Entre las miles de historias que esperan ser descubiertas en los estantes de la Feria del Libro de Rosario, hay una que pareciera titilar, como si quisiera llamar la atención de los cazadores de biografías. Y lo hace por varios motivos. Primero, porque narra una vida extraordinaria: la de una mujer judía que escapó más de una vez de las garras del nazismo y terminó viviendo entre nosotros, como una vecina más, hasta hace apenas dos años. Y segundo, porque fue una historiadora rosarina quien llegó a ella casi por casualidad, se zambulló en su pasado y construyó con la protagonista una relación que le permitió recuperar su testimonio y convertirlo en un libro. Se llama Ruth, paraíso en Shanghái y será presentado el próximo jueves en la Feria.
La escritora Mónica Liliana Burgos supo de la existencia de Ruth Herzberg, sobreviviente del Holocausto, de boca de un compañero de curso de Historia en Buenos Aires. “Esta persona me contó que en Rosario había una sobreviviente del gueto de Shanghái y a partir de ahí inicié una búsqueda para poder hallarla. Después de un tiempo, finalmente pude dar con alguien que la conocía y que me dio su teléfono. La llamé, nos reunimos en su casa y pude conocer a una persona muy cálida, con la que hicimos una gran amistad”, dice la autora en diálogo con Punto Medio (Radio 2), desde el Centro Cultural Fontanarrosa.
El libro se divide en dos partes: por un lado, un capítulo netamente informativo sobre el gueto de Shanghái, un enclave chino poco conocido y aún menos estudiado en Occidente donde unos 20.000 judíos encontraron refugio durante el nazismo; y por el otro, una recopilación casi textual de los testimonios de Ruth. Nacida en Berlín en 1938, en el seno de una familia judía, debió huir a China en barco cuando tenía apenas nueve meses. Después vendría un derrotero increíble, en el que ella, sus padres y su hermano gambetearon varias veces a la muerte, hasta que la vida terminó depositándola en la Cuna de la Bandera. Por amor.
Shanghái, el refugio que el mundo les negaba
Para comprender cómo una familia judía alemana terminó buscando refugio en una ciudad china, a miles de kilómetros de su hogar, hay que retroceder hasta los años previos al estallido de la Segunda Guerra Mundial. El nazismo ya había convertido a los judíos en ciudadanos perseguidos, despojados progresivamente de sus derechos y obligados a buscar una salida de Alemania. Pero escapar no era sencillo: mientras la persecución se profundizaba, buena parte del mundo cerraba sus fronteras a quienes intentaban salvar la vida.
Shanghái apareció entonces como una excepción extraordinaria. La ciudad, que tenía una compleja organización territorial por la presencia de potencias extranjeras y la ocupación japonesa de parte de su territorio, permitía el ingreso de refugiados sin exigirles una visa de entrada. Esa particularidad la convirtió en uno de los últimos destinos posibles para miles de judíos europeos que no encontraban otro país dispuesto a recibirlos. Según el Museo del Holocausto de Estados Unidos, unos 17.000 judíos alemanes y austríacos llegaron a la ciudad durante los años de persecución nazi, a los que se sumaron refugiados de otras nacionalidades.
La familia Herzberg estuvo entre quienes emprendieron ese viaje desesperado. El padre de Ruth había sido detenido y enviado al campo de concentración de Sachsenhausen, en Alemania. En el libro, Ruth detalla cómo su padre volvió de ese infierno: delgado, demacrado y con la cabeza rapada, como en tantas ocasiones el cine se ha retratado a esos seres humanos tratados como animales, durmiendo en cuchetas de tres pisos mientras esperaban, acaso sin saberlo, la muerte.
Su liberación estuvo condicionada a que abandonara el país, por lo que la madre asumió una tarea decisiva: conseguir la documentación y los pasajes para que los cuatro integrantes de la familia pudieran escapar.
“Cuando comienza la etapa en que se tenían que ir de Alemania, se barajaron muchas posibilidades, pero la mayoría de los países cerraron las puertas a la mayoría de los judíos”, explica Burgos.
