Un investigador independiente de la Universidad Autónoma de Barcelona sostiene que Giza es anterior a los egipcios y que las dinastías faraónicas solo reutilizaron estructuras ya milenarias. Si se confirma, la tesis obligaría a reescribir la historia de la humanidad.
António Ambrósio basa su hipótesis en la ausencia de momias u objetos funerarios en las pirámides, la precisión ingenieril inigualada por obras posteriores, la erosión hídrica de la Esfinge y la falta de textos contemporáneos que acrediten su construcción por Keops, Kefrén y Micerino.
En un artículo no revisado por pares –Las pirámides de Giza: legado de una civilización desconocida–, Ambrósio argumenta que las tres pirámides principales tendrían hasta 12.000 años de antigüedad, milenios antes de la Cuarta Dinastía (c. 2500 a.C.). Según él, los egipcios las “apropiaron” y los intentos posteriores –pirámides más pequeñas, con defectos de alineación y materiales más débiles– fueron copias imperfectas.
Según publicó el diario británico Daily Mail el investigador señaló inconsistencias clave: nunca se hallaron momias ni ajuares funerarios en Giza; el famoso cartucho de Keops, pintado en ocre rojo en una cámara oculta, es considerado por escépticos como una falsificación de 1837; y las proezas técnicas –cortes milimétricos, base nivelada, alineación con el Cinturón de Orión– no se repiten en la arquitectura faraónica confirmada (2500-2150 a.C.). A esto suma la Esfinge, cuya erosión hídrica sugiere exposición a lluvias intensas inexistentes en Egipto desde 5000-3000 a.C., lo que implicaría que el sitio ya estaba envejecido cuando nació la civilización egipcia (3100 a.C.).
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Ambrósio enlazó Giza con otros megalitos –Sacsayhuamán en Perú, Baalbek en Líbano– como posibles herencias de esa cultura avanzada, capaz de compartir conocimientos perdidos. La idea resuena con interpretaciones no convencionales del Zep Tepi (“Primera Hora”) egipcio, que autores como Graham Hancock y Robert Schoch sitúan hacia el 10.500 a.C.
El investigador Matthew LaCroix va más lejos: patrones en T, hendiduras de tres niveles y geometrías halladas en piedras de todo el mundo podrían codificar un saber aún más antiguo (38 000-40 000 años), vinculado a ciclos cósmicos.
De momento, la tesis permanece en los márgenes de la egiptología. Pero si los indicios de Ambrósio –ausencia de evidencia directa faraónica, precisión técnica inigualada y erosión prehistórica– ganan respaldo empírico, Giza dejaría de ser tumba real para convertirse en el último vestigio visible de una “supercivilización” hoy desaparecida.



