El recreo suele considerarse un intervalo entre clases, pero también es un momento para moverse, jugar, conversar y recuperar energía. La investigación sugiere que puede aportar beneficios a la experiencia escolar, aunque todavía no existe una fórmula definitiva sobre cuánto debería durar.

Hay una escena que se repite todos los días en las escuelas: suena el timbre y, en cuestión de segundos, los estudiantes salen al patio.

Corren, juegan, conversan, inventan reglas, se persiguen, discuten y vuelven a encontrarse después de varios minutos de actividad dentro del aula.

Para los adultos, el recreo puede parecer simplemente una pausa entre clases. Para los chicos, es una parte significativa de la jornada escolar.

Pero ¿debería durar más?

La pregunta no es tan sencilla como parece. La investigación disponible encuentra beneficios asociados al recreo, pero todavía no permite establecer una duración universal que sea ideal para todos los estudiantes y todas las escuelas.

El recreo no es tiempo perdido

Una revisión sistemática publicada en 2023 analizó investigaciones sobre la relación entre el recreo y distintos resultados educativos en estudiantes de escuela primaria.

Los autores encontraron evidencia limitada, pero en general favorable, sobre aspectos vinculados con el comportamiento. También encontraron resultados positivos o neutros respecto del rendimiento académico, sin evidencia de que el recreo perjudique los aprendizajes.

Esto es importante porque durante mucho tiempo el descanso escolar puede haber sido considerado como tiempo que se “quita” a la enseñanza.

La evidencia disponible plantea otra posibilidad: un descanso no necesariamente compite con el aprendizaje.

¿Más minutos significan mejores resultados?

No necesariamente.

Una de las conclusiones más interesantes de la revisión es que la cantidad de recreo importa, pero no alcanza con sumar minutos para garantizar mejores resultados.

Los investigadores señalan que un tiempo diario superior a 20 minutos podría resultar beneficioso y que varios períodos de recreo durante la jornada podrían ser una alternativa interesante. Sin embargo, también remarcan que la evidencia todavía es heterogénea y que hacen falta estudios de mayor calidad para determinar cuál es la combinación óptima de duración, frecuencia y características del descanso.

Por eso, la pregunta quizás no debería ser solamente “¿cuánto dura el recreo?”, sino también “¿qué pueden hacer los estudiantes durante ese tiempo?”

Moverse también cuenta

El recreo ofrece una oportunidad particularmente valiosa para que los chicos abandonen por unos minutos la posición sedentaria que suelen mantener durante las clases.

Correr, saltar, caminar, jugar a la pelota o simplemente desplazarse por el patio incorpora movimiento a la jornada escolar.

Además, las investigaciones sobre pausas activas —períodos breves de actividad física incorporados durante la jornada— encontraron algunos efectos positivos sobre determinados aspectos de la atención, aunque los resultados no son suficientemente consistentes como para afirmar que cualquier pausa activa produce automáticamente una mejora cognitiva.

Esto también invita a evitar una mirada demasiado utilitaria: el recreo no necesita justificarse únicamente porque después los chicos puedan prestar más atención.

Jugar, moverse y relacionarse con otros también son experiencias importantes durante la infancia.

Un buen recreo necesita algo más que tiempo

Un recreo de 30 minutos no necesariamente será mejor que uno de 15 si el espacio es insuficiente, si los estudiantes no tienen oportunidades de movimiento o si la organización genera conflictos constantes.

La calidad del descanso también importa.

Un patio que permita diferentes tipos de juego, espacios seguros, materiales adecuados y cierta libertad para elegir qué hacer puede ofrecer una experiencia muy diferente a un recreo en el que los estudiantes apenas tienen lugar para desplazarse.

También hay que considerar las edades. Las necesidades de un niño de los primeros años de primaria no son idénticas a las de un adolescente.

Por eso, pensar políticas de recreo implica mucho más que definir una cantidad de minutos.

¿Y si hubiera más recreos cortos?

Otra posibilidad es distribuir el descanso durante la jornada en lugar de concentrarlo en un único período extenso.

La idea de contar con varios recreos aparece en la literatura científica como una alternativa que merece ser estudiada, aunque todavía no existe evidencia suficiente para afirmar que un determinado esquema sea superior a todos los demás.

En este punto, la investigación invita más a experimentar y evaluar que a establecer recetas.

La escuela podría preguntarse, por ejemplo, si determinados grupos necesitan pausas diferentes, si el momento del día modifica la utilidad del descanso o si determinados formatos favorecen mejor el movimiento y la convivencia.

El recreo también enseña

Hay algo que los minutos de patio permiten hacer y que no siempre tiene lugar dentro del aula: negociar reglas, resolver pequeños conflictos, organizar juegos, esperar turnos, tomar decisiones y relacionarse con otros sin que cada interacción esté dirigida por un adulto.

No todo aprendizaje ocurre frente a un pizarrón.

Por eso, discutir la duración del recreo no debería reducirse a decidir si conviene sacrificar cinco o diez minutos de clase para que los estudiantes tengan más tiempo libre.

La pregunta de fondo es otra: ¿qué lugar quiere darle la escuela al descanso, al movimiento, al juego y a la interacción entre pares?