En la multipremiada serie británica llamada Adolescencia, un pibito de sólo 13 años llamado Jamie concreta a puñaladas una venganza sangrienta contra una chica de su edad que había osado rechazar sus insinuaciones amorosas y ridiculizarlo ante el mundo con emojis que lo trataban de 'incel' en Instagram. Una reacción rumiada en sus horas de encierro en su habitación, conectado a una pantalla que funcionaba como ventana al mundo y, al mismo tiempo, como refugio; mientras el resto de su familia creía que Jamie era todavía un niño inocente que gastaba la mayor parte del tiempo en su pieza chateando y jugando on line con sus amigos.
La producción audiovisual de Netflix, inspirada en varios incidentes similares al narrado en los cuatro capítulos que ocurrieron en Gran Bretaña, dejó sobrevolando (entre varios) un tema inquietante para los padres de adolescentes de estos días: cuánto (o qué tan poco) sabemos acerca de lo que pasa en sus cabecitas y qué hacen cuando se sumergen en el mundo virtual. Una de las últimas escenas de la serie es de una potencia simbólica demoledora: Eddie, el papá, entra a la habitación de su hijo, se acuesta en su cama, abraza su almohada y le habla llorando a su osito de peluche: “Lo siento, hijo. Debería haber hecho más”.
El crimen ocurrido en San Cristóbal —donde un joven de 15 años llevó un arma a la escuela y mató a un compañero de 13— tiene algunas similitudes con el de Jamie: sobre todo en la fase previa, en esos idas y vueltas en las redes sociales en los que fue “avisando” qué sentía y qué es lo que haría. Y por la cercanía geográfica, no sólo que impacta más sino que reactiva esa pregunta incómoda: cuánto sabemos realmente de lo que atraviesan los chicos, y cuánto de todo eso queda por fuera de la mirada adulta.
Un fenómeno sin una única causa
El psicólogo legista y psicoterapeuta cognitivo Héctor Albornoz propone correrse de explicaciones lineales para empezar a abordar este fenómeno, que no es exclusivo de estos tiempos, pero que está exacerbado por la virtualidad.
En los últimos años, distintas subculturas digitales —algunas vinculadas a foros de violencia, misoginia o glorificación del delito— comenzaron a funcionar como espacios de pertenencia para adolescentes que no encuentran ese lugar en otros ámbitos; que facilitan que el chico que no tiene capacidades de socializar, que está más cómodo con su computadora en su habitación, llegue a ellos a través de la ventana de la web y halle un lugar donde lo reconozcan y se sienta identificado. Es decir, donde “exista”.
Pero según Albornoz, hay un eslabón previo: “Yo digo siempre que si la paja no está seca, no prende. Tiene que haber circunstancias que hagan que el chico se sienta identificado con lo que lee, con lo que le dicen. Entonces, hay una predisposición de criaturas que no sienten contención familiar, de amigos o en el colegio, que se sienten excluidos y buscan un sentido de pertenencia a determinado lugar o grupo. Por eso surge el término incels, que es una contracción de los célibes involuntarios. Están en celibato, pero no porque lo eligen, sino porque no se sienten elegidos”, dijo el profesional en Telenoche Rosario.
“Se sienten marginados y comienzan a almacenar esta impotencia y bronca que finalmente muda en violencia o agresividad. Hay circunstancias sociales, porque hay una sociedad con crisis de valores, pero también una situación emocional y anímica de esos chicos que los predispone”, añadió.
La importancia de la validación y el vínculo
La crianza aparece como uno de los espacios donde todavía es posible intervenir. Etapa que no culmina cuando los chicos empiezan el secundario: los adolescentes necesitan hallar en su entorno cercano un espacio de validación que muchas veces buscan en otros ámbitos, y que no será posible encontrar si los padres les soltamos la mano pensando en que ‘ya están grandes’ para manejarse por la vida y gestionar sus emociones.
“Se trata de tomar conciencia de que estos chicos necesitan contención, de quien les hable de sus capacidades, de sus posibilidades, del amor que pueden brindar y recibir. Validarlos, fundamentalmente en el seno del hogar. Con los padres tiene que existir un diálogo, una validación que los haga sentir que son capaces, que ellos pueden, que no los van a elegir por características económicas o físicas, sino que también hay otros atributos que los van a hacer atractivos. Porque si no sería sólo el mundo de los lindos y los pudientes. Los adultos sabemos que no es tan así: que incide, sí; que influye, sí. Pero hay que enseñarles a los chicos que tienen otras capacidades o cualidades que van por encima de esto, que pueden sentirse validados por otros más allá de estas características", subrayó Albornoz.
