Argentina fue pionera en la región al establecer, ya en la década del 60, una fecha específica para poner de relieve la importancia del agua. El Día Nacional del Agua nació en 1963 en Córdoba, durante el primer Congreso Nacional del sector, con el objetivo de despertar una conciencia profunda sobre el uso racional y responsable de este recurso natural.

La fecha se incluyó a nivel nacional en 1970 a partir de una resolución del Ministerio de Obras y Servicios Públicos de la Nación. Posteriormente el gobierno nacional dictó el decreto N° 2.481 de 1973 que estableció que cada 31 de marzo se celebre con exclusividad el Día Nacional del Agua.

Aunque la iniciativa surgió hace más de 60 años, la relevancia de la fecha cobra hoy una vigencia crítica. El agua es un recurso renovable, pero extremadamente limitado y frágil: si bien abunda en el planeta, solo el 3% es agua dulce apta para el consumo humano. Por este motivo, resulta fundamental evitar consumos secundarios y priorizar el uso esencial.

Guía de buenas prácticas para el hogar

 

Adoptar hábitos de consumo más conscientes permite asegurar la disponibilidad de agua potable para las generaciones presentes y futuras. A continuación, las recomendaciones oficiales para un uso eficiente:

  • Priorizar lo esencial: no utilizar agua potable en actividades que pueden postergarse, como el lavado de autos, veredas o el riego de jardines.
  • Herramientas de corte: un caso de limpieza, utilizar baldes o mangueras provistas de sistemas de corte (gatillo o interruptores) para evitar que el agua corra sin sentido.
  • Eficiencia en el lavado: usar el lavarropas con programas cortos y de mayor eficiencia energética y de caudal.
  • Cuidado de piletas: conservar el agua de las piscinas mediante el uso de cloro y cubriéndolas con una lona para evitar la evaporación y la suciedad.
  • Atención en el baño: no dejar correr el agua innecesariamente al lavar los platos o cepillarse los dientes. Un dato clave: una ducha de apenas 10 minutos consume unos 80 litros de agua.

Al modificar pequeñas acciones cotidianas, se contribuye de manera directa a la preservación de un sistema que, ante el crecimiento poblacional y el cambio climático, se vuelve cada vez más vulnerable.