El paisaje que se ve al final de la calle Tierra del Fuego, cuando se junta con Costanera, es impactante pero conocido. Desde ese balcón privilegiado de Pueblo Esther –un parque con mesas, bancos y reposeras de cemento que invitan a disfrutar del sol del invierno a 35 minutos del centro de Rosario– el Paraná se muestra en toda su majestuosidad.
A la izquierda, una callecita, que baja entre las paredes de tierra roja de la barranca, invita a la curiosidad. Termina a la altura del río, en un barrio de pescadores, del estilo del Remanso Valerio pero más pequeño, donde las canoas de quienes salen diariamente con sus redes a buscar el sustento conviven, los fines de semana, con las familias que llegan con sus cañas a pasar el día.
Otra vez: hermoso, pero conocido.
La calle sigue unos pocos metros hacia el norte, hasta que se extingue después de la última casa. Una especie de espantapájaros, vestido con un buzo tipo canguro y coronado con un casco de moto del que asoma un pequeño oso panda de peluche, es la primera señal de extrañeza. Más allá continúa un sendero, en estos días invadido por la crecida, que achica la distancia entre el agua y la barranca.
Unos cien metros después, la sorpresa pasa a ser absoluta. Ocultas entre la vegetación, custodiadas por dos tipas gigantes que aparentan llevar allí más de un siglo, sobreviven las ruinas de una construcción antigua a la que se llega trepando desde la orilla del río.
Lo primero que se ve es una especie de terraza, un mirador privilegiado hacia el Paraná. Sobre ella se despliega una estructura semicircular con vigas, restos de lo que se supone fue una pérgola, una galería, una glorieta de dimensiones llamativas. Son 21 rayos de fierro y cemento que parten desde la habitación principal, que conserva en su ingreso una estructura de hierro, un entramado de rombos sobre lo que fue la puerta, seguramente para que ingresaran la luz y el aire del este. Alguna vez fue un living. Una sala de estar de seis metros de largo por cuatro de ancho que, incluso, contaba con un hogar al fondo.
A uno y otro costado hay unos siete espacios más, además de otro que parece haber sido una despensa o baulera. Salvo una habitación, ubicada en una planta alta a la que se llega por una escalera increíblemente conservada y que tiene ventanas, el resto son verdaderas cuevas oscuras metidas en la barranca, que allí adquiere la apariencia de una montaña. Algunas conectan con otros ambientes o con pasillos que no conducen a ninguna parte, porque terminan abruptamente contra la contundencia de la masa de tierra.
Se nota que todo se hizo sin reparar en gastos. “Usaron ladrillos de cerámica, no de los comunes. Las rejas son de hierro forjado de muchísima calidad, o sea, herrería de alta escuela. Había instalación eléctrica con caños, pero las cajitas donde van las llaves de la luz son de madera. Eso quiere decir que se pusieron previo a que aparecieran las cajas de chapa, que en Argentina fue cerca de 1930”, describe Hernán, un vecino que conoce tanto el lugar como el negocio de la construcción.
Todo el conjunto compone una atmósfera extraña y misteriosa, alimentada por mitos de distinto tipo, tejidos durante años a su alrededor. Abre preguntas y también deja una primera conclusión: la Bajada Colacho, esa calle de tierra que llega al río y ese barrio de pescadores que aparenta ser similar a otros de la región, es en realidad un portal hacia otra dimensión.
Mito y verdad
“Visite el infierno, está vacío. Todos los demonios están aquí”. El grafiti, ubicado en la habitación de planta alta, sobresale entre todos los que muchos curiosos que llegan dejan en las paredes. Porque abona los mitos que vincularon el lugar con situaciones tan escabrosas como la trata de mujeres llegadas desde Europa, el tráfico de esclavos, el contrabando a través de una red de túneles secretos bajo Pueblo Esther, el encierro y castigo de marineros y, mucho más cerca en el tiempo, su supuesto uso como espacio de tortura durante la última dictadura. Algunos la llaman, directamente, la “casa embrujada”.
