El escritor Juan Mattio presentó en la Feria Internacional del libro de Rosario 2026 su última novela, La nación de los sueños diurnos, publicada por editorial Caja Negra. En la historia central, un fotógrafo le propone a un programador construir un dataset con su archivo fotográfico analógico. En ese organizar y procesar las imágenes, se entrenan modelos de inteligencia artificial con el fin de generar contenido pornográfico a partir de las fotos, sin informar a las personas retratadas.
En la reiteración de prompts algo se rasga y es la realidad: el doble digital termina provocando efectos en los cuerpos reales. “Cuerpos hechos de la irrealidad, no orgánicos, producidos por un temor o un deseo”, se lee en un pasaje de La nación de los sueños diurnos, que sucede a Materiales para una pesadilla (Caja Negra), reconocida con el premio Filba-Medifé a la Mejor novela publicada en Argentina en 2021.
Esa distorsión da origen a otras historias, personajes y "aberraciones" en un relato no lineal ni cronológico. Antes de la presentación del último domingo en la FILRos, Mattio dialogó con Rosario3.
—¿Cuál fue la intención fundante de La nación de los sueños diurnos?
—Hay dos puntos de partida. Por un lado, el argumental, que tiene que ver con la lógica del vudú que consiste en construir una figura de arcilla que representa a una persona y, lo que le hacés a la figura, le sucede a la persona. Eso altera el modelo ontológico donde las copias obedecen a los originales. Por ejemplo, la figura en el espejo o la sombra responden al cuerpo. Borges ya lo hizo y, para mí, es el mejor en trabajar esta inversión donde las copias se rebelan contra los originales. Pero la idea era pensar qué pasaba con esto en el mundo digital. ¿Qué ocurre si lo que le sucede a nuestros dobles digitales termina alterando nuestros cuerpos físicos y nuestra psiquis? Por eso, cuando el fotógrafo y el programador construyen estos videos moralmente reprochables, la situación se invierte y los cuerpos reales en los que se basa la IA se ven afectados. Esa es la primera grieta entre el mundo real y su representación.
¿Qué ocurre si lo que le sucede a nuestros dobles digitales termina alterando nuestros cuerpos físicos y nuestra psiquis? (…) Esa es la primera grieta entre el mundo real y su representación"
“La segunda línea –continuó el también autor del libro de ensayos La sombra de un jinete desesperado–, está relacionada con una conferencia de Lucrecia Martel en la que ella habla de «la flecha del tiempo», que es la idea de que, cuando una escena está antes y otra después, el espectador o lector asume que hay una relación de causa y consecuencia. Ella se pregunta cómo romper esa fantasía. Mi idea era acompañar esa alteración con una estructura que desconcertara al lector respecto a qué es causa y qué es consecuencia. A eso responde la estructura no lineal de la novela”.
—La novela cruza géneros. Hay elementos del policial, la ciencia ficción y del cyberpunk. ¿Ese diálogo estaba pensado de antemano?
—El policial, el weird y la ciencia ficción son géneros pulp que, en Argentina, tienen resonancias en El Eternauta o en revistas como Hora Cero. Ahí hay un primer cruce entre géneros que suelen aparecer como autónomos. Al mismo tiempo que en los años 20 se escribía esta literatura popular en Estados Unidos, en Europa aparecía el «modernismo», con (James) Joyce, Virginia Woolf, Catherine Mansfield o (William) Faulkner. Allí se trabajaba en el campo del realismo, pero con una experimentación formal muy profunda y de mucho riesgo. A mí me interesaba cruzar los dos en algo que podemos pensar como "modernismo pulp": usar el imaginario del primero, pero tomando los riesgos formales del segundo. En nuestra tradición literaria, eso tiene nombre y apellido: Jorge Luis Borges. Él trabajó siempre con géneros, pero sus procedimientos eran de una innovación técnica increíble. Es una línea que empieza en Macedonio Fernández, sigue en él, la retoma Piglia y continúa hasta el presente.
Me interesaba cruzar el imaginario del pulp, pero tomando los riesgos formales modernismo"
—La novela dialoga con autores como Joyce, Faulkner, Lovecraft, Conrad, Borges, y también con músicos como Mark Lanegan, Eddie Vedder, Sonic Youth o Taylor Swift. ¿En qué lectorado pensabas al escribirla?
—Es una pregunta difícil porque no suelo pensar en términos de lectores fuera del pequeño grupo que me lee mientras escribo. Hay que tener en cuenta que vivimos con pluriempleo, colapsados anímicamente y con mucho cansancio. Una persona que llega a las 9 de la noche a su casa y quiere leer una novela, ¿qué lee? ¿Una novela más parecida a una serie de Netflix o a El ruido y la furia? La capacidad de atención está muy limitada por las condiciones materiales de vida, por lo que es un peligro pensar en el lector en ese sentido.
