En los pasillos del barrio se aprende a mentir. No es un vicio: es una herramienta. Se miente para sobrevivir al dolor, para agrandar una esperanza, para disimular la vergüenza o para provocar una envidia que funcione como refugio. La verdad, ahí, no siempre sirve. Se estira, se maquilla, se esconde. Cada historia tiene su versión mejorada, su parte inventada, su silencio necesario. En esas trincheras donde la vida aprieta todos los días, la mentira no es una excepción: es parte del lenguaje.
En el territorio donde el narco delito ordenó la economía, también se miente por conveniencia. Nadie vende drogas, pero todos saben quién lo hace. Siempre es el otro: el de la casa de al lado, el del pasillo del fondo, el ciego, su madre, el pibe del fondo. La rueda gira con esa lógica: negar para seguir, señalar para correrse. Mariana y Emanuel viven ahí, en ese borde difuso entre lo que se dice y lo que se hace. Él, ciego tras un disparo de un policía corrupto que “dice” no era para él, sino para su hermano. Ella, rodeada de historias donde la droga está siempre cerca, aunque nadie —nunca— la reconozca como propia. Porque en ese mundo, la verdad también puede ser un lujo que no se pueden permitir.
La casa está húmeda. Emanuel, el ciego, recibe al cronista mientras arregla un escape de agua del baño. La humedad no es solo una mancha en la pared: es una forma de vivir. Se pega en la ropa, en los huesos, en el ánimo. Cuatro niñas duermen ahí junto a Mariana y Emanuel, en dos camas de dos plazas amontonados en la planta superior de la casa. En ese espacio donde la lluvia se filtra como si también quisiera entrar a mirar. En la pared cuelga un televisor grande. Pegado al sillón una motocicleta nueva oculta bajo una manta junto a un triciclo viejo que monta otra de las niñas. En las manos de la más pequeña un ostentoso iPhone. Y en la cocina casi nada.
Mariana habla y Emanuel escucha desde un cuerpo que ya no responde. Hace cuatro años un disparo le cambió el mapa del cuerpo y también el destino de la familia. Antes, según dicen, había trabajo. Había un ingreso. Había una rutina. Después, la caída. La lenta caída que no hace ruido, pero arrastra todo.
El barrio ofrece salidas. Algunas están a la vista. Otras no se dicen, pero se saben. El narcomenudeo es una economía que funciona. No exige currículum, ni horario, ni paciencia. Solo una decisión. Y después, sostenerla. Mariana lo conoce. Lo vive cerca. Lo tuvo en la puerta. El año pasado fueron detenidos después de un allanamiento. Tenían droga en la vivienda que según dijeron era de la madre de Emanuel. En el procedimiento junto a las niñas, el ciego en el sillón y la humedad de las paredes, Mariana explicaba que ello solo debía “aguantar en su casa lo que le daba su suegra”.
Y guardó. Por miedo, por necesidad, por las monedas que alcanzaban para un plato de fideos. “Me daban tres mil pesos por día, era una miseria, no podía arriesgarme por las niñas”, cuenta entre lágrimas.
Ser empleado del mundo narco es también perder el control del propio cuerpo. Ser narco y mujer también incluye otros servicios: “estar a disposición para la intimidad del otro”, según detalla con vergüenza la mujer. A su lado Emanuel, el hombre sin ojos, da detalles del sometimiento meneando el puño cerrado con la seña que la rusticidad de la calle tiene para eso.
Juran que ellos no venden. Sus vecinos dicen otra cosa. Frente a la cámara del canal dan una versión mientras insisten en pedir auxilio, comida, dinero, cosas para vender. “No es más fácil vender”, pregunta el cronista. Mariana dice que no. Lo dice con una convicción que no siempre es firme, pero es real. Porque sabe lo que viene después: la plata rápida, la dependencia, la violencia, la amenaza constante. “Vos te metés y estás dando droga a tu familia”, resume.
Entonces aparece la otra escena. La que suena a mentira, pero también a deseo. Piden que les donen harina, grasa y carbón, para vender tortas asadas. La idea de salir a la puerta, prender fuego el carbón y juntar 15 mil pesos en un día. Comer de eso. Vivir de eso. Una economía mínima, casi ingenua, frente a la maquinaria aceitada del delito.