La historiadora destaca especialmente el papel de la madre de Ruth, quien logró organizar la partida de su esposo y sus dos hijos cuando la permanencia en Alemania representaba un peligro creciente. Después de un viaje en barco que incluyó un recorrido por el sur de África, la familia llegó a Shanghái aproximadamente dos meses más tarde. Pero aquella ciudad que había significado una oportunidad para sobrevivir también terminaría convirtiéndose en un lugar de confinamiento.
Es que en febrero de 1943, las autoridades japonesas establecieron una zona de residencia obligatoria para refugiados considerados apátridas, ubicada en el sector de Hongkew. Allí quedaron concentradas miles de personas, en condiciones de hacinamiento y con dificultades para acceder a alimentos, medicamentos y trabajo. Esa medida fue la que dio origen al conocido como gueto de Shanghái, impuesta varios años después de la llegada de las primeras familias judías.
Pero a diferencia de los guetos establecidos por los nazis en Europa oriental, que son los que nosotros más conocemos (Varsovia, Cracovia o Vilna), el de Shanghái no formó parte de un programa de exterminio sistemático de sus habitantes. Sin embargo, sus residentes padecieron severas privaciones, restricciones a sus movimientos y la incertidumbre permanente de una guerra cuyo desenlace desconocían.
Ruth pasó allí buena parte de su primera infancia. Mientras millones de judíos eran asesinados en Europa, ella y su familia lograron sobrevivir en un rincón del mundo que, con todas sus adversidades, les había ofrecido aquello que tantos otros países les negaron: la posibilidad de seguir viviendo.
La guerra terminó, pero la búsqueda de un hogar continuó
El final de la Segunda Guerra Mundial, en 1945, no significó para los Herzberg el final de sus dificultades. Como ocurrió con tantos sobrevivientes del Holocausto, la alegría de haber salvado la vida le dio paso a una pregunta angustiante: ¿dónde empezar de nuevo?
“Ellos salvan su vida en el gueto de Shanghái. Cuando termina la Segunda Guerra Mundial, viven la euforia del sobreviviente, que, descripta por la psicología, es un estado de gracia que dura muy poco, porque luego aparece la pregunta sobre cómo y dónde seguir. Tenían que encontrar un lugar para retomar la vida normal”, cuenta Burgos.
La familia emprendió entonces otro largo recorrido. Viajaron en un barco de guerra hasta San Francisco, en Estados Unidos, donde pretendían establecerse, pero no pudieron permanecer. Más tarde llegaron a la Argentina, pasaron por el Hotel de los Inmigrantes y encontraron nuevas dificultades para ingresar al país. Su siguiente destino fue Paraguay, desde donde finalmente consiguieron entrar a Buenos Aires. A escondidas, como si fueran delincuentes. Y cuando Ruth aún no había alcanzado la mayoría de edad, apareció el amor: Oscar, un muchacho rosarino que estaba haciendo servicio militar en Curuzú Cuatiá, con el que se casó tiempo después y tras un breve paso por Israel, se radicó aquí, entre nosotros, él trabajando en la imprenta familiar y ella en un emprendimiento personal.
Hay, sin embargo, un aspecto de su historia que Burgos considera fundamental: Ruth no quiso que el relato de sus padecimientos se convirtiera en una acusación indiscriminada contra los pueblos de los países por los que había pasado. Por el contrario, conservaba un profundo agradecimiento hacia quienes la habían ayudado.
“Ella se ocupó, cuando leíamos los borradores del libro, de que no hubiera nada que opacara su agradecimiento a los chinos, japoneses y argentinos que le dieron la posibilidad de desarrollar su vida aquí”, recuerda la autora.
