Quien hoy sienta que su atención se dispersa entre las notificaciones de WhatsApp, los videos de TikTok y el ruido de la calle, no está solo. Sin embargo, lo que muchos creen que es un mal de la era digital, en realidad es una batalla que la humanidad libra hace siglos. Ya en 1925, un inventor comprendió que el cerebro humano es una máquina perfecta para distraerse y propuso una solución tan efectiva como estrambótica: "The Isolator" (El Aislador).

La procrastinación no es un fenómeno nuevo. Como bien señala un extenso repaso del portal especializado Xataka, la preocupación por la pérdida de tiempo ya desvelaba a figuras como Séneca hace dos mil años, e incluso a los monjes de la Edad Media, quienes creían que la dispersión mental era obra de los demonios. 

Hoy, en 2026, la ciencia confirma que estamos perdiendo la capacidad de foco, pero hace exactamente un siglo, la respuesta fue mucho más física y analógica.

 .
. .

El hombre detrás de la máscara

El creador de este singular artefacto fue Hugo Gernsback, un inventor y editor luxemburgués-estadounidense cuya importancia es tal que los premios más prestigiosos de la ciencia ficción (los Premios Hugo) llevan su nombre en su honor. Gernsback, un visionario con una imaginación desbordante, decidió atacar el problema de las distracciones "de un solo golpe" combinando su ingenio técnico con su amor por la ficción.

A través de su revista Science and Invention, presentó en julio de 1925 su prototipo. El aparato consistía en una pesada estructura de madera maciza, revestida con corcho y fieltro para suprimir cualquier sonido externo. Lo más llamativo, sin embargo, era su aspecto: una escafandra alargada que cubría toda la cabeza, dejando apenas dos rendijas mínimas para los ojos, pintadas de negro para que el usuario solo pudiera ver el papel frente a él.

Trabajar con tanque de oxígeno

 

Gernsback no solo buscaba el silencio absoluto, sino también el aislamiento visual. Según explicaba el inventor, el casco era tan efectivo que aislaba hasta el 95% del ruido. Pero el diseño tenía un punto débil crítico: después de 15 minutos de uso, el usuario empezaba a sentir somnolencia debido a la acumulación de dióxido de carbono dentro de la cápsula.

Lejos de abandonar el proyecto, Gernsback le añadió un sistema de respiración conectado a un depósito de oxígeno. Esta mejora no solo permitía al sujeto mantenerse despierto, sino que, según sus palabras, servía para "revitalizarlo" mientras terminaba sus tareas importantes en tiempo récord. El inventor estaba convencido de que su creación sería una "gran inversión" para la productividad de la época.

 .
. .

Un fracaso de 11 unidades

A pesar del optimismo de su creador y de los planos detallados que incluían hasta puertas antirruido para las oficinas, el mundo no estaba preparado para trabajar dentro de un yelmo de madera. Se estima que solo se fabricaron unas 11 unidades de "The Isolator" antes de que el proyecto cayera en el olvido como una curiosidad histórica.

Expertos actuales advierten que, más allá de lo visual, el invento era potencialmente peligroso. Sin una ventilación adecuada para eliminar el CO2, el riesgo de asfixia era mucho más probable que el éxito laboral. Cien años después, la humanidad sigue luchando contra la procrastinación, aunque ahora la gente prefiere aplicaciones de "bloqueo de pantalla" antes que ponerse un casco con mangueras de oxígeno sobre el escritorio.