Científicos construyeron una máquina especial para simular microgravedad sin el error que confundió a estudios anteriores: las corrientes de líquido. El genoma se mantuvo estable, el núcleo se hinchó y ahora la Nasa estudia cómo dosificar la gravedad como si fuera un fármaco para astronautas y para pacientes en la Tierra.

Durante un día entero, el genoma humano aguantó sin romperse, sin desordenarse, sin dañarse. Es lo que acaba de demostrar un nuevo experimento de la Universidad de Nueva York que obliga a revisar todo lo que se creía sobre el efecto de la gravedad en las células humanas. El estudio se publicó en la revista revista especializada Science Advances.

El equipo, liderado por la física Alexandra Zidovska, construyó una máquina de posicionamiento aleatorio a medida. El aparato cambia continuamente la orientación de las células con respecto a la gravedad terrestre para simular la microgravedad. La clave fue otra, desarrollaron algoritmos que minimizan las corrientes de fluido que se generan inevitablemente dentro de los cultivos celulares en rotación. Así lograron separar, por primera vez con claridad, qué es efecto real de la falta de gravedad y qué es daño mecánico por el líquido en movimiento.

Tras 24 horas en microgravedad simulada, la organización y el movimiento del genoma no se alteraron. No hubo daños detectables en el ADN. La envoltura nuclear, la membrana que protege el material genético, también permaneció intacta.

     

Sí hubo dos cambios sutiles: el núcleo aumentó de volumen y el nucléolo, la estructura encargada de producir ribosomas, se volvió más liso. En cambio, cuando los flujos de fluido fueron intensos, las células se alargaron y sí apareció daño en el ADN. Ese detalle es crucial, porque explicaría por qué experimentos anteriores habían arrojado resultados contradictorios. "Tales cambios podrían producirse durante exposiciones más prolongadas y debido al daño en el ADN que se produce en el espacio", advirtió Zidovska, autora principal del estudio y profesora asociada de física en NYU. Un día no es lo mismo que varios meses de viaje al espacio profundo, y en el espacio real las células también enfrentan radiación y otras condiciones que este ensayo no reprodujo.

Pero el trabajo abre una puerta mucho más grande. Los científicos están empezando a tratar la gravedad casi como un fármaco, variando su intensidad, duración y frecuencia para ver qué dosis mantiene sanos a los astronautas y si ese mismo estímulo puede servir para rehabilitar pacientes en la Tierra.

Es la nueva frontera de la "dosis de gravedad". La Nasa ya financia los estudios Gravity Dose en la nueva centrífuga humana de la Universidad de Texas A&M, donde se probarán las respuestas del cuerpo a la gravedad lunar y marciana. En Europa, los estudios de reposo en cama BRACE y BRAVE combinan gravedad generada por centrífuga con ejercicio físico. Y el ensayo clínico GRACER1 está investigando la gravedad artificial más ejercicio como rehabilitación para personas con ACV y esclerosis múltiple.

El experimento de NYU no establece aún una dosis terapéutica de gravedad. Pero su técnica sí ofrece algo que faltaba: un método limpio para distinguir qué cambios celulares son realmente por la alteración de la gravedad y cuándo la resistencia a corto plazo del genoma empieza a ceder en viajes largos lejos de la Tierra. Entonces si la gravedad puede dosificarse, podría convertirse en el medicamento más antiguo y más futurista a la vez.