Sonia Tessa
Ya en el acto inaugural del 22 Encuentro de Mujeres de Córdoba, la comisión organizadora mostró que está dispuesta a decir las cosas por su nombre. “Denunciamos el intento de la jerarquía eclesiástica de copar y obstaculizar” los Encuentros –leyeron turnándose–, con la presencia de enviadas que llegan para “agredir, imponer e impedir un debate democrático, superador y amplio”.
El reclamo de educación para decidir, anticonceptivos para no abortar y aborto legal para no morir fue uno de los más coreados por las miles de participantes que fueron agolpándose. Así como los pañuelos verdes que, desde 2003, hacen visible la transversalidad de esta exigencia resaltaban en toda la plaza, que hasta hoy se llamaba España, pero fue rebautizada por las mujeres autoconvocadas como “de los comechingones”, en recuerdo de los pueblos originarios.
Desde un rato antes del comienzo, la plaza desbordaba de la apasionante diversidad que se recrea año a año. Venidas desde Misiones, algunas llevaban la remera “mujeres de la tierra colorada”, desde temprano se había instalado muy cerca del escenario el enorme cartelón de las neuquinas, había militantes de partidos de izquierda ofreciendo volantes y publicaciones; también anarquistas con publicaciones artesanales. Y la llegada de contingentes era incesante.
Poco después de las 10.30, las integrantes de la Comisión Organizadora subieron al escenario para dar la bienvenida a todo el país. “Qué momento, qué momento, a pesar de todo les hicimos el encuentro”, cantaban emocionadas desde el escenario.
El acto fue creativo, apostó al juego y jugó su propia carta fuerte al final: un documento consensuado por todas las organizadoras que levantó la consigna de la campaña nacional por el aborto legal, seguro y gratuito, pidió la libertad de Romina Tejerina, recordó postulados feministas como “Lo personal es político” y “Revolución en la cama, en la casa y en la plaza”. Las cordobesas dieron la bienvenidas apuntando también que en la 2ª edición del Encuentro, que se realizó en esta misma ciudad en 1987, eran apenas 700 las autoconvocadas, y hoy son decenas de miles las que llegan a participar de “una construcción horizontal, autónoma, pluralista y verdaderamente democrática”.
La argumentación de las organizadoras –que recordaron también al docente asesinado en Neuquén, Carlos Fuentealba; al desaparecido testigo del juicio a Etchecolatz Jorge Julio López, a la joven tucumana Marita Verón y otras víctimas de la trata de mujeres–, llenó de contenido la convocatoria. También hubo espacio para denunciar la explotación laboral, los desalojos de empresas recuperadas, el avance de la soja a costa de la expulsión de campesinas y campesinos. Y al mismo tiempo que repasaba todas esas realidades, hizo efectiva la última frase del documento, leída con gran énfasis por una de muchas jóvenes que participan de la Comisión. “El Encuentro somos todas”, dijo antes de los aplausos.
Eso es palpable en las calles, y en las escuelas. Lo que pasa con la concentración de decenas de miles de mujeres con el solo objetivo de debatir y encontrar líneas de acción común es difícil de transmitir a quienes nunca participaron. Se trata de una experiencia autónoma, que abre las puertas a todas las identidades, y por eso descoloca a instituciones jerárquicas como la Iglesia. Que implica para cada participante un proceso de revisión y rearmado de sus convicciones, que le permite poner en juego sus ideas y experiencias sin filtros o temores. Allí las mujeres van a discutir, a pensar en conjunto, y cada una lleva lo suyo, sus historias, y experiencias así como sus signos identificatorios: remeras, pañuelos (sobre todo verdes pero también algunos lilas), pancartas. En ese abanico de voces, se teje todos los años un movimiento plural y potente, diverso.