“Por eso hay que hablar. Porque donde hay circulación de la palabra, un ida y vuelta, no hace falta andar investigándoles nada: alcanza con la comunicación. Si quiero saber algo de un hijo, se lo pregunto; y si siento que no me dice la verdad, me tengo que replantear qué pasa con este hijo que no se siente en libertad para decirme una verdad, que tal vez le pesa injustamente o le hace sentir mal”, agregó.
¿Cómo controlar sin invadir?
Son muchos los padres que, para no quedarse afuera de lo que pasa en la vida digital de sus hijos, deciden vigilar en las sombras: acceder a sus cuentas de Instagram, saber con quién chatean, de qué hablan. Pero para Albornoz, debería alcanzar con más presencia activa en la vida cotidiana.
“Controlar no necesariamente es vigilarlos a ocultas, sino que es preguntar, charlar con ellos. Eso me sirve para saber dónde están los márgenes de este hijo, dónde están los límites que se va poniendo o que siente que existen. Tal vez sienten un límite que no es real, que se lo pone él, y hay que habilitarlo para hacerle entender que se lo pone él y no la sociedad”, manifestó.
Y se mostró en desacuerdo con los movimientos que tienden a la prohibición del uso de redes sociales para los menores de 16 años: “No hace falta que uno prohíba una red social, hace falta que controle estando al tanto en el diálogo y en el discurso. El papá tiene que ser buen padre, no padre bueno. Se les dice ‘A tal hora bajás porque estamos almorzando’, y el niño debe bajar. Porque es la mesa donde circula la palabra, donde uno se va enterando de las inquietudes que tiene un hijo. Si uno quiere saber en qué está el hijo, se lo pregunta. Si el hijo no tiene diálogo con el padre, es el padre el que tiene que saber dónde están los límites, dónde están las pautas para el aprendizaje.”
"No hay que establecer límites privativos, sino límites que tienen que aprender a respetar. Son pautas de funcionamiento que se bajan en un hogar, y quienes las ponen son los adultos. Los buenos padres muchas veces nos quedamos con un nudo en la garganta por no permitirles algo que es beneficioso para ellos; el padre bueno accede, y sin saber los está dañando por amor. Porque por amor también se daña”.
Estas tensiones se dan en una etapa particular del desarrollo de los adolescentes, la que Albornoz define como ‘omnipotencia del pensamiento’: "Es la creencia que tienen los chicos de que tienen todo claro y que los adultos no entendemos la vida, lo que los lleva incluso a actitudes soberbias y despectivas hacia nosotros. Por eso, tenemos que bajarles valores: decirles ‘no te confundas, tenemos confianza pero eso no te permite que me faltes el respeto'. Y esto es ayudarlos”.
“El padre bueno dice ‘¿Viste cómo me trató? No se le puede decir nada’. Y sí se le puede decir. Y se puede instar a que respete el vínculo, a que respete un orden que debe ser inalterable: el padre es padre, el hijo es hijo. Por más que el hijo crea que tiene todo claro, el papá le va a hacer saber que puede creer que tiene todo claro, pero esta pauta de funcionamiento la bajo yo en casa y se respeta así. De eso se trata, de enseñarle que hay autoridades que respetar”.
Señales que no vemos
Después de un hecho impactante como el de San Cristóbal, no queda una explicación cerrada sino todo lo contrario: se abre una serie de preguntas que los adultos estamos obligados a hacernos: cuánto de lo que ocurre en el mundo digital se construye sobre vacíos previos, cuánto margen real tenemos para intervenir y, sobre todo, qué lugar ocupa hoy la palabra en una etapa de la vida en la que —cada vez más— parece circular por fuera de la casa.
“Las alertas tienen que ver con los valores con que uno escucha que se maneja ese hijo. Las pautas de funcionamiento que no se respetan, se ponen de manifiesto irrespetuosamente en la casa o en la calle. Por eso hablo de formarlos, de educarlos. Ellos son seres que salen con las paginitas en blanco; nosotros los adultos les vamos escribiendo renglones, y esos son los renglones que van a leer y con los que se van a guiar en la vida. Tenemos que ser cuidadosos con lo que les permitimos y qué no, de acuerdo con pautas de valores que nosotros también debimos respetar.”
Y cerró con una sugerencia que atraviesa todo el análisis: “Debemos hacerles saber que hay valores que no se pueden perder. Estamos ante una profunda crisis de valores, y es una resultante. Todo esto que ocurre, incluso con los chicos incels, también lo es. La misoginia que manejan, el despotismo contra el género opuesto: ellos creen que tienen derecho a hacerlo, porque en algún lugar les fue permitido creer que hay derechos que se pueden atribuir mientras vulneran el derecho de otros. Esta es nuestra labor: enseñarles valores, que hay un orden que no puede ser alterado. No se trata de tiranizarlos: se trata de enseñarles que hay cuestiones que deben ser respetadas aunque no estén escritas en ningún lado”.