La distinción no es menor. Ruth había sufrido las consecuencias de decisiones políticas y militares que marcaron brutalmente su infancia, pero también había conocido personas que, en circunstancias adversas, contribuyeron a que su familia pudiera sobrevivir y reconstruirse. Burgos considera que esa mirada debía estar presente en el libro. Porque la historia de Ruth es una historia de persecución, desarraigo y sufrimiento, pero también de gratitud. Y porque la mujer que había pasado su infancia escapando de un país a otro terminó encontrando en Rosario un lugar donde desarrollar su vida.
Una memoria que necesitó tiempo para encontrar las palabras
La historia de Ruth no llegó inmediatamente a las páginas de este libro. Como ocurre con muchas personas que atravesaron experiencias traumáticas de cualquier índole, hubo recuerdos que necesitaron décadas para poder ser digeridos, entendidos y luego contados. Otros, en cambio, permanecieron guardados para siempre.
Burgos llevaba años investigando el Holocausto cuando conoció a Ruth. Había viajado a Israel para profundizar sus estudios y, en 2014, durante su segunda visita con ese propósito, comenzó a tomar forma la idea de escribir un libro. Sin embargo, recién en 2019 logró encontrarse con la mujer cuya vida terminaría convirtiéndose en el centro de su investigación.
“Hay muchos testimonios que han pasado por la memoria, pero en los que han tenido momentos muy difíciles, es duro hablar. Ella pasó por todos los estadios de la memoria y, cuando estuvo preparada, habló para dejar su legado”, explica la historiadora.
De aquellos encuentros nació una amistad que permitió avanzar sobre una historia personal atravesada por acontecimientos que también pertenecen a la memoria colectiva de la humanidad. La investigación histórica y los recuerdos de Ruth terminaron confluyendo en una obra que combina el rigor documental con la memoria de quien vivió aquellos acontecimientos.
“Me llevó un tiempo poder estructurar el libro, por eso tiene una parte de historia pura, lisa y llana, y después se entra en la memoria de Ruth. Y sus memorias son prácticamente las palabras de ella textuales. Es bien testimonial, salvo algunos agregados”, señala Burgos.
Justamente por esa confianza que se construyó entre ambas, Burgos reconoció ciertos límites: entendió que no todos los recuerdos podían ser compartidos públicamente y decidió respetar esa intimidad, aun cuando algunos episodios hubieran podido aportar dramatismo al relato.
“Hay muchas cosas que Ruth no quiso contar o no pudo contarlas, y otras que contó y, porque eran fuertes, preferí dejarlas en la intimidad”, confiesa.
Herzberg falleció hace dos años, pero alcanzó a participar en la lectura de los borradores de la obra que recuperaría su historia. Su testimonio quedó preservado en un libro que, según la intención de Burgos, pueda llegar no solamente a los especialistas, sino también a estudiantes secundarios, universitarios y lectores interesados en conocer las experiencias de quienes sobrevivieron al Holocausto.
“La intención es que llegue masivamente a la gente, que pueda ser usado en la universidad, estudiantes de últimos años de la secundaria, de los amantes de la historia, por los interesados en historias de sobrevivientes”, sostiene.
Ruth, paraíso en Shanghái, publicado por Editorial Prometeo y disponible en la librería Paradoxa, será presentado este jueves 15 de octubre, a las 16, en el espacio abierto del entrepiso del Centro Cultural Fontanarrosa, en el marco de la Feria Internacional del Libro de Rosario. La autora estará acompañada por Belkis Hammerschlag.
Ruth ya no estará allí para escuchar cómo se cuenta su historia, pero su libro será su mayor legado. Porque aquella beba que salió de Berlín en brazos de su familia, que encontró refugio en una ciudad china y que atravesó medio mundo antes de llegar a Rosario, escapándole a una muerte a la que parecía condenada por el mero hecho de ser judía —acaso una de las representaciones más cabales de la estupidez y la monstruosidad humanas—, consiguió finalmente algo más que un lugar donde vivir: encontró un hogar.
Y gracias a Burgos, también encontró una manera de que su historia venza al paso del tiempo. Porque lo único que muere es lo que se olvida.



