Durante siglos, el progreso científico estuvo impulsado por una convicción tan poderosa como seductora: si lográbamos construir instrumentos cada vez más precisos, tarde o temprano comprenderíamos el funcionamiento último del universo. Esa confianza alcanzó una de sus máximas expresiones en el CERN, la Organización Europea para la Investigación Nuclear, donde un acelerador de partículas de 27 kilómetros de longitud reproduce, a casi cien metros bajo tierra, condiciones similares a las que existieron instantes después del Big Bang.

Hasta allí viajó el escritor argentino-chileno Javier Argüello movido por una inquietud poco habitual para un narrador. No buscaba escribir sobre física de partículas sino comprender qué ocurre cuando una disciplina extraordinariamente exitosa comienza a encontrarse con preguntas que ya no puede responder mediante sus herramientas tradicionales. El resultado fue Los límites de la ciencia, un breve ensayo publicado en 2024 que sirve de punto de partida para una reflexión mucho más amplia sobre el conocimiento, la realidad y el papel que ocupa hoy la ciencia en nuestra manera de entender el mundo. En 2025 publicó otro libro en el que continua profundizando en el tema y que lleva por título “El día que inventamos la realidad”.

Veamos algunos puntos sobresalientes de su charla con el escritor Roberto Valencia. 

El éxito que abrió una duda

En julio del 2012 se dio un momento particularmente significativo para la física. El Gran Colisionador de Hadrones había logrado detectar el bosón de Higgs, la pieza que faltaba para completar el Modelo Estándar y explicar por qué las partículas poseen masa. El hallazgo constituyó uno de los mayores éxitos científicos de las últimas décadas, pero también abrió una incómoda pregunta: ¿qué viene después?

Muchos de los grandes problemas que hoy ocupan a la física teórica (como la unificación de las cuatro fuerzas fundamentales o la teoría de cuerdas) parecen escapar, al menos por ahora, de cualquier verificación experimental. En otras palabras, las teorías avanzan más rápido que la capacidad tecnológica para ponerlas a prueba.

Fue precisamente esa situación la que llamó la atención de Argüello. En sus conversaciones con físicos teóricos y experimentales descubrió que algunos comenzaban a preguntarse si la definición clásica de ciencia seguía siendo suficiente para afrontar los desafíos actuales. Si una hipótesis no puede verificarse ni refutarse experimentalmente, ¿sigue perteneciendo al terreno científico o pasa a ser una sofisticada especulación matemática? No existe una respuesta unánime, pero el solo hecho de que la pregunta se plantee revela que la física ha llegado a una frontera inédita.

Del laboratorio a la condición humana

Lejos de interpretar esa frontera como un fracaso, Argüello la considera una oportunidad para revisar una idea profundamente arraigada en la cultura occidental: la de que la ciencia puede ofrecer respuestas a todas las preguntas relevantes. A su juicio, esa expectativa nace de haber convertido al conocimiento científico en el principal criterio para distinguir lo verdadero de lo falso, desplazando otras formas de comprender la realidad que durante siglos ocuparon ese lugar. Primero fueron los poetas; luego los filósofos; finalmente, los científicos. Cada época tuvo sus propios guardianes de la verdad.

El problema, considera Argüello, aparece cuando se le exige a la ciencia responder cuestiones para las que nunca fue concebida. La ciencia describe con enorme precisión cómo funciona la naturaleza, pero eso no implica que pueda responder por qué existe algo en lugar de nada, cuál es el sentido de la vida o por qué el amor, el dolor o la belleza ocupan un lugar tan central en la experiencia humana. Al mismo tiempo, estas son preguntas que no desaparecen por el hecho de no ser cuantificables.

En este punto, la mirada de Argüello se aleja de la física y se acerca a la literatura. Como novelista, le interesa especialmente el papel del punto de vista en la construcción de la realidad. Una misma historia cambia por completo según quién la cuente. Lo sorprendente, sostiene, es que la física cuántica también haya terminado otorgando un protagonismo inesperado al observador. Sin caer en interpretaciones místicas, le resulta fascinante que precisamente la disciplina más rigurosa de la ciencia haya descubierto que la observación no siempre es un elemento externo al fenómeno estudiado, sino parte del propio proceso.

