“Se distrae todo el tiempo”, “no termina ninguna actividad”, “hay que llamarlo varias veces para que empiece”. Son situaciones frecuentes tanto en las aulas como en los hogares y suelen generar una pregunta: ¿por qué a algunos chicos les cuesta tanto concentrarse?
La respuesta no es sencilla. La atención no funciona como un interruptor que está encendido o apagado ni existe una cantidad universal de minutos durante los cuales todos los niños pueden concentrarse. Se trata de una capacidad compleja que depende de factores individuales, del contexto y de las características de la tarea.
Por eso, antes de interpretar la distracción como falta de interés, esfuerzo o voluntad, conviene mirar qué condiciones están favoreciendo —o dificultando— que ese estudiante pueda sostener su atención.
La atención no es una capacidad fija
Concentrarse implica seleccionar información relevante, mantener el foco durante un período determinado e inhibir estímulos que compiten por nuestra atención. En una clase, por ejemplo, un estudiante necesita escuchar una explicación, mantener en mente lo que acaba de aprender, seguir instrucciones y evitar distraerse con lo que ocurre a su alrededor.
Estas capacidades se desarrollan progresivamente durante la infancia y la adolescencia. Por eso, no todos los estudiantes pueden sostener el mismo nivel de atención durante el mismo tiempo.
Además, la dificultad también puede variar según la actividad. Una tarea que resulta interesante, desafiante y comprensible puede mantener la atención durante más tiempo que otra demasiado sencilla, excesivamente compleja o poco significativa para quien aprende.
Esto tiene una consecuencia importante para la escuela: si un grupo pierde la atención, no siempre la solución consiste en pedirles que “se concentren más”. También puede ser necesario revisar cómo está planteada la actividad.
Dormir bien también ayuda a aprender
Uno de los factores más importantes para la atención ocurre fuera del aula: el descanso.
El sueño está estrechamente relacionado con procesos cognitivos fundamentales para aprender, entre ellos la atención y la memoria. En adolescentes, distintos estudios también encontraron mejores resultados de sueño y desarrollo cuando el horario de inicio escolar es más tardío. Una revisión que analizó 28 estudios y más de 1,7 millones de participantes encontró asociaciones entre horarios escolares posteriores, mayor duración del sueño y mejores resultados generales de desarrollo.
Por eso, cuando un estudiante llega cansado a la escuela, tiene dificultades para mantenerse despierto o parece desconectado durante buena parte de la jornada, no necesariamente se trata de un problema de motivación.
A veces, el cerebro simplemente está intentando aprender mientras funciona con menos recursos de los que necesita.
¿Las pantallas son responsables de todo?
Es probablemente una de las preguntas que más aparecen cuando se habla de atención. Y la respuesta requiere algunos matices.
La evidencia no indica que cualquier uso de una pantalla perjudique automáticamente la concentración. Importan el tipo de contenido, el momento del día, la edad del niño, la actividad que reemplaza y, especialmente, si se utilizan varios medios al mismo tiempo.
La multitarea digital —por ejemplo, hacer la tarea mientras se revisan mensajes, redes sociales o videos— está asociada con mayores dificultades para concentrarse. La American Academy of Pediatrics señala que los estudiantes que realizan multitarea mientras aprenden pueden necesitar más tiempo y repetición para incorporar el mismo material, y que la multitarea recreativa en contextos escolares se relaciona con peores resultados de aprendizaje.
En otras palabras, el problema no es simplemente “tener una pantalla cerca”. Cambiar constantemente de estímulo tiene un costo para la atención.
Al mismo tiempo, la evidencia actual también reconoce que las tecnologías pueden tener usos educativos valiosos cuando están bien seleccionadas y utilizadas con objetivos claros. La propia AAP destaca que ciertos medios digitales de calidad pueden favorecer aprendizajes, especialmente cuando su utilización está orientada y es moderada.
Moverse también puede favorecer la atención
Permanecer sentado durante largos períodos tampoco parece ser la única forma de aprender.
La actividad física tiene efectos positivos sobre distintos aspectos del funcionamiento escolar. Un metaanálisis que reunió 26 estudios y más de 10.000 niños encontró que las intervenciones de actividad física se asociaban con mejoras en las conductas de permanencia en la tarea y con beneficios en diferentes áreas del rendimiento académico.
Esto no significa que una pausa activa vaya a solucionar cualquier dificultad de atención. Sí sugiere que el movimiento puede formar parte de un entorno que favorezca la disposición para aprender.
En el aula, alternar momentos de escucha con actividades prácticas, desplazamientos, participación oral o pequeños intervalos de movimiento puede resultar más adecuado que exigir períodos prolongados de inmovilidad.
¿Qué puede hacer la escuela?
Si la atención es una capacidad que depende tanto del estudiante como del contexto, el diseño de las propuestas pedagógicas adquiere un papel central.
Algunas estrategias pueden ayudar:
- Dividir las tareas extensas en pasos más pequeños, con objetivos concretos.
- Explicar claramente qué se espera del estudiante antes de comenzar una actividad.
- Alternar diferentes tipos de propuestas en lugar de mantener durante demasiado tiempo una única dinámica.
- Reducir estímulos innecesarios cuando se necesita concentración.
- Incorporar momentos de participación activa, preguntas y resolución de problemas.
- Dar instrucciones breves y comprobar que fueron comprendidas.
- Permitir instancias de movimiento cuando la actividad y el grupo lo requieran.
- Evitar la multitarea digital durante actividades que demandan comprensión y memoria.
- Ofrecer retroalimentación que permita al estudiante saber cómo avanzar.
No se trata de convertir cada clase en una sucesión de estímulos para evitar que alguien se aburra. También es necesario enseñar a sostener el esfuerzo cuando una actividad no resulta inmediatamente atractiva.
Ese equilibrio es importante: una buena propuesta pedagógica no elimina todas las distracciones ni convierte el aprendizaje en entretenimiento permanente. Ayuda a que los estudiantes desarrollen progresivamente herramientas para dirigir y sostener su propia atención.
Cuando la dificultad persiste
Que un niño se distraiga ocasionalmente es esperable. Pero si las dificultades para mantener la atención son persistentes, aparecen en diferentes contextos y afectan de manera significativa el aprendizaje, las relaciones o la vida cotidiana, conviene evitar explicaciones apresuradas.
La falta de concentración puede estar relacionada con múltiples circunstancias y no debería interpretarse automáticamente como falta de voluntad ni como un diagnóstico determinado.
En esos casos, resulta conveniente conversar con docentes y profesionales especializados para comprender qué está ocurriendo y qué tipo de apoyo puede necesitar el estudiante.
A concentrarse también se aprende
En una época caracterizada por la abundancia de estímulos, la atención se convirtió en uno de los recursos más importantes para aprender. Pero pensar que los chicos simplemente “perdieron la capacidad de concentrarse” es una explicación demasiado sencilla.
La atención se desarrolla, fluctúa y puede verse favorecida o dificultada por el contexto.
Dormir lo suficiente, moverse, reducir la multitarea, organizar las actividades de manera adecuada y construir propuestas que involucren activamente a los estudiantes son algunas de las condiciones que pueden contribuir a mejorarla.
La pregunta, entonces, no debería ser solamente “¿por qué este chico no se concentra?”, sino también: “¿qué necesita para poder concentrarse y qué podemos hacer para ayudarlo a desarrollar esa capacidad?”



