“Somos las divinas, aquí mandan las divinas”, canta con apenas cuatro años. “¿Quiénes son las divinas, no son las malas de Patito Feo?”, pregunta la tía, que no tiene demasiada idea de las tiras infantiles que pasan a media tarde por la tele. La nena asiente con la cabeza. “Pero, ¿vos querés ser la mala?”, pregunta preocupada. La que responde ahora es la hermana mayor, de cinco años. “Somos las divinas porque son las lindas”, explica. La frase es dicha con tanta convicción que cierra cualquier posibilidad de debate, para angustia de la tía.

El fenómeno llama la atención. Son cada vez más las nenas que se identifican con los personajes “malos” de las series y películas, un hecho difícil de comprender para los mayores, que se preguntan si es tan difícil establecer las diferencias básicas entre los buenos y los malos. El boom de High School Musical no queda al margen. La mayoría de las nenas quiere ser Sharpay, la rubia “mala” del musical de Disney, y no Gabriela, la protagonista.

Años atrás ninguna nena se hubiera identificado con alguien que no fuera la protagonista de la tira, la novela o la película en cuestión. Con una mano en el corazón: ¿acaso alguien quiso ser alguna vez la bruja que envenenaba a Blancanieves o alguna de las hermanastras de Cenicienta? Imposible siquiera pensar esa posibilidad.

Pero hace algún tiempo que los productos infantiles de ficción buscan flexibilizar los estereotipos. La idea no es mala. En pos de lograr mayor verosimilitud, los buenos ya no son tan lindos como antaño y los malos no son tan repugnantes. Antes las buenas eran lindas princesas y las malas eran las brujas. Lógicamente, no era muy difícil elegir entre esas dos opciones.

El tema es que ahora las cosas no están tan claras. Es que los buenos suelen mostrarse más "reales", no por eso más atractivos. Encima, deben luchar para lograr sus objetivos (les cuesta, todo un ejemplo de fortaleza, pero al final todo sale bien). En muchos casos, los malos tienen plata, se visten bien, manejan autos caros, tienen mucho dinero y parecen incluso ser más felices.

En la película de Disney, Sharpay se viste con ropa de marca, maneja un convertible rosa y tiene un perrito al estilo de Paris Hilton. Mientras que Gabriela vive de mudanza en mudanza, es la “cerebrito” del colegio y tiene que trabajar en verano para juntar plata para ir a la universidad.

¿Por qué los chicos van a querer ser alguien a quien las cosas le cuestan mucho? ¿Por qué no equivocarse
y preferir ser la persona que parece pasarlo mejor? A los adultos les sobran los motivos por los cuales se debe preferir a los “buenos” sobre los “malos”. Pero los chicos suelen necesitar más tiempo para comprender de que no todo lo que reluce es oro. Mientras tanto, los adultos deben aguantar sus ganas de gritar cada vez que escuchan cantar a las divinas “Somos gente cool” y luego su temible frase: “Sea como sea aquí no entran feas”.

“Patito feo es fea”, plantea la nena de cuatro años que hace un rato cantaba la canción de las divinas. “Sí, pero cuando crezca va a ser linda”, rebate la tía, no demasiado segura del argumento que está utilizando para convencerla de ser “buena”. La que cierra el debate es otra vez la hermana mayor: “¿Eso quiere decir que las divinas cuando crezcan van a ser feas?”.