A las 9.45 de este martes, en la segunda semana del juicio por el crimen de Máximo Jerez, Julio, el padre del chico de 11 años asesinado en el barrio Los Pumitas de Rosario, entra a la sala 10 del Centro de Justicia Penal. Lo acompañan Alejandra, hermana mayor de la víctima, y la mamá de un amigo, todos de la comunidad qom que quedó atravesada por la balacera de la madrugada del domingo 5 de marzo de 2023.

Se sientan en la parte de atrás. No hay más público que ellos en el proceso oral que comenzó el lunes 20 y tiene a cuatro acusados por el homicidio calificado, uno de ellos reveló la motivación y buena parte de la mecánica del hecho. En la audiencia, el fiscal Franco Tassini y los abogados defensores le terminan de hacer preguntas a una investigadora del caso, sobre el cruce de llamados entre los involucrados y la declaración de un testigo reservado.

Julio, de buzo negro y pantalón marrón, espera. El intercambio se pone muy técnico y mueve las piernas, ansioso. El fiscal se acerca a hablar con él. El tribunal aprobó una “declaración de impacto”, que es cuando un familiar expresa el daño que le provocó la pérdida. Pero Julio le dice que no va a prestar testimonio. Saca del bolsillo una carta. Son dos hojas de papel escritas con birome azul y dobladas en cuatro partes.

Por lo reservado que son los familiares de Jerez y allegados de la comunidad qom, además del miedo que todavía persiste en el barrio después del crimen y del estallido popular que los enfrentó con la banda de narcomenudeo del Salteño en Los Pumitas, la idea preliminar era que el padre declarara en nombre de todos. Al final, definieron aportar cuatro testimonios por escrito, de familiares de Máximo y de las personas heridas (tres niños fueron baleados también la madrugada del ataque en pasaje San José y Cabal).

A las 10.10, los cuatro acusados que siguen el juicio vía zoom desde la cárcel pasan a una sala de espera. El fiscal Tassini lee la primera carta, de la madre de Maxi, Andrea Acosta, quien quedó muy golpeada tras la muerte y casi no puede salir de su casa. Escribe para contar por primera vez su “sufrimiento y dolor”.

Señala que su hijo era “un niño que tenía toda una vida por delante con muchos sueños por cumplir, pero un 5/3/23 todo se terminó cuando esa noche él salía de la casa de su tía con sus primos y quedó en el medio de una balacera”.

“A partir de ese momento toda nuestra vida se derrumbó por completo, porque estas cosas no tienen que pasar en nuestro barrio. Hoy, a 3 años y 4 meses, seguimos sufriendo el dolor de ese día”, describe en el texto.

Y pide: “Solamente buscamos justicia y que los que hicieron esto paguen los años que tengan que pagar. Mientras estábamos enterrando a mi hijo, también estábamos preocupados por la vida de mi sobrino Alexis, que no sabíamos si iba a sobrevivir porque estaba delicado”.

El segundo testimonio es, justamente, el de Alexis, quien sufrió dos heridas de bala, una en la espalda y otra en el abdomen. “Estuve muy grave y tuve que pasar por una cirugía donde mi vida corrió peligro. El dolor más grande fue cuando me recuperé el 7/3/23, que me desperté y pregunté por mi primo y me contaron que había fallecido”, relata.

“Trato de ocultar mi tristeza, pero esos recuerdos nunca se van a ir. Solo pido justicia para al menos tener un poco de paz en nuestras vidas, aunque nada nos va a devolver a mi primo Máximo”, agrega. 

Un amigo de Máximo dice que el sábado 4 de marzo había jugado al fútbol con él a la tarde en el club Los Pumas y al otro día tenían que volver: “Pero ese partido nunca pasó porque esa noche nos lo arrebataron y todo cambió a partir de ese día. Mi vida fue distinta, me encerré en el dolor, en no poder dormir, en no querer salir. Solo quería estar en el cementerio con mi amigo”.

“Hoy –sigue el fiscal en su lectura–, recién me estoy recuperando y empiezo a ir a juntarme con los demás amigos que teníamos en común. Es muy difícil porque todos los días lo tengo que ver pintado en un mural y no tenerlo presente jugando a la pelota con todos nosotros. Solo pido justicia y que paguen”.

Damián Jerez, hermano, también narra cómo “cambió por completo mi vida al perder a mi hermanito, quien era un niño con muchos sueños y el que alegraba nuestra casa con sus locuras”.

