Ian Paton volvió a hacer historia. El horticultor de 65 años, oriundo de Lymington, Hampshire, Reino Unido, batió el récord mundial de la calabaza más grande al cosechar un ejemplar de 1.295,8 kilos. El logro fue anunciado durante el tradicional concurso de pesaje de calabazas gigantes de Wargrave Nursery, en Berkshire. 

Según publicó el medio británico Daily Mail, Paton contó que supo que era la ganadora en el instante en que intentaron moverla. "Sabía que era muy pesado porque, al levantarlo con la manipuladora telescópica, se encendieron todas las luces de advertencia como un árbol de Navidad, indicando que pesaba demasiado. Básicamente, tiene sobrepeso", relató.

Detrás del récord hay un trabajo extremo. Durante dos meses, le dedicó entre cinco y seis horas diarias al cultivo. "Gran parte de ese trabajo consiste en enterrar las vides para que desarrollen más raíces; de ahí proviene su tamaño. La calabaza crece aproximadamente 40 centímetros al día en todas direcciones, por lo que empieza a ser bastante grande", explicó.

El tamaño es tal que, según una búsqueda que le compartieron, equivale al de una hipopótamo hembra.

     

Un reinado en solitario

El triunfo tiene un valor especial para Paton. Es el primer año que compite solo, luego de que terminara su histórica sociedad con su hermano Stuart, quien decidió dejar la actividad para viajar por el mundo. Durante el medio siglo que cultivaron juntos, los hermanos produjeron cinco de las diez calabazas más pesadas de la historia. Juntos se consagraron tres veces campeones del mundo y diez veces campeones de Europa.

"Es bueno haberlo logrado sin mi hermano, porque fue un trabajo inmenso. Es bueno saber que puedo hacerlo yo mismo", dijo.

Con esta última victoria, Paton ya cultivó las tres calabazas más pesadas jamás registradas en el mundo y se posicionó entre los tres primeros puestos del ranking histórico. "Entre Stuart y yo, tenemos cinco de las diez calabazas más pesadas del mundo. Pero ahora he logrado posicionarme entre los tres primeros del mundo. Eso me hace sentir muy bien", afirmó. Y agregó, entre risas: "Me reconforta especialmente saber que los estadounidenses no lo tienen. Tengo muchos amigos allí que cultivan calabazas. Es un deporte muy amigable y todos trabajan juntos, así que no es como otros deportes".

La noticia la compartió por WhatsApp con su familia. Etta, de cinco años, y Martha Syrett, de siete, estaban del otro lado del teléfono. "Estaban asombradas. Se las oía gritar", contó.