El interés por Lemuria, el hipotético continente perdido que según creyentes albergó una civilización avanzada vinculada a seres extraterrestres, se reavivó en los últimos días tras nuevas investigaciones sobre una masa de tierra sumergida en el Océano Índico. Sin embargo, la ciencia marca un límite claro: lo que sí existe es Mauritia, un fragmento geológico real, y no hay pruebas de civilizaciones prehumanas ni de ADN alienígena.
La historia de Lemuria nació en 1864, de la mano del zoólogo y biogeógrafo británico Philip Sclater. Intentando explicar por qué se habían hallado fósiles de lémures similares en India y Madagascar, pese a estar separados por miles de kilómetros de océano, propuso que ambas regiones habían estado conectadas por un puente terrestre que luego se hundió. "En Madagascar y las islas Mascareñas conservamos vestigios de este gran continente, para los cuales propongo el nombre de Lemuria", escribió entonces, según publicó el diario británico Daily Mail.
La idea se popularizó en el siglo XIX, pero fue descartada por la ciencia cuando la teoría de la deriva continental explicó que India y Madagascar habían formado parte del mismo supercontinente. Sin un misterio fósil que resolver, Lemuria dejó de ser necesaria para la geología, pero sobrevivió en los márgenes del ocultismo y las teorías de la conspiración.
Esa transformación tuvo una figura clave: Madame Helena Petrovna Blavatsky, fundadora del movimiento teosófico. En su libro de 1888, La Doctrina Secreta, describió siete "razas raíz" de la humanidad, entre ellas los lemurianos, a los que representó como criaturas que ponían huevos y cuya civilización habría sido destruida tras el descubrimiento del sexo, hundiéndose bajo el mar y dejando solo a Australia y la Isla de Pascua. No era una conclusión científica, sino especulación espiritual.
Con el tiempo, la leyenda se volvió aún más extraña. Se asoció al Monte Shasta, en el norte de California, donde según creyentes los sobrevivientes lemurianos habrían fundado una ciudad subterránea llamada Telos. Visitantes aseguran haber visto figuras de dos metros con túnicas cerca de la cima, sin ninguna prueba física. Más tarde, la historia se fusionó con la del supuesto continente Mu, popularizado por el escritor británico James Churchward, quien afirmó que una civilización tecnológicamente avanzada de hace 50.000 años dio origen a Egipto, los mayas y Babilonia.
En esa fusión nacieron las versiones más extremas que hoy circulan: Lemuria como refugio de "semillas estelares" con ADN alienígena, de refugiados del planeta Maldek -que habría orbitado entre Marte y Júpiter y cuya destrucción habría creado el cinturón de asteroides- y como escenario de guerras nucleares prehistóricas. La Sociedad Aetherius, por ejemplo, sostiene que los habitantes de Maldek se destruyeron con una bomba de hidrógeno y que los sobrevivientes fundaron Lemuria, que a su vez habría caído por otro conflicto atómico. El autor Nigel Watson, especialista en encuentros extraterrestres, explicó que estas teorías provienen de escritura automática, mensajes psíquicos e interpretaciones de textos sagrados como el Génesis -"El Señor hizo llover sobre Sodoma y Gomorra azufre y fuego"- y no de evidencia material.
Lo que sí es real, y lo que reavivó el interés, es Mauritia. Descripta en un artículo científico en 2013 y con nuevas pruebas presentadas en 2017, es un fragmento continental que quedó tras la desintegración de Gondwana, el supercontinente que existió hace unos 200 millones de años. Sus restos estarían dispersos y cubiertos de lava bajo el Océano Índico.
La pista clave fue el circón, un mineral muy resistente. Circones hallados en la isla de Mauricio fueron datados en unos 3.000 millones de años, a pesar de que las rocas volcánicas expuestas de la isla no tienen más de 9 millones de años. Esa diferencia de edad reveló la presencia de corteza continental antigua debajo. Hoy los científicos utilizan inversión gravimétrica para calcular el espesor de la corteza oceánica e identificar porciones que podrían permanecer intactas.
Hasta ahora, la investigación podría aclarar el tamaño y la forma de Mauritia, pero no encontró ruinas, artefactos ni restos de ninguna civilización inteligente, y mucho menos vínculos con Lemuria, descendientes extraterrestres o guerras nucleares. El puente entre ambos es una construcción de creyentes que relacionan un descubrimiento geológico auténtico con una leyenda que evolucionó durante más de 160 años.