Casi todas esas cuestiones las niegan –aunque a las vinculadas al mundo paranormal algunos solo se animan a relativizarlas y está también quien las cree– tanto los vecinos más cercanos y antiguos como quienes investigaron la historia del lugar en particular y de Pueblo Esther en general.
Dos de ellos son Silvio Borelli y María Florencia Filippini, que forman parte de un equipo de investigación histórica que elaboró el libro Pueblo Esther, Voces y huellas, que se puede conseguir en la biblioteca José Pedroni. En ese trabajo se deja en claro a qué corresponden esas ruinas ubicadas junto al Paraná: los restos de un puerto o embarcadero de fines del siglo XIX, que trabajaba probablemente con el transporte de ganado, cereales y frutas que se criaban y sembraban en los terrenos de arriba.
Los pescadores de la Bajada Colacho conocen el lugar como Puerto Copello. Ese era el apellido de Godofredo, uno de los dos socios que compraron, cerca de 1880, una lonja de tierra sobre la barranca. Según Voces y huellas, el predio tenía un frente al este de 214,54 metros sobre el río Paraná por 2.554 metros de fondo hacia el oeste.
El otro socio era Esteban Brusaferri, un prominente comerciante que, como Copello, vivía en Rosario y formaba parte de las primeras camadas de inmigrantes italianos que le dieron forma a la pujante burguesía de la ciudad, de la que llegó a ser concejal.
Ellos construyeron ese puerto que, según dijo Borelli a Rosario3, fue el primer motor económico, el “núcleo original”, de lo que es la actual localidad de Pueblo Esther. De hecho, de ahí también surgió el nombre.
Un plano de marzo de 1890 que Borelli recuperó de Catastro ubica entre las actuales calles Córdoba y Perón el “Puerto Ester”, así, sin la “h” después de la “t”, con un “depósito” y un “escritorio” en la parte de arriba. También figura una canaleta. En esa época se hacían de madera y se usaban para bajar hasta los barcos las bolsas de cereales. Con el paso del tiempo se habrían construido dos canaletas más. “Por lo que explica la documentación, también tenían rieles para subir mercadería y cavidades para estibar”, agrega Borelli.
En el extremo norte del terreno aún se ven los restos de la bajada de carga y descarga, que empezaba a un costado de lo que hoy es la arenera Alzúa, y de una torre conocida como “el castillo”. En el extremo sur, pegada al asentamiento de pescadores, todavía cae desde la barranca una enorme cadena de amarre.
La sociedad entre Brusaferri y Copello reunía dos mundos que en aquel Paraná de fines del siglo XIX se complementaban de manera ideal.
Copello era integrante de una familia de navegantes genoveses y, de hecho, había llegado a Rosario como integrante de la tripulación del “Bianca Pértica”, uno de los primeros vapores de línea directa entre Génova y Rosario, capitaneado por su padre. Según Voces y huellas, ese barco traía pasajeros y carga consignada a Recagno Hnos., un importante almacén mayorista. Dentro de esa mercadería, sostiene el libro, arribó al país un producto hasta entonces desconocido y todavía popular en estas tierras: el Fernet Branca.
Brusaferri, cuya familia era oriunda de Rivergaro, en la región de Emilia-Romaña, construyó su fortuna con la venta de efectos navales, además de artículos de ferretería y materiales de construcción.
Uno conocía los negocios; el otro, los barcos, los mares y el río.
Por qué le pusieron Esther
Borelli dice que el embarcadero le dio nombre a la localidad por partida doble: primero fue Puerto y no Pueblo Esther. Pero además, un familiar político de los Brusaferri transmitió que Esther era el nombre de una hija de Esteban.
“Cuando llegó por primera vez esa versión, nos sorprendió porque el apellido casi no aparecía en la memoria local. Después fuimos a Catastro provincial y encontramos los planos que mencionaban a Brusaferri; ahí la historia empezó a cerrar”, recuerda Filippini. Sin embargo, persiste una duda. También Copello tenía una hija con ese nombre. “Por eso no podemos afirmar si el puerto y la localidad fueron nombrados por una de las dos niñas o por las dos”, agrega Borelli.
