El movimiento frente a la parroquia San Cayetano es constante pero sereno. Los fieles que van a pedir pan y trabajo, o para agradecer, cumplen sus ritos íntimos. Algunos rezan ante la imagen del santo que está afuera, por calle Buenos Aires al 2100, otros hacen la cola más larga para ingresar al templo. Afuera se cruzan los vendedores, las madres con sus bebés, una mujer y un hombre en sillas de ruedas y un anciano ciego. Ofrecen espigas, estampitas y velas, o piden ayuda con distintas frases que arman un murmullo coral. Martín Lucero, titular de Sadop, el sindicato de los docentes privados, sale de la iglesia y camina solo. Falta una hora para que lleguen las dos marchas de sindicatos y movimientos sociales con la consigna “Paz, pan, tierra, techo y trabajo”.

“Vengo todas las semanas, yo soy practicante y la misa de esta iglesia me encanta”, dice Lucero y, cuando empieza a explicar el porqué, transmite una emoción singular: “Me sensibiliza ver a la gente, a una mujer mayor que se arrodilla ante el santo, que se abraza a lo poquito que tiene para pedir, no para ella, viene con esperanza, que no es una palabra suelta, es querer cambiar algo para mejor”.

Antes de ir hasta la plaza López donde se concentra la intersindical, sigue con su esfuerzo por darle dimensión a lo que él vive dentro de la parroquia. “Ves a una jubilada que no llega a fin de mes, que se vistió con frío y viene para que su hijo consiga trabajo. No quiere una casa o un lujo, ni siquiera pide para ella. Entrá y vas a ver a mujeres llorando. Esto es genuino”, afirma y contrasta esas escenas con la impostura o mezquindad que suele verse en otros estamentos en donde se discute poder.

El dirigente busca un poco más entre las palabras y encuentra una: “Es una esencia”. Piensa, plantea, que algo de esa fe auténtica del templo debería irradiarse hacia las calles y la política en general. 

Se va y pasa por la esquina de Ituzaingó donde está Maximiliano: 33 años, campera y gorro de lana. Vende las espigas de trigo con la estampita de San Cayetano a dos por mil pesos. Anticipa que en los otros puestos está a dos por tres mil. “Está todo muy parado”, dice sobre las ventas en general. Hace ocho años se dedica al comercio ambulante y la dinámica actual no es sencilla: subieron los costos y bajaron las ventas.

Invierte para comprar 100 estampitas y espigas. Antes, con un importe similar, podía sumar velas, cintas y santos, ahora solo arma ese combo. Si logra ubicar 80, salva la jornada. Tiene fe en que lo hará. El santo le da trabajo. “Gracias a dios”, agrega.

Una señora de unos 70 años pasa y le compra. Esa es su clientela más fiel. “Viene sobre todo gente mayor, no hay mucha juventud”, describe. En un puesto fijo, Andrea ofrece tres espigas por dos mil, como vaticinó su colega ambulante (no por profeta sino por conocedor del mercado). Tiene 52 y hace cinco que trabaja en este lugar cada 7 de agosto. Pasó la noche helada en una de las carpas.

Benjamín, en cambio, llegó a las cinco de la madrugada y reforzó la venta que encaran su papá y su abuelo. Tiene 14 años y no se queja, al contrario: “Me gusta ayudar a mi familia. Es divertido porque la gente me habla y cuenta cosas”. En su mesa hay velas, llaveros e incluso una bolsa que contiene un dólar de la suerte con una espiga y un pan (una almohadita de cereal). La fe dolarizada.

Alan Monzón/Rosario3
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Misa e inteligencia artificial

 

La cola principal del patio exterior de la parroquia da la vuelta e ingresa. El santo en tamaño humano aguarda dentro de una caja de madera y cristal. Los fieles avanzan pacientes en silencio, con esa humildad que conmovió a Lucero. Cuando les toca su turno, los fieles ponen la mano abierta sobre el vidrio que los separa de Cayetano. Algunos bajan la cabeza y cierran los ojos; otros son menos solemnes.

