Virginia Giacosa
El Negro no se va. Ese fue el cántico más escuchado este viernes cuando los restos de Roberto Fontanarrosa eran inhumados en el cementerio Parque de la Eternidad de la vecina localidad de Granadero Baigorria.
Porque aunque en esta parte del mundo la palabra duelo remite a un temor casi atávico, que rara vez se nombra, en esta ocasión curiosamente la despedida del Negro estaba tan llena de lágrimas como de aplausos. Había una enorme manifestación de pesar, pero también una gran expresión de afecto.
Quizás porque aquel que parecía estar yéndose –también y casi como una paradoja– estaba quedándose para siempre, más cerca que nunca, dejando una huella tan indeleble como ilustre: su obra.
La de hoy fue sin duda la movilización social más grande vivida en la ciudad tras la muerte de un rosarino. Quizás porque este viernes murió el más rosarino de todos: Roberto Negro Fontanarrosa.
Es que aunque a lo largo de su carrera como escritor y humorista Fontanarrosa recibió gran cantidad de propuestas laborales para irse a trabajar fuera de la ciudad, nunca lo hizo, o, en todo caso, lo hizo desde el lugar que eligió para vivir y también para morir. Cerca de la mesa de los galanes –que desde hacía tiempo y a causa de su enfermedad se había trasladado a su propia casa–, al lado de sus amigos y también de uno de sus grandes amores, Rosario Central.
Quizás porque su personalidad conjugaba tres elementos claves, carisma, talento y sencillez, la gente común se permitió sentir por el Negro lo mismo que su círculo más íntimo: una suerte de conjuro parecido a la amistad.
Porque hoy no sólo acompañaron al Negro sus familiares y compañeros de ruta y de bares –el Negro Centurión, Chiquito Martorell, Turco Galli, Pitufo Fernández, entre otros– sino también los colegas de la tinta, el papel y el humor –Crist, Caloi, Daniel Ravinovich, Manuel Aranda, Rafael Ielpi, y Daniel Divinsky, de Ediciones de la Flor–, no faltaron los actores Jean Pierre Noher, Roly Serrano, Coco Silly y Daniel Aráoz, y entre las figuras políticas se hicieron presentes el intendente Miguel Lifschitz, el diputado nacional Agustín Rossi, Héctor Cavallero, Alfredo Curi y Sergio Liberati, entre otros.
Además, se vio a Pablo Sacarabino, presidente de Rosario Central, el club de sus amores, el Tula, y los actores que llevaron los personajes de sus tiras a las tablas: Mario Vidoletti y Tito Gómez.
También estuvo a su lado, como nunca se vio antes, el pueblo rosarino y sobre todo el canalla. Gorros, bufandas, camisetas, y banderas de color azul y amarillo desfilaron junto con la caravana de miles de autos que partió a las once desde la sala velatoria hasta el cementerio de Granadero Baigorria haciendo una parada casi obligaba frente al Gigante de Arroyito, en uno de los momentos de mayor emotividad.
Y ese sentimiento quedó reflejado precisamente este 20 de julio, Día del Amigo, cuando miles de rosarinos, hinchas auriazules, mujeres, niños y ancianos se congregaron para despedirlo y saludarlo por última vez como tal.
El fútbol siempre fue uno de los temas preferidos del Negro, quien además de dibujante fue un respetado cuentista y novelista, autor de El mundo ha vivido equivocado, Best-seller y Los trenes matan a los autos , entre otros libros.
Y por eso, el cortejo fúnebre de este viernes estaba tan teñido del folclore propio de este popular deporte. Con la presencia de El Tula y gran cantidad de canallas la multitud coreó: ¡Olé, Olé, Olé. Negro, Negro!, en las puertas del estadio de Rosario Central que abrió sus puertas para homenajear a quien fue su socio más distinguido y uno de los hinchas más apasionados.
En cada esquina la gente de los barrios se arrimaba para ver pasar la caravana de autos, motos, camiones y bicicletas. Mujeres agitando pañuelitos blancos, quizás como cuando Perón y Evita murieron, perros ataviados de Central y una bandera canalla con una franja negra en señal de luto eran una postal que se repetía en las calles de Arroyito.
Quizás porque Fontanarrosa fue uno más en Rosario. Fue uno de los pocos grandes alcanzables. De esos que cualquiera podía encontrar caminando por la peatonal, sentado en la mesa de un bar o gritando un gol en la tribuna.
Es por eso que en medio de esta singular e histórica ceremonia escuchar gritar al cielo "El Negro no se va" es cuanto menos una frase lógica.