La hipótesis de que el puerto le dio origen al pueblo no solo se basa en que fue motor de progreso económico y social para los primeros pobladores. En paralelo a su actividad, también nacieron las primeras instituciones: el 5 de febrero de 1889 se creó un juzgado de paz y el 12 de abril de 1898 la comisión de fomento. Antes del embarcadero, sostiene Voces y huellas, Pueblo Esther “no era más que un pequeño caserío acompañado por unas quintas dispersas en el paraje La Loma”.
El principio del fin
Si el emprendimiento portuario de Copello y Brusaferri tuvo éxito, no fue por mucho tiempo.
En aquellos años los sistemas de transporte atravesaban una verdadera revolución. Aunque aún tenía fuerza la navegación a vela, el vapor había multiplicado su capacidad y ganaba terreno. A la par, el ferrocarril avanzaba y empezaba a ordenar el crecimiento de pueblos y ciudades alrededor de sus estaciones.
El desarrollo del tren se sumó a un factor clave que alejó las cargas del embarcadero de los socios italianos: en 1902 comenzaron las obras del puerto moderno de Rosario, que concentró infraestructura, capacidad operativa y movimiento de mercadería en una escala contra la que un pequeño emprendimiento privado tenía pocas posibilidades de competir.
No hay una fecha exacta de cuándo dejó de funcionar el puerto de Pueblo Esther. Probablemente su actividad decayó de a poco. Sí se sabe que en 1913 la sociedad entre Copello y Brusaferri se disolvió y la propiedad quedó en manos del primero.
Sin el embarcadero y fuera de la red ferroviaria que llevaba las cargas hacia los puertos, el crecimiento económico y poblacional de Esther quedó rezagado frente al de localidades vecinas como Arroyo Seco –que inauguró su estación de trenes en 1886– y General Lagos –que lo hizo alrededor de 1890–. El pueblo consolidó, en cambio, un perfil que, con los matices que aportó el paso del tiempo, conserva aún hoy: zona de quintas y casas de descanso. Un refugio, también, para quienes buscaban una vida más tranquila y en contacto con la naturaleza que la de las grandes ciudades.
La era Bustinza
En el caso de los terrenos que habían comprado a fines del siglo XIX Brusaferri y Copello, esa transformación tuvo, unas décadas después, un nombre propio: Gregorio Bustinza.
El empresario de Rosario, fundador de Café Onkel, compró el predio a mediados de los años 30 y lo convirtió en su espacio de disfrute. Construyó en la parte de arriba, a pocos metros de la barranca y con una vista privilegiadísima al río Paraná, una gran casona de estilo español.
Una joya arquitectónica que, de acuerdo con la descripción de María Florencia Filippini, “por su lenguaje compositivo, ornamentación cerámica y el empleo de recursos estilísticos neocoloniales”, tiene un enorme “valor histórico”. Eso explica que en 2022 se haya dictado una ordenanza de preservación, que impide la eventual demolición. Elio Menazzi, integrante de la familia que es actualmente propietaria de todo el inmueble, dice compartir el espíritu de conservación que plantea la gestión municipal de Martín Gherardi.
Bustinza no se limitó a levantar la casa. También transformó aquel enorme terreno en una suerte de parque privado. Plantó distintas especies de árboles, algunas de las cuales hoy alcanzan dimensiones monumentales, y también frutales. Entre ellos, según recuerda Quique, un vecino que vive al lado desde que nació, un árbol de naranjas amargas que tenía una explicación particular: el empresario era diabético.
Borelli cree que el dueño de Café Onkel intervino además sobre las viejas instalaciones del puerto que pasaron a ser suyas. La hipótesis es que aprovechó parte de las estructuras que habían utilizado Copello y Brusaferri para depósitos y otras actividades vinculadas al embarcadero, y las mejoró o adaptó al nuevo uso resdiencial/recreativo de toda la propiedad. Menazzi lo relativiza: sostiene que toda la parte de abajo se hizo con el puerto y que en todo caso Bustinza la mantuvo en buen estado.