Comen una vez al día. A veces ni eso. Las chicas lo saben. La más grande lo dijo sin vueltas: “Vamos a pedir. No quiero que te pase algo”. La frase no es solo una súplica. Es una ética. Una línea trazada por una nena que entendió antes que los adultos el precio de ciertas decisiones.
En el barrio, todos miran. Y todos suponen. Si tenés un teléfono, si hay una moto, si hay un televisor, entonces vendés. Entonces estás en eso. La pobreza también es sospecha. No hay derecho a tener algo sin explicar demasiado de dónde viene.
También hubo colectas. Desde los medios, desde la buena voluntad amplificada por la urgencia, llegaron campañas para juntar dinero y sostenerlos. Y en ese ida y vuelta, Mariana y el ciego aprendieron rápido el idioma de la culpa social: ese punto exacto donde el dolor narrado empuja a quien escucha a meter la mano en el bolsillo. Ellos aprendieron que existe una forma de pedir sin sentarse en la esquina. Somos parte de una economía emocional que circula entre micrófonos, pantallas y transferencias, donde la ayuda es real pero también lo es el oficio de saber provocarla. Su alias es lastresprincesas22 (en homenaje a sus tres hijas) y lo distribuyen a quien quiera escuchar la historia contagiado de pena.
–Tenes tres hijas, pero veo a cuatro niñas?
–Si, con nosotros también vive la hermana de Emanuel de 12 años. Se la sacamos a la madre porque ella no puede estar al lado de una mujer que hace todo lo que hace ella. Le ha puesto droga en sus partes intimas para esconderla. Le pega, la castiga, la trata muy mal.
Mariana se defiende como puede. Publica en redes. Pide un paquete de fideos, un poco de arroz. Recibe negativas, reproches, desconfianza. “Andá al pasillo”, le dicen. Como si el camino ya estuviera marcado.
“Pongo una verdulería, se me pudren las cosas. Mi kiosco lo cerré porque ya se comió las masitas. No tengo como salir adelante y lo poco que cobro. Si yo tuviese una pensión, tal vez sería más fácil. O sea, me pondría un kiosco, saldría afuera con el carro, haría roquita, torta frita. Siempre fui a buscármela”, dice.
– ¿No pensás en ellas? ¿cómo van a vivir?
–Sí. Cuando la primera vez guardé las cosas (la droga), la más grande me dijo, ma´ no quiero. Porque si a vos te pasa algo, nosotros quedamos solas. Me dolió en el alma. Le dije que lo hacía por necesidad para comer. Y ella me dijo, vamos a pedir. No me importa, que pasemos vergüenza. Llegué a pensar también de volver a hacerlo. Llega un momento que la desesperación te lleva a tantas cosas.
–¿Y no llegás a eso?
–No, pero lo pensé muchas veces porque me duele, me duele que ellas acuesten con la panza vacía.
En ese rincón del infierno no todos eligen igual. O no todos pueden elegir igual todo el tiempo. La tentación está ahí, al alcance de la mano. Vender droga, esconderla, traficarla de casa en casa es fácil. Es diario, concreto, urgente. No es una discusión moral abstracta: es cultural, es barrio, es hambre. Es la panza vacía de cuatro niñas, aunque curiosamente una de ellas tenga un iphone en la mano. Es un hombre que no podrá trabajar nunca más. Es un kiosco que no funcionó, una verdulería que se pudrió antes de vender y ahora el parrillero frente a su pasillo con bollos de harina y grasa vendiéndose a dos mil pesos. En esa tensión viven. En ese borde. En ese volcán que no deja de hervir en el pasillo de Batle y Ordoñez. Donde cada día es una negociación entre lo que falta y lo que se está dispuesto a hacer para conseguirlo.
Harina, grasa y carbón. A veces, eso es todo. O una nueva mentira que el deseo impulsa en una familia acorralada. Hay una baguala que gime “Harina, grasa y carbón, para salir del infierno. Harina, grasa y carbón, es todo con lo que sueño”.