–¿Puedo saludar al santo? –le dice una señora con un bastón negro al hombre canoso y de saco marrón que organiza la fila.

Comprensivos, los otros la dejan pasar. Ella se queda con los ojos bien abiertos y se le ponen llorosos. Le habla a la figura, parece pedirle algo. Se besa la mano que estaba sobre el cristal y la vuelve a colocar en forma de saludo. Se sienta en los bancos de madera de adelante. Son las 10 y empieza la misa que se da a cada hora.

Alan Monzón/Rosario3
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El cura se presenta como Fernando y dice que hablará del “patrono del pan y del trabajo”. Es una particularidad argentina. En la Iglesia Católica de Italia, Cayetano de Thiene era el santo de la providencia. Pero acá, con la migración del siglo pasado, fue adoptado como un “santo del pueblo y de los pobres” que le pedían ayuda por hambre o desocupación. La demanda local lo reconvirtió.

El sacerdote lleva la misa hacia la encíclica del Papa León que defiende la dignidad de las personas ante la avanzada de la inteligencia artificial (IA) “y de las máquinas que reemplazan el trabajo humano”. Pide a la dirigencia “no mercantilizar” la vida y “a los políticos que valoren el trabajo para todos y no para unos pocos”.

Alan Monzón/Rosario3
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Bendición y bocinas

 

Media hora más tarde, la parroquia está repleta. Afuera llegan los sindicatos unidos (Amsafé, Sadop, La Bancaria, Correos, Prensa y el Frejel de los jubilados en lucha), entre ellos vuelve Lucero. “Presidente cruel”, dice uno de los carteles.

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Al rato, desde el sur de calle Buenos Aires, se suman las columnas más nutridas de las organizaciones sociales con la Unión de Trabajadores y Trabajadoras de la Economía Popular (Utep), ATE y la CCC a la cabeza. Vienen detrás de la bandera de “Tierra, techo y trabajo” y dos militantes del Movimiento Evita que llevan al santo sobre una plataforma en andas. Otros mensajes se vinculan con la marcha del jueves por la ley de tierras y de la propiedad privada: “Las Malvinas son argentinas”.

Alan Monzón/Rosario3
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El padre Daniel Siñeriz hace de vocero y conecta: “Con estas formas de exclusión es difícil sostener la realización humana. No queremos demonizar la IA, tendría que favorecer el trabajo, no solo el beneficio ni tampoco ir en contra del bien común”. Otra vez la misma idea que flotó en la jornada anterior: “En lugar de hablar de recursos naturales que están para ser explotados debemos hablar de bienes en común que tenemos que respetar. Y no para vender como quieren hacer con la tierra. ¿Vos venderías a tu madre?”.

Ante la ausencia de monseñor Eduardo Martín por enfermedad, el delegado de la Pastoral Fabián Monte bendice a los militantes.

–Que tengan una buena marcha, rezamos por ustedes y porque tengan trabajo.

–Gracias padre.

Monte dice que es necesaria una solución ante “tanto desempleo y precarización” y se mezcla con el humo verde de cancha que enciende la columna de los camioneros recolectores. Dos esencias que se entrelazan para empujarse de forma mutua.

Alan Monzón/Rosario3
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La marcha cruza avenida Pellegrini por Buenos Aires a las 11.30 y se detiene. La conductora de un auto que queda adelante y no puede transitar canaliza su ira en una bocina tan incesante como inútil. La columna responde con bombos y cánticos. Los intereses encontrados multiplican el ruido. Queda poco de la paz reflexiva del templo.

La tensión dura 15 minutos y la marcha sigue hacia el Monumento a la Bandera. Lorena Almirón de ATE reclama por salarios dignos y “los 70 mil despedidos y despedidas en el Estado por Milei con organismos vaciados”. Son parte de los 334 mil empleos formales perdidos en este gobierno (367 por día). No parece que habrá una respuesta para ellos en el corto plazo. Al final de la marcha esperan 20 ollas populares con unas cuatro mil raciones de comida para las familias con chicos. Habrá, al menos, pan.

Alan Monzón/Rosario3
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