La entrada vidriada por la guardia del hospital escuela Eva Perón de Granadero Baigorria está clausurada por una obra de urgencia. El taladro contra una pared retumba. Van a poner una baranda porque la gente se agolpa, se apoya contra el vidrio y el otro día se rajó parte de la estructura. Jorge Kilstein, el director del centro de salud provincial, sale de su oficina y pide ir a hablar a otro lado. No aguanta más el ruido.

Avanza por el pasillo de mosaicos amarillos gastados en el piso y celestes en la pared. Dos médicos discuten algo sobre una internación. Una mujer arrastra un carrito de hierro que hace un chirrido y lleva sábanas limpias. Un herido en camilla sufre. Jorge sale por la puerta principal, frente una bandera argentina agotada, y camina por el patio. Las persianas blancas de madera que dan al frente sobre avenida San Martín insisten en rebelarse: una rota, otra torcida, otra baja; uniformidad nunca. Hacia el norte del edificio de dos pisos inaugurado hace casi 70 años por el peronismo surge un injerto. Los contenedores sanitarios que forman el pabellón modular para casos covid. En julio del año pasado, Nación entregó esas 76 camas para atender la emergencia: 24 de Unidad de terapia intensiva (UTI) y 52 generales.

Este lunes de colpaso sanitario en Rosario y buena parte de la provincia, todas las camas críticas están ocupadas acá también. “Hace semanas que estamos al 100% pero ahora los otros hospitales de la red también están completos y no hay donde derivar pacientes”, cuenta Jorge, clínico de 53 años que asumió la dirección en marzo de 2020 pero hace casi 30 que trabaja en el hospital. “Teníamos otros sueños para esta gestión”, reconoce.

Jorge Kilstein y Mariela Fernández, director y vice del Eva Perón.

“Además de las 24 camas UTI, al principio solo 14 de las 52 generales del modular tenían oxígeno central y nosotros hicimos una obra con recursos propios para que todas lo tengan. Agregamos equipos de ventilación con cánulas de alto flujo y de esa forma creamos una especie de sala intermedia”, explica. Los pacientes más graves aún dependen de acceder a un respirador y ser entubados (o "intubados", para los médicos).

Las palabras no dicen lo mismo para todos. Cuando los profesionales de la salud hablan de “colapso sanitario” o “saturación del sistema”, alguien puede imaginar una sala de hospital llena de personas sin rostro. Ellos, por ejemplo Lorena Yigeriniam, coordinadora de los médicos clínicos, ve a la mujer de 60 años que está en la sala general del modular y necesita, ya mismo, pasar al área crítica porque no puede seguir respirando por sus propios medios. Y del otro lado, Nicolás Rocchetti, uno de los tres coordinadores de la terapia intesiva covid, le dice que no tiene lugar. Una persona debe recuperarse (puede llevar tres semanas o más) o morir para que una de las camas se desocupe.

De eso hablaron los dos colegas en la reunión de las 8 de la mañana, o “pase de sala”. Nicolás, de 34 años, se despertó a las 6.30 en su casa del centro de Rosario, llevó en un auto a su hijo Milo de 2 al jardín y se vino al Eva Perón. Novedades del cambio de turno: no hay camas, otra vez. Ese mismo dilema se reproduce en los otros centros de salud de Rosario y de la provincia de Santa Fe. También en Córdoba y el norte de Buenos Aires, le dicen a la ministra de Salud Sonia Martorano y a su equipo que llama por teléfono en busca de lugares. Están desesperados. Son médicos, enfermeros, kinesiólogos, mucamas; 1.200 trabajadores que se desesperan por salvar vidas y ven, empiezan a ver, que no pueden, que no van a poder.

El pabellón y las cuatro salas

 

El “Hospital modular en red Granadero Baigorria” construido por el gobierno nacional es una combinación de contenedores y sistemas de aire con filtros para limpiar partículas, oxígeno general y camas con o sin respirador. El ingreso tiene una sala donde los profesionales se ponen y sacan los equipos de protección y los desinfectan. Una bata o un mameluco, guantes dobles, un barbijo arriba de otro y ambos debajo de una escafandra que se completa con cofias para el pelo y botas para las zapatillas. Enumerarlo agota. Ponerlo y sacarlo, cada vez, cada día, más.

