, afectos y conflictos de su antiguo rol como arzobispo, algo que prefirió mantener al margen para concentrarse de lleno en su misión global en el Vaticano.