Como fuera, la galería semicircular frente al río, el hogar de la sala principal, algunos revoques y terminaciones y hasta la propia disposición de los espacios, hacen pensar en una segunda vida de aquel sitio. Ya no para recibir mercadería, sino amistades.
Una de las historias repetidas entre vecinos sostiene que las instalaciones bajo la barranca fueron utilizadas para reuniones sociales y fiestas junto al Paraná. La terraza que mira de frente al río parece un espacio ideal para ello.
Menazzi no llegó a conocer a Bustinza. Pero sí escuchó relatos familiares y vio fotos. “Usaba el lugar para descansar, para pescar y también le gustaba recibir gente. Venían personas importantes y conocidas de Rosario”, asegura. El empresario, le contaron, tenía gran sentido del humor, algo que Elio vincula a sus orígenes: “Bustinza era de familia vasca, pero se crió entre andaluces”.
El final
Esa segunda vida también tuvo un final.
Bustinza, que no tenía hijos, murió a comienzos de la década de 1970. En 1973 su viuda, Rosa Pieretto, subdividió la propiedad en dos grandes parcelas. La más cercana a la actual ruta 21 y lejana al río fue adquirida por integrantes de la familia Filippini: primero la usaron para cultivos y luego dio origen también a nuevas zonas residenciales. La otra quedó para una prima de Rosa, Angélica Gallo, que la habitó junto a su familia. Elio Menazzi es su hijo y tiene una hermana.
Vivían en la casona española, a la que aún nombran como “el chalet”. Y también le daban uso a las viejas instalaciones portuarias. Menazzi recuerda que cuando era chico aún estaban en pie los pilotes de los muelles y que llegó a ver una foto tomada desde arriba en la que se podía observar un barco a vela amarrado en el muelle principal, que tenía tres niveles. De adolescente le gustaba ir a pasar la noche al dormitorio de la barranca y desde allí, entre la vegetación que avanzaba y la increíble vista al río, imaginaba el movimiento que había tenido aquel viejo embarcadero.
También solía meterse con una pala en las cuevas, que tenían la misma forma que los baúles que traían los barcos. Hacía excavaciones en busca de los supuestos túneles, pero nunca los encontró.
El tiempo pasó. Elio y su hermana construyeron sus vidas adultas. El lugar se vació.
Quedaron en el predio de alrededor de cinco hectáreas frente al Paraná cuidadores. Los vecinos recuerdan distintos nombres. El último fue Carlos Velázquez, al que todos conocían como Macario, y que tenía varios perros. “Eran como 14 y bien guardianes. Por eso ni nos acercábamos”, comentan pescadores que cuando eran niños curioseaban en la construcción que había quedado incrustada en la barranca, pero no subían.
También esa etapa pasó y durante los últimos años la propiedad fue intrusada y saqueada muchas veces. Tanto abajo como arriba, donde además del “chalet” hay galpones y otra casa, ya muy deteriorada, construida probablemente en la misma época que el puerto. Entre las cosas que fueron robadas, Menazzi menciona las fotos antiguas y planos. Hace seis meses, un importante incendio en la parte sur del terreno produjo más daños.
Lo ordinario y lo extraordinario
Elio imagina destinos, usos posibles para aquel sitio histórico que heredó su familia, pero por ahora prefiere mantenerlos en reserva. Se le nota cierta nostalgia cuando habla de situaciones que vivió allí, algunas de las cuales lo llevan a darle cierta credibilidad a parte de la mitología que se alimentó con el correr de las décadas.
En ese punto las aguas están divididas: hay vecinos que dicen percibir energías extrañas, conexiones con algo misterioso cuando visitan las ruinas del Puerto Copello. Otros solo se sienten llamados por la curiosidad. Y están, claro, los refutadores de leyendas. “Circulan versiones sobre tráfico de mujeres, esclavitud, contrabando, fantasmas y otros fenómenos paranormales. Eso no es parte de la historia documentada”, resumen Borelli y Filippini.
En todo caso, hay una cosa que, después de todo el recorrido, queda clara: el lugar no necesitaba que le inventaran una historia extraordinaria. Porque ya la tenía.
Más popular