Los profesionales se dividen por salas. Las primeras, A y B, son las generales con 26 lugares cada una. Más atrás, las celdas C y D de terapia intensiva, con 12 y 12. De la última habitación sale una chica. Inevitable, incluso a más de un año de pandemia, no inquietarse ante los médicos en esos atuendos de astronautas que enseguida son asistidos por otros compañeros y compañeras que los higienizan y los ayudan a desmontarse. Abren los brazos como un cristo, giran, después un pie para mostrar la suela y el otro.

Antes de salir de la terapia, esa médica revisó uno por uno sus 12 pacientes críticos. Son por lo menos dos horas de verificar los parámetros del respirador, las dosis de medicamentos y la evolución de los sedantes. Si un caso se agrava ya no tiene a donde derivar ni a quien pedir ayuda. Ahí, hacen lo que saben: pelean en equipo.

Se juntan cinco médicos, kinesiólogos y enfermeros de turno. Uno se para a la cabeza del paciente para cuidar el respirador y los tubos. Los otros cuatro se colocan dos de cada lado. Toman las sábanas y hacen una suerte de polea humana para girar al enfermo crítico con cuidado. Lo ponen boca abajo para mejorar la capacidad de pelear por aire. Esa es la posición decúbito prono que salva algunas vidas en momentos de máxima tensión.

“Eso pasa todos los días. No funciona con todos pero funciona. Hay que desplazar, levantar y girar al paciente que puede pesar 70, 80 o 90 kilos. A las 24 horas volver a darlo vuelta. El agotamiento es también físico”, describe Nicolás Rocchetti, coordinador de la terapia covid.

El médico prefiere no dar porcentajes de fallecidos y recuperados pero no duda que antes de la pandemia la mayoría de los pacientes se recuperaban y eso ya no ocurre. “La mortalidad aumentó en las terapias”, informa y agrega: “La carga que tenemos es terrible y esto avanza. No tenemos muchas más herramientas que en la primera ola y estamos agotados. Es un combo explosivo”. Habla y parece sereno, con los brazos caídos paralelos al cuerpo. Quiere seguir y dice “por eso le pedimos a la población que...” y no completa la frase con palabras sin con un golpecito corto de las dos palmas contra los muslos.

A unos metros, pegado al modular, hay un “contenedor refrigerante”. Tiene capacidad para diez cadáveres. El año pasado tuvieron que agregar esa estructura porque la morgue del Eva Perón con capacidad para seis cuerpos no alcanzaba. Hubo hasta nueve personas muertas en un día durante la primera ola.

El mensaje

 

Las puertas y ventanas de acceso a las salas del modular tienen papeles pegados. Hay dibujos de niños que agradecen a los médicos. Algunos sencillos y tiernos, otros en donde una parca juega una pulseada con un doctor en una mesa. Toda la ventana está repleta de documentos con información. Tablas hechas con computadora y corregidas en birome con los datos de cada paciente. La oxigenación de Walter, los signos vitales de Patricia o el último informe de una mujer que está, además, embarazada. Hace una semana murió una joven de 27 años en esa condición. Los profesionales cuentan que no fue algo extraordinario: ven fallecer a jóvenes y chicos hace varios meses.

A esas planillas pegadas en los vidrios, los médicos le sacan una foto con su celular porque nada puede salir de la zona covid al exterior. Se llevan la información en una imagen para redactar sus informes y llamar a los familiares. Cada día, dan los partes por teléfono para los seres queridos. Cuando las novedades no son buenas, esos diálogos pueden ser tensos y demorar 15 o 20 minutos. “Hay familias que no entienden cómo una persona que estaba bien se agrava; otros niegan lo que está pasando”, resumen.

También, aclaran, están los agradecidos, como prueba el pasacalle que pusieron frente al hospital y ofrenda: “Gracias a todos los médicos y personal”. Lorena busca la foto en su celular y la muestra. “Se las mandé a todos”, celebra. Debe haber una sonrisa debajo del barbijo. Busca otra imagen, la de pacientes recuperados jugando al truco. No la encuentra. Quiere compensar, con esa escena divertida, la historia de la mujer a la que le permitieron visitar a su esposo internado porque a ambos se le murió el hijo de 20 y pico en terapia covid. Ahora Lorena, 49 años y madre de chicos de 21, 18 y 14, está con otro inconveniente: tiene internado un preso que mejoró y está “deambulando esposado”.