“Solo nosotros sabemos el daño tan grande que causaron en nuestras vidas y para al menos tener un poco de paz, pedimos justicia y que paguen los que nos arrebataron a nuestro hermanito”, suma a los testimonios aportados por la familia que se incorporan al juicio.

Julio Jerez, papá de Maxi, y Alejandra, hermana mayor, sostienen las cartas leídas en la audiencia (Rosario3).
Julio Jerez, papá de Maxi, y Alejandra, hermana mayor, sostienen las cartas leídas en la audiencia (Rosario3).

Fuera de la sala, al pasar a un cuarto intermedio, los familiares y una allegada de la comunidad dicen a Rosario3 que además de pedir justicia por Máximo, reclaman seguridad porque la tensión en el barrio Los Pumitas nunca desapareció.

Si bien no hubo nuevos enfrentamientos y tiroteos, la presencia de la banda que maneja el narcomenudeo en el barrio se mantiene, al igual que las provocaciones o intentos de recuperar los puestos de venta de droga que fueron derruidos en el estallido de marzo, posterior al crimen. “Nosotros nos quedamos en calma porque no queremos problemas”, cuentan.

El grupo que representa a los Jerez y a la comunidad llegó y se fue acompañado por un abogado del equipo de la Dirección de Asistencia y Empoderamiento de la Municipalidad (Daem), que hizo de nexo con Fiscalía en este juicio.

Otros testimonios

 

Más temprano, en la audiencia de este martes, declararon peritos e investigadores sobre los celulares secuestrados a los cuatro acusados Nicolás Castillo, de 28 años y dueño del Honda Civic negro desde donde se abrió fuego, Maximiliano Castillo (27), Nicolás Torres (28) y Ezequiel Miguel Godoy (37). 

Brandon R., uno de los señalados por haber estado en el auto esa noche, fue citado como testigo de una de las defensas y dijo que ni Nicolás ni Maximiliano Castillo se subieron al Honda Civic, porque Nicolás se lo había prestado a Ezequiel Godoy. 

Afirmó que estaba con Godoy y dos amigos más que solo conocía por apodo (“Pariente” y “Pierna”). Que una moto pasó disparando a la medianoche en la zona de Campbell y Juan B Justo. Después, “dieron unas vueltas esa noche” pero negó haber participado de la balacera.

Tania R., pareja de Nicolás Castillo, aseguró que esa noche la pasaron juntos. Ella estaba embarazada, a días de parir, y el acusado la llevó a la Maternidad Martin. Volvieron a las 23 a su casa y no salieron. Abonó la misma versión: “Le prestó el auto (el Honda Civic negro) a sus amigos” (otra vez aparecieron los nombres del “Tío” Godoy, Brandon R., Pariente y Pierna). 

Victoria M., otra testigo de la defensa de Castillo, declaró haber visto un motociclista a los tiros esa medianoche, antes de la balacera, y asoció a esa persona con el “Paraguayito”, quien sería el soldadito del Salteño que fue emboscado más tarde por los agresores del Honda Civic en Cabal y San José y que terminaron matando a Máximo Jerez.

Como adelantó a Rosario3 la semana pasada, esa versión de la abogada de Nicolás Castillo, María del Carmen Varela, señala que hubo un tiroteo entre las bandas narcos (del “Salteño” o clan Villazón en Los Pumitas y de los Castillo que responden a Alexis “Araña” Ibáñez en Empalme, zona de Juan B Justo y Campbell). La Fiscalía señaló que las pericias en el lugar del crimen solo identificaron disparos desde el auto y calibre 40.

Con esos testimonios, se cerró la etapa probatoria y el viernes comenzarán los alegatos de las partes, en donde el fiscal pedirá penas de prisión perpetua para los cuatro acusados.

De los testimonios y datos que se desprenden del juicio surge un diagnóstico, un patrón de cómo actuó en los últimos años (y actúa) la narcocriminalidad desplegada en las calles de Rosario. Es un caso emblemático porque después del crimen de Máximo se desató un estallido popular contra la banda del Salteño que destruyó casas y puestos de venta de droga. Esa reacción de los vecinos y familiares, muchos del pueblo originario qom, obligó al gobierno nacional a reforzar la seguridad en el barrio. También porque se repiten engranajes del drama de la violencia local: órdenes de balaceras que llegan desde la cárcel, grupos poco sofisticados pero con mucho poder de fuego, ataques desmesurados que generan muertes al azar, incluso de niños, y la precariedad social por todas partes. Una foto de lo peor que vivió y vive, en menor medida, la ciudad.