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Mi amigo el taxista

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Siempre saludo al taxista con cordialidad. Porque no es un simple robot preparado para conducir. Es una persona que siente, piensa, a veces sufre, ríe y sobre todo, escucha. ¡Cuánto escucha! Sabe “relojear” al pasajero. Luego del arribo y la indicación de la dirección, ya tiene una ligera idea sobre el tipo de viaje que le tocó en suerte.

Quizás un monólogo a manera de catarsis, o un relato sobre el motivo del viaje, un silencio prolongado, o un uso excitado del celular. También  puede ser una discusión de pareja, o un dúo de ancianos de buen humor. Una chica que llora o una embarazada que no logra comodidad, pese al asiento en buenas condiciones y el aire fresquito que contrarrestra el calor. O un par de jóvenes que lo ponen en alerta. Mi amigo el taxista observa. Sabe. Tiene cancha. Además muchas veces él mismo no tiene ganas de hablar. Y si el pasajero parlotea, contesta con monosílabos inaudibles que desencantan de inmediato. Eso sí, no fuma. Mi amigo el taxista no fuma. Al menos no adentro del auto. Jamás. Lo tiene limpito, perfumado y con la radio bajita, como para disfrutar. Llega, cobra, rezonga por la falta de cambio, y vuelve a poner su reloj en punto para el próximo pasajero. Pero ese soleado día, mi amigo el taxista estaba de buen humor. A lo mejor la noche anterior la “patrona” estuvo querendona, aprovechando que los chicos gozaban con dormir en casa de los abuelos. Seguramente ese tipo de cosas le hacen más llevaderas las 12 horas largas con el tránsito tan agresivo, sorteando baches, respetando semáforos. Parando donde los autos particulares dejaron lugar. Y apurando, siempre apurando para poder llevar más puchero a la mesa. Ese día mi amigo el taxista me miró por el espejo:

—¿Disfruta señora? ¿No es rosarina? , me preguntó anta mi insistente mirada sobre las hermosas calles de la avenida Pellegrini, desde el río hasta Dorrego.

—Soy de acá, solo que hace mucho que no venía por la avenida, no había visto que hicieron ciclovía, que todo está tan prolijo, los semáforos funcionan bien. No parece Rosario. Tengo una prima que vive en Lamadrid al 2500. ¿Conoce? ¿Sí? Me imagino. Bueno. No tienen pavimento, el mejorado lo hicieron hace como 25 años, tiene unos pozos que por lo visto usted conoce bien, hay zanjas, mosquitos, cortes de luz, y como vive en una planta alta, el agua con estos calores, no le sube para nada y se la cobran como a todos. ¿Qué le parece?

—Mire señora, para mí todo está clarito, clarito. Por Pellegrini hay pavimento, semáforos, contenedores, agua suficiente, gas y la luz casi no se corta. Las calles se barren todos los días. Es muy simple. Calcule usted un poquito. En un edificio de 10 metros de ancho hay diez pisos, a veces de dos torres. Son más o menos 20 familias. ¡En 10 metros! Y en una sola cuadra hay 6, 7 edificios o más. ¿Cuántas familias son? ¿Cuántos votos suman? Porque la gente vota la comodidad. Y a los políticos les interesan los votos. Todo lo hacen por los votos. Fíjese. Esos 10 metros de la avenida Pellegrini le cuesta a la Muni lo mismo que una cuadra entera del barrio de su prima. Si lo piensa bien la cuenta les sale redonda. Un poco de lo que llaman sentido común argentino. ¿No?

Suspiré hondo, esbocé una sonrisa resignada, pagué, y bajé.

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