La sala general es un lugar extraño. Son personas aisladas en camas pero muy distintas. Acá hay un señor de costado (decúbito dorsal) con los ojos cerrados y se nota que le cuesta respirar. Tres camas más allá, un joven sentado, comiendo y mirando el celular. Entre uno y otro puede haber un día de mala evolución; horas. Algunos de ellos pasarán a terapia. Otros se irán a su casa. Como este hombre de metro noventa y torso ancho que parece un gigante y que se va de alta con una bolsa en la mano, lento y tímido como un niño.

Lo que desnudó la pandemia

 

El papel en el vidrio con los datos de Walter, Patricia y la mujer embarazada tiene arriba un nombre en negro: “Juan”. Es por Juan Cruz, un cirujano recién recibido que lo llamaron y aceptó el desafío de trabajar como clínico por la emergencia. De la sala de operaciones a la trinchera covid. “La entrega, la solidaridad de todos los médicos es emocionante”, dice Mariela Fernández, nefróloga y vicedirectora del hospital.

Ella asumió en el inicio de la pandemia junto a Jorge Kilstein y desde entonces encabeza una batalla sin fin. Trabaja de lunes a sábado. El domingo sería su día para descansar pero no puede apagar el celular. “Es peor si lo apago. Me da culpa porque sé lo que está pasando y hay mucha gente que depende de nosotros”, revela. De un tomógrafo que no anda a un campamento de gitanos que se instala en el predio (por un paciente) y prende una fogata junto a cabina de gas. Cualquier cosa puede pasar. Entonces nunca hay desconexión.

Nicolás Rocchetti, Mariela Fernández y Lorena Yigeriniam.

“También me pasa que salgo de acá a la calle y veo a la gente en bares y no puedo estar. Es alienante. Nosotros estamos sobrepasados y eso le agrega una carga emocional negativa. Vemos cómo se deterioran los jóvenes o nuestros pares internados”, sigue Mariela. La semana pasada ingresó a terapia intensiva una ex supervisora de enfermería que se jubiló el año pasado. Tuvieron que intubarla. Sus padres y su hermano también fueron internados. Su papá falleció. Un drama familiar y cercano.

Todo eso entra en erupción y emerge cuando Mariela habla este mediodía de lunes. Se emociona y pide: “Que nadie se olvide de todo lo que desnudó esta pandemia. De la falta de estructura de los hospitales. De los trabajadores que hace 10 años son monotributistas y están mal pagos. Que no hay más gente donde ir a buscar para las terapias. Uno va dejando la vida acá y que esta película no sirva de nada...”, dice, no termina y vuelve: “Este hospital está que estalla. El otro día explotó un caño de agua. No hablo de ahora: tiene 70 años y nadie invirtió en ese tiempo. Hace 30 años que trabajo acá. Duele”.

Nación, provincia y municipio reforzaron y ampliaron el sistema de salud. Pero no hay más reemplazos para los equipos de profesionales. Y, pese a la vacunación, los contagios siguen. Días atrás hubo un positivo en el área de clínica que obligó a cinco aislados. Seis bajas que se cubrieron con los mismos recursos humanos vigentes: trabajan 24 y hasta 30 horas de corrido. Los terapistas comen, se cambian y duermen en un viejo chalet que era para trabajos de rehabilitación y se destinó como anexo al equipo covid. Una segunda casa. 

"Hacemos malabares”, explica el director del Eva Perón y aclara que no sabe cómo seguirá la segunda ola. Jorge cree que aún falta lo peor. Que el invierno no ayudará y no está claro qué ocurrirá con las nuevas cepas pero parecen más agresivas. Con pacientes más jóvenes e internaciones más largas. Confía, como salida, que será más corta que la primera del año pasado. “Quizás dos meses”, dice o desea. Ahora se tiene que ir a participar de un zoom con la ministra Martorano y el gobernador Omar Perotti para evaluar el actual colapso.

Afuera del modular hay un extractor. El motor trabaja. La chimenea sujetada con unos alambres vibra. El pasto fue cortado pero sobre los equipos crecen, sobre los bordes, unos yuyos altos. Algo gotea porque se formó un charco de agua. De la ventana de lo que debe ser un baño asoman unos potes con crema. De lejos no, pero de cerca el motor hace ruido.