"Si tuviera que pensarlo ahora, que la novela está publicada, creo que es para alguien interesado en los géneros pero con curiosidad por estructuras y procedimientos no tan habituales. Por buscar una analogía con el cine, alguien que haya visto Stalker, de (Andrei) Tarkovski, que trabaja en la ciencia ficción pero desde la vanguardia, o alguien interesado en el anime, como Evangelion, que plantea problemas filosóficos profundos", continuó Mattio.
—La novela comienza con la escena de un ajusticiamiento en un matadero sin marcas temporales. Esa violencia dialoga con un registro casi contemporáneo, en los dos miles, en un pueblo ficticio de la Pampa argentina. No anclar la historia en un momento exacto, ¿te da libertad para narrar sobre esas duplicidades?
—Sí, ahí aparece el problema de lo que significa escribir ciencia ficción en un contexto de enrarecimiento tecnológico, climático y político donde todo lo que narrás parece un futuro e, inmediatamente, empieza a haber eventos similares en la realidad. Como estás tan cerca de lo que puede pasar, intenté que hubiera un borrado del año exacto en el que suceden las cosas para que no quede fijado el punto de partida. Después, la novela abarca un lapso de 100 años entre el comienzo de la anomalía y las comunidades del desierto. Vivimos en un contexto de mucho desconcierto respecto a la IA, el cambio climático y los regímenes políticos, y quería sustraerme de esa actualidad.
La máquina no tiene moral, tiene una capacidad que se usa en una relación social que llamamos capital. Ahí está el problema, no en la tecnología"
—Hay quienes plantean cierto temor a que la IA se autoprograme o se autonomice…
—Cuando empecé a escribir la novela, hace tres o cuatro años, términos como «promptear» no circulaban tanto como ahora. A eso se suma que el fotógrafo y el programador buscan producir contenidos moralmente reprochables. La máquina no tiene moral. La hiladora que entró al taller en el siglo XIX y reemplazó a seis obreras tampoco la tenía. La máquina tiene una capacidad que se usa en una relación social que llamamos capital, pero podría usarse en el socialismo y cumpliría otras funciones. Solemos estar muy atentos a la tecnología y no a la relación social que la contiene. Ahí está el problema, no en la tecnología.
Para Mattio, “estamos viviendo el pico de un cambio tecnológico y eso genera una ebullición en la fantasía colectiva. Para la literatura, es interesante porque las fantasías se multiplican. Por ejemplo, la idea de que la IA se convierta en Skynet y tome el control. Pero, al mismo tiempo que aparecía la máquina hiladora, T. A. Hoffmann escribía «El hombre de arena», donde un autómata enamora a un humano que no puede distinguirlo de un cuerpo natural. Hay dos campos que se van tocando: la fantasía social respecto a la tecnología y la tecnología en sus propias mutaciones. Qué pueda pasar con la IA es terreno de especulación. La pregunta es cuál es el uso de la máquina, en manos de quién está y en qué relación social opera. Lo que se esconde en el temor a la máquina es el temor a quien está detrás y aparece como opaco: el capital”.
Desde hace unos diez años, hay una fuerte aparición de literatura no mimética en Argentina"
—¿Qué mirada tenés de la ciencia ficción en la Argentina hoy y cuál es su cuadro de situación?
—Desde hace unos diez años, hay una fuerte aparición de literatura no mimética (ciencia ficción, terror, weird) que ha ganado mucha centralidad. Las figuras de Mariana Enriquez y Samanta Schweblin construyeron una enorme posibilidad de ir hacia franjas de la imaginación que se fugan del realismo. Dentro de eso, la ciencia ficción como evento puro casi no existe. Tenés a Flor Canosa, con La segunda lengua materna; a Roberto Chuit Roganovich, con Si sintieras bajo los pies las estructuras mayores; a Ricardo Romero con Big Rip; o a Milagros Porta, con Oxígeno. Hay una serie de autores trabajando en una ciencia ficción que no es dura al estilo (Isaac) Asimov o (Ray) Bradbury, sino que tiende a contaminarse en dos sentidos: con otros géneros y con la tradición argentina. La ciencia ficción actual achica la distancia que parecía abismal entre El Eternauta y Borges, Bioy Casares o Silvina Ocampo, porque ambas zonas empiezan a ser muy productivas para lo que se escribe ahora.