Lo que no entra en una ecuación

Esa constatación lo lleva a cuestionar otro supuesto muy extendido: la idea de que solo es real aquello que puede medirse. Vivimos rodeados de indicadores, estadísticas y modelos matemáticos que permiten describir una enorme cantidad de aspectos de la realidad. Sin embargo, recuerda Argüello, nadie puede expresar en números el amor hacia un hijo, el significado de una pérdida o el sentido que una persona encuentra en su existencia. Esas dimensiones no son menos importantes por escapar a una medición objetiva; simplemente pertenecen a otro plano de la experiencia humana.

Argüello enfatiza que, ante una situación grave en nuestras vidas, aparecen las tres grandes preguntas que nos interesan realmente: 1. ¿Por qué estamos aquí? 2. ¿Qué tenemos que hacer mientras eso sucede para darle un poco de sentido a todo esto? y 3. ¿Qué va a pasar el día que me vaya? “Ninguna de estas tres preguntas son respondibles desde la ciencia”, recalca.

Por eso insiste en que el verdadero debate no debería plantearse como una oposición entre ciencia y otras formas de conocimiento. La ciencia sigue siendo la herramienta más poderosa jamás desarrollada para comprender el mundo físico y transformar nuestra calidad de vida. El error consiste en convertirla en la única vía legítima para acceder al conocimiento. Del mismo modo que un martillo es extraordinario para clavar un clavo, pero inútil para responder cuál es el sentido de la vida, el método científico posee un ámbito de aplicación excepcionalmente eficaz que no debería confundirse con una explicación exhaustiva de toda la experiencia humana.

La madurez del conocimiento

En tiempos en que la inteligencia artificial, la automatización y los avances tecnológicos vuelven a alimentar la ilusión de que todo problema terminará teniendo una solución técnica, la reflexión de Javier Argüello invita a recuperar una actitud menos triunfalista y, quizás por eso mismo, más madura. Reconocer los límites de la ciencia no significa disminuir su valor, sino comprender mejor su verdadera fortaleza.

Argüello hace una interesante analogía entre los tiempos actuales y lo que transitamos en nuestro crecimiento. Al principio, creemos todo lo que dicen nuestros padres. En la adolescencia, creemos que no saben nada. En una etapa más madura, empezamos a abrir nuestra mente, entendiendo que podemos saber algunas cosas y que, posiblemente, tengamos que escuchar más a los otros en aquellas que no sabemos. En otras palabras, si no nos radicalizamos, posiblemente podamos pasar a una etapa de mayor madurez en cuanto a nuestras posibilidades y las herramientas de que disponemos para entender la vida en su conjunto.

“Me parece que lo peligroso es el automatismo de los dogmatismos” dice Argüello en otro momento de la charla. Esa forma de razonamiento por la cual creemos tener la verdad, alcanzando una solución que me ahorra el tener que cuestionarme en cada momento de qué manera tengo que actuar. Aquí ya entramos en el terreno de las “recetas”, el “piloto automático”, etc., los cuales a veces nos ahorran tiempo pero que también implican dejar de estar presentes y atentos a lo que estamos haciendo o transitando.

Quizá el gran descubrimiento del CERN no haya sido únicamente el bosón de Higgs. Posiblemente, también haya sido comprender que el universo siempre será más complejo que nuestros modelos y que las preguntas fundamentales de la existencia seguirán requiriendo el diálogo entre la ciencia, la filosofía, la literatura y otras formas de conocimiento. Después de todo, una ciencia verdaderamente madura no es la que cree tener todas las respuestas, sino la que conserva la humildad de seguir haciéndose las preguntas correctas.

Claudio Pairoba es bioquímico, farmacéutico y doctor por la Universidad Nacional de Rosario. Máster en Análisis de Medios de Comunicación y Especialista en Comunicación Ambiental. Miembro de la Escuela de Comunicación Estratégica de Rosario y la Red Argentina de Periodismo Científico. Acreditado con la American Association for the Advancement of Science (Science) y la revista Nature. Coach en Reinvención Escuela Hacer Historia - UMSA.

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Fuentes
Javier Argüello. El día que inventamos la realidad
https://www.youtube.com/watch?v=EOmW6N3Hvms&t=3780s 

Representación argentina ante organismos internacionales en Ginebra
https://eoirs.cancilleria.gob.ar/userfiles/CERN%20-%20V.F%20(PDF)_0.pdf

Gran Colisionador de Hadrones: el bosón de Higgs y otras partículas subatómicas que pueden ayudar a resolver los grandes enigmas del universo
https://www.bbc.com/mundo/noticias-